México ¿Al filo de la democracia?

México ¿Al filo de la democracia?

Durante los ocho años en los que fue presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva —un antiguo obrero metalúrgico y síndico, conocido como Lula—  fue conocido como uno de los políticos más populares del mundo. De acuerdo con una encuesta, su índice de aprobación entre los brasileños cuando dejó el cargo en 2011 era del 87 por ciento.” De esta forma comienza la reseña hecha por A. O. Scott, para el New York Times, del pasado 20 de junio, sobre el documental en Netflix de Petra Costa, sobre el auge del carismático líder ya citado, el proceso de formación de gobierno del mismo y su sucesión por Dilma Rousseff, para culminar con la caída de ambos, víctimas de sus propias alianzas, falta de pericia y audacia, así como de una polarización social, de la que acaso fueron coautores.

Al observar el proceso que dibuja tan claramente Costa, sobre lo acontecido en el gigante sudamericano, no me ha sido posible dejar de lado una preocupación constante desde inicios del presente año: el verdadero peligro no es que el presidente Andrés Manuel López Obrador, triunfe en su visión de país, sino que por el contrario, tenga un fracaso tan estrepitoso que abra la puerta a la derecha más radical y que sus múltiples aliados pragmáticos y conservadores, le lleven a fincar un régimen que sea cimiento de un verdadero y profundo retroceso democrático.

En lo particular disto en muchas aristas del proyecto encabezado por López Obrador, comenzando por su populismo en el sentido en que se ha descrito como aliberal y contrario a la idea más aceptada de democracia constitucional. Sin embargo, me encuentro mucho más cerca de su visión social que de la acepción conservadora de la derecha, que como en otros lugares en el orbe, parece resurgir de la polarización y el miedo.

Sí bien es cierto, y hay que ser puntual en esto, las condiciones de Brasil distan mucho de las de México, tanto en lo histórico, como en lo institucional y lo político-social, el contexto en el que evolucionó el proyecto de Lula, así como el de su gobierno, no distan demasiado del de Morena. En búsqueda de coaliciones políticas no institucionales, que permitieran el ascenso del movimiento, convertido en partido solo para sus usos electorales, el hoy presidente se permitió pactar con expresiones de todo el espectro ideológico y convocar a una coalición hegemónica que no se limitó a perfiles progresistas o nacionalistas revolucionarios, sino que se concedió a sí mismo la confianza para ceder espacios, licencias y prerrogativas para movimientos conservadores.

Un escenario de radicalización hacia la derecha no es tan imaginativo, como pudiera parecer, a menos de un año de haber iniciado el gobierno emanado del movimiento que a simple vista parece ser el más progresista que ha conquistado el poder en la historia reciente de México. Aproximo solo un par de apuntes del porqué es una posibilidad no del todo lejana: en primer lugar, las dichas alianzas que el presidente se ha licenciado, en búsqueda de la fuerza suficiente para lograr las transformaciones que se propone y que han sido tan evidentes que han despertado alarma en más de laico, como ejemplo de ello es la distribución de la “Cartilla moral” del régimen por grupos evangélicos; en segundo, la crisis humanitaria que el país padece y que puede agravarse por el fenómeno migratorio proveniente de Centroamérica, el cual, de seguirse la línea política actual impuesta por el gobierno de Donald Trump, puede devenir en expresiones xenófobas (no del todo ausentes ahora mismo) que catapulten a una derecha nacionalista radical; y finalmente, el actual estado convaleciente de los partidos políticos tradicionales, algunos de los cuáles, más que señales de cura, parecen acercarse a una agonía larga, lo que bien podría llevarlos también a ensanchar movimientos o expresiones, más allá de sus siglas, que engrosen a una derecha extremista.

Es muy probable que dicha situación no suceda, como no sucedió en Brasil, en el futuro inmediato, sino en el mediano plazo. Quizá se manifieste fuerte en 2024 y el 2027 sea su punto de quiebre. Lo más preocupante de todo ello es que con reformas, leyes y figuras como las de una guardia nacional militarizada, el intento de “extensión” del mandato en Baja California, la Ley “Garrote” en Tabasco y la recién aprobada Ley de extinción de dominio (por citar solo algunos ejemplos), la cuarta transformación esté sentando las bases para un régimen de derecha con las suficientes herramientas para poner a México al filo de la democracia.

@CarlosETorres_

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