La violencia familiar se triplica y los gobiernos nadan de muertito

La violencia familiar se triplica y los gobiernos nadan de muertito

En la familia se dan todas las violencias: físicas directas, psicológicas, verbales, de género, sociales y simbólicas. Hace unos años los golpes estaban tan naturalizados que no se visualizaban como un problema: si los hijos y la mujer ‘se portaban mal’ el varón-jefe-del-hogar tenía justificado ‘corregir’ con golpes. Afortunadamente ha disminuido la violencia física y se ha desnaturalizado considerablemente: ya no se ve como algo normal que el padre pegue a los hijos, y menos que propine golpes a la esposa. Es sintomático que los golpes que se observan en las mujeres que van a revisarse a los institutos de salud, son internos. Lo cual significa que el agresor sabe claramente que si los hace notar se hará acreedor a la descalificación social. Sin embargo, la violencia física ha sido sustituida por la psicológica, es lo que se llama la “sutilización de la violencia”. Las amenazas, la humillación, el miedo o la afectación de la autoestima se han incrementado. Lo mismo que las de tipo verbal, como insultos, apodos o gritos.

Sin embargo, la violencia en las familias es de las más difíciles de atender. Los espacios domésticos, íntimos y privados son más inaccesibles a las instituciones. Además, que estas últimas están conducidas por lógicas burocráticas que matan toda creatividad posible en sus formas de actuación. Los hogares, de esta manera, quedan reservados a la influencia de los avances culturales y lejos de la intervención directa. Entre los avances culturales que más influyen en las dinámicas de los espacios domésticos es la noción de género y los derechos de la infancia. Cuando en una familia ha penetrado la nueva masculinidad la violencia disminuye considerablemente.

El gran enemigo de la paz en el hogar es un valor que ahora mismo ataca de nuevo: el poder como dominio. Cuando se aprecia la idea de imponerse al otro o ejercer un poder sobre un semejante para lograr que haga la voluntad propia aun a costa de su rechazo, se convierte en el móvil más peligroso de la violencia. No es gratuito que los analistas de la música-narco, hayan coincidido que los valores que se expresan en la decadencia de esa música se resumen en uno: el dominio expreso y prepotente sobre los otros. El ideal de ser temido y ‘respetado’ por el uso de la fuerza. Ese valor lleva a la cultura-narco a convertir humanos en bestias. Pues bien, lo preocupante es que versiones similares al valor del poder como dominio se viven al interior de las familias y las carcomen. El Estado puede gestionar políticas culturales: la transvaloración de esos valores; y también políticas de prevención: la gestión de talleres y terapias familiares para hacer de este núcleo social algo más saludable. Pero los reptiles que viven en los manglares de la burocracia impiden la innovación en las formas de intervención de los espacios familiares. La violencia familiar en los últimos tres años se ha triplicado: las alarmas no dejan de sonar y los gobiernos bostezan y nadan de muertito como tabla en la línea de la indiferencia.

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