El PRI: tiempo sin tiempo

El PRI: tiempo sin tiempo

Don Petronilo y su esposa, fueron dos priistas de antaño. Acudían a cada reunión, a cada asamblea, con todos sus años encima. Con sus fuerzas andaban a pie el medio pueblo de distancia de su casa al Comité Municipal. Estaban orgullosos de su camiseta. Para ellos su militancia significaba las mejores causas: justicia social, libertades y derechos conquistados. En el tiempo que les conocí, nunca fueron beneficiarios de nada material. Siempre que toqué a su puerta con una invitación en la mano, su alegría se desbordaba, su partido los convocaba y ellos asistirían. Guadalupe Nájera, repartía su tiempo entre su puesto de frutas y su militancia. Opinaba, participaba y se aferraba. Nunca le vi pedir nada, al contrario, siempre dispuesto a dar. Para Doña Pepa y Don Fidel, la militancia era otra de las aristas de su solidaridad, participar en el PRI no les impedía abrir las puertas de su casa a todo el que tocara y ocupara de ellos. La consistencia de su militancia, era solo otra faceta de su conciencia de comunidad.

Todos ellos vivieron la época de la hegemonía, pero también de la derrota. Vieron a su partido, dejar el palacio municipal en 1995, dos años antes de la derrota en las legislativas de 1997; luego en 1998 lo vieron dejar el gobierno de Zacatecas en manos de un excompañero, con el que probablemente coincidieron, pero al que no siguieron, porque su convicción de lealtad, era superior a la del poder. Sufrieron al ver llegar a Fox a Los Pinos y siguieron al pie del cañón, hasta 2010 en que marcharon gustosos de la victoria de su partido en las municipales de ese año. Ninguno perdió ni ganó cargo alguno.

Esa militancia, que no puede caber en el calificativo perverso del PRIAN, merece no solo respeto, sino reconocimiento. En ella, están las raíces de una forma de entender el rol de ciudadano en el México posrevolucionario. No dudaron que su partido, representaba las mejores causas. No cedieron a la hora de criticarlo al interior, cuando hubo falta hacerlo. Pero nunca dimitieron. No pedían nada, y seguramente nada obtuvieron. El Partido, que en un tiempo se fusionó con el gobierno, respondió a las demandas de progreso. Todos ellos vieron a su país transformarse, lenta, pero consistentemente. También vieron como su partido, dejó de atender causas y comenzó a desentenderse de valores en los que ellos se identificaban: un nacionalismo que a base de experiencia no alcanzó la xenofobia; la honestidad como base de la interlocución entre representantes y representados, aunque no eran ajenos a ciertas debilidades, nada comparables con las actuales; la sensibilidad social como un lenguaje que permitía al régimen mantener credibilidad y legitimidad; y sobre todo: un partido que había surgido de una revolución y se había transformado en institución para albergar en él todas las expresiones y todas las esperanzas. Un tiempo que, independientemente del juicio de la historia, fue y es hoy una base con la que, nos guste o no, tenemos que lidiar a diario en la forma de hacer política en el país. Pareciera más aún ahora que una expresión política, surgida de aquellos tiempos, ha conquistado el Palacio Nacional.

Hoy, el otrora partido hegemónico se enfrenta a sí mismo: a sus errores del pasado, a sus olvidos, sus negligencias, sus vicios y sus excesos permisivos para algunos de sus militantes; pero también se enfrenta a la demanda de una militancia que seguro aún confía en que pueda salvarse y no caer en la desprestigiada tarea de “bisagra” de la cuarta transformación. El PRI, sin el cual no podemos entender al México moderno, tiene frente a sí a la historia: su pasado, pero también su presente y aún más importante ya, su futuro, se conjugan el 11 de agosto. Por lo pronto, han vuelto al naufragio ¿qué puede hacer un partido nacido del poder y para el poder, fuera de él? Ojalá pronto sepan qué, de lo contrario, se fusionarán al poder de hoy, para no volver a salir de él. ■

@CarlosETorres_

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