José Emilio Pacheco, poeta audaz y cosmopolita

José Emilio Pacheco, poeta audaz y cosmopolita
Juan Carlos Villegas. José Emilio Pacheco. 2014

La Gualdra 390 / Literatura

 

Es José Emilio Pacheco un poeta extraordinario, audaz, cosmopolita. Nació el 30 de junio de 1939, y si no fuera por las circunstancias de la muerte, estaríamos festejándole 80 años. Por la ocasión, dispondremos espacio para reconocer su voz y sus aportaciones; hay que recordar tristemente que murió el año que se cumplió el primer centenario del natalicio de Octavio Paz, José Revueltas, Efraín Huerta y Julio Cortázar; no fue posible saber cuál sería su opinión de Nicanor Parra quien igualmente cumplió 100 años y quien era único sobreviviente de esa generación el año 2014. El acontecimiento que nos ocupa ahora es la ocasión que Pacheco nació el último día de junio y en parte sirve para recordar una vez más su presencia siempre viva entre nosotros.

Esto implica un acercamiento a su obra y arroja que es parte de una riqueza de imágenes, resonancias con el lenguaje, su consagrada búsqueda: la reescritura. Una práctica personal que le permite recordar que es ejemplo de su ars poetica por su voz activa, casi anónima, como propusiera alguna vez, para celebrar la existencia de la poesía.

Hoy día, es casi imposible leer al jovencísimo autor de poemas fechados en 1958, ni es fácil encontrar la primera edición del célebre título Tarde o temprano. Es casi imposible encontrar ejemplos de su obra, ya que han salido de circulación, de alguna manera si comparamos, son trabajos muy diferentes. En efecto, existen versiones más reciente de los títulos incluidos en Tarde o temprano que reescribe como prueba de que esta práctica nunca se detuvo. Si se toma como punto de partida, nada más sugerente, como decir que reúne la reconciliación de sus poemas, la evolución lleva a la unidad definitiva, registra madurez; pero ese título emblemático de su poesía registra tres fechas claves: la primera, corresponde al año 1980; la tercera del 2000; la cuarta, definitiva, tiene la coincidencia extraordinaria que es ampliada y corregida, y esta edición celebra sus 70 años de vida. Para ese año de 2009, los homenajes no se hicieron esperar, ni los premios; dentro y fuera de México, le llegaron afortunadamente en cascada, uno tras otro.

Para 1980, Tarde o temprano incluye seis libros: Los elementos de la noche (1963), El reposo del fuego (1966), No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976), Desde entonces (1980) y, cierra, Aproximaciones 1958-1978, en donde registra veinte años de su actividad de traductor. Pacheco, entonces tiene 41 años; la edición se terminó de imprimir el 15 de septiembre, al cuidado del autor y Pedro Torres Aguilar. Para la tercera edición, aparece (cabe recordar que la segunda salió sin cambios alguno en 1986), como responsable Ana Clavel; reiterada, para la cuarta y última edición publicada en vida de su autor.

“En la poesía, las presencias de la realidad están contenidas en el lenguaje”; la palabra poética está “habitada por la fuerza de la vida”; y es la poesía, un “ejercicio de resonancias múltiples”, “compromiso de la inteligencia sensible ante las posibilidades de la aventura humana” y “la escritura poética es un lugar de encuentro”. Se puede seguir leyendo en la nota sin firma de autor: hace más de veinte años esa obra (Tarde o temprano) empezó a crecer y a irradiar en todas direcciones. Los poemas de Los elementos de la noche, fechado entre 1958-1962 son parte de ese ejemplo. El autor anónimo de la presentación escribe: “este libro pone de manifiesto el talento clarísimo de Pacheco, en su actividad más cabal y generosa”.

Los poemas recogidos, hasta entonces –colección de libros de diferente factura que están escritos con pareja intensidad–, constituyen uno de los testimonios más apasionantes de la literatura mexicana. Lleva un epígrafe de T. S. Eliot y la traducción en prosa es de Julián Hernández. De inmediato recuerda la posibilidad de su existencia quien por vez primera figura en No me preguntes cómo pasa el tiempo, y en 1980, es el autor de la traducción literal en prosa de East Coker III, Four Quarters, para reconocer una vez más esa unidad de su aspiración poética. El texto de Eliot es tomado, según la indicación, de la revista Letras de México.

Es una traducción en prosa que se lee así: “Así pues, aquí estoy, en medio del camino, y he pasado veinte años –veinte años en parte perdidos, los años de entreguerra– tratando de aprender a usar las palabras, y cada tentativa es un comienzo enteramente nuevo y es un tipo distinto de fracaso. Porque uno sólo aprende a manejarlas para decir lo que ya no tiene que decir o en forma en que ya no quiere decirlo. Por eso cada intento es un nuevo comienzo, una incursión en lo inarticulado, con un mísero equipo cada vez más roído en el desorden general de la imprecisión del sentimiento, escuadras de la emoción sin disciplina. Y lo que fuerza y sumisión deben conquistar ya ha sido descubierto varias veces por quienes uno jamás podrá emular –pero no hay competencia. Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido y encontrado y vuelto a perderse; y ahora en condiciones impropicias. Pero tal vez no hay ganancia ni pérdida. Para nosotros sólo existe el esfuerzo. Lo demás no es asunto nuestro”.

La primera salida esta obra estaba es vista con incertidumbre y parecía estar lejos de ser una obra perfecta, aun cuando inmediatamente se considerada fundamental para conocer con mejor y más precisión toda su poesía. No fue inmediato ese reconocimiento: la unidad a la que aspira ingresar termina consolidándose poco después. Entre estudiosos y críticos, lectores del poeta, tuvo un impacto positivo y fue elevada enseguida al nivel de las grandes obras de la poesía en lengua española.

Por la unidad de los temas que encierra es parte de esa realidad lírica: el desastre del mundo, su pesimismo, la destrucción de la naturaleza. Éstos permanecen como parte de la escritura y de su movilidad con el lenguaje. La fugacidad del tiempo es otro momento del lenguaje que vive en movimiento; la búsqueda de las cosas sencillas toma forma y le otorga vida a los seres de la naturaleza. Se duele del desastre que padece el mundo provocada por la destrucción de la mano del hombre. Se duele de la desaparición de los árboles y el día a día acorta distancias en el transitorio que refleja esa elegía como parte del poema perfecto. Como el que es dedicado a la Ciudad de México, el segundo título, entre dogmas y certezas; inscripciones que van reflejando la variedad de ritmos: voces altivas, aéreas, dinámicas; Pacheco termina por hablar la ciudad como hoguera, desahogo del fuego, de su propia existencia.

¿Cómo resumen qué significa Tarde o temprano de 1980? Esta poesía reunida no deja de ser una respuesta a la obra individual que previamente existen, como Los elementos de la noche, que Mario Vargas Llosa revisa y sentencia que hay unidad para ser obra maestra, y sabemos algo más: los poemas se sostienen por su delicada unidad de metáforas. En otro momento, pienso el apartado: “Los animales saben”, de No me preguntes cómo pasa el tiempo, que más tarde genera una antología memorable y de las más hermosas que de la poesía de Pacheco que se ha realizado. En ese orden es única y aquella antología no es otra que la que lleva por título Álbum de zoología. Los poemas incluidos son una lección que registra el rostro de los animales de la naturaleza.

Entrega una nueva versión, meditada, reitera el novedoso encuentro de sus metáforas. Pacheco ante esta primera reunión precisa: Los elementos de la noche, tal y como se imprime en 1980, representa una nueva versión del que escribió entre los 18 y los 23 años. El reposo del fuego ha sido revisado a fondo. Sin embargo, es el mismo poema. En los otros cuatro (No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces), solamente hay cambios menores. Pero sentencia de Tarde o temprano: “ignoro si éste llega tarde… Sé que no quedará de él ni una línea. Mientras tanto, tenía que enfrentarme a lo que escribí antes de los cuarenta años”.

Así pues, los títulos individuales pero reunidos en un tomo son como la espada de claridad: toman forma a partir de la reescritura.

 

 

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