Resurrección

Resurrección
Lydia Lozano. 8.

La Gualdra 387 / Aniversario 8 Gualdreño

Fuiste la Venus de Milo, yo puse el mundo en tus brazos. Escucho por octava ocasión las estrofas de una balada mientras contemplo el viejo casete que gira al lado contrario de las manecillas del reloj. Las manecillas caen, ruedan como en el surrealismo de Dalí mientras los tímpanos golpean la piel. La noche no tiene estrellas y en vano salgo a buscar la luz. Soy el aullido del lobo en celo, despojado, hambriento del deseo. Ahora y aquí te quiero, te quiero así, en la eternidad. Recuerdo la noche de los ocho días después del desvelo. El crucifijo, la imagen, tu imagen en el cristal con el suplicio más por favor. Doy más, todavía más complacido. Te habito. Llega el sueño.

El silbido de un tren me despierta. Son las ocho de la mañana. Bostezo. Los fragmentos del sueño sin sentido se pasean por la habitación. Han pasado ocho días y todavía sigo aquí: brazos extendidos, palmas abiertas incrustadas a la madera. Ensangrentado, tengo el rostro adolorido, vista al oscuro cielo, pies cruzados. Qué bien se siente despertar al fin en domingo. El frío golpeó tanto como en otros años, sigo a gusto en mi sitio. Dormido. Me arrullan los silencios prolongados, de vez en vez mi corazón delator palpita, aún con al agujero de la lanza venenosa insertada aquel triste domingo. La luz golpea las rocosas cortinas. Domingo, domingo. Siguen siendo las ocho de la mañana. Antes ya había despertado. Se hace silencio… y entonces…

Las gotas de la lluvia se clavan por la ventana, construyen una sinfonía. Nunca las nubes me han causado nostalgia, puedo verlas a través de mis ojos, ojos que buscan justicia, mirada al infinito. Ya se acerca una figura de balanza. La lluvia me recuerda las inmensas ganas de vivir, conocer los misterios de la vida, de algunas personas. Perpetuamente en domingo. Sueño, luego duermo, me digo. Vuelvo a cobijar mi cuerpo con la sábana blanca que desprende todavía el perfume del largo olvido.

En la oscura habitación, la sábana antes blanca abre paso al nuevo camino. Desnudo comienzo el trayecto, pausado hacia la miel ofrecida, que me dan tus ojos: clara, luz de armonía, mientras la roca cae a cielo abierto. Escalera abajo, regreso a tomar tu mano: limpia, en la espera de escribir un eterno destino. Somos caminos cruzados dispuestos a comenzar el nuevo día, al fin contigo.

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