Soledad y penitencia. O que arde, de Oliver Laxe

Soledad y penitencia. O que arde, de Oliver Laxe
Fotograma del filme O que arde (Lo que arde) ■ FOTO: CORTESÍA DEL FESTIVAL DE CANNES

■ Describe la vida rural en la provincia de Lugo, en Galicia, a través de los ojos de Amador, un vaquero que sale de la cárcel después de ser condenado por pirómano y quemar uno de los bosques

 

Sin ninguna duda el inicio de O que arde (Lo que arde) contenga la secuencia más fascinante de las vistas en todo el festival. En un bosque, de noche, dos excavadoras gigantescas van avanzando con estruendo, derrumbando árboles que se desploman los unos tras los otros. A través de los ojos de los conductores, y con la única iluminación provista por las máquinas, los vemos caer uno tras otro, con un ritmo implacable. De pronto, de entre las sombras, surge un eucalipto centenario, gigantesco. Las máquinas se detienen, como paralizadas frente a la grandeza que de él se desprende.

El medio y el hombre
Tras este prólogo, la película empieza su parte más narrativa, describiendo la vida rural en la provincia de Lugo, en Galicia, a través de los ojos de Amador, un vaquero que sale de la cárcel después de ser condenado por pirómano y quemar uno de los bosques de la provincia. Laxe elabora aquí una narración de tiempo pausado, que funciona a base de pinceladas de la vida cotidiana, del trabajo del campo así como de la relación familiar de Amador con su madre, Benedicta. Del mismo modo, su trabajo con actores no profesionales, sino con los propios habitantes del lugar, consolida armónicamente esta aproximación casi documental.

Laxe va construyendo poco a poco un retrato de Amador, sugiriendo pistas narrativas que deja abiertas las más de las veces, como por ejemplo la relación entre él y la veterinaria del pueblo. Laxe confía en la imagen y la contención expresiva, a lo que contribuye la propia taciturnidad del personaje.

Este ritmo además remite a la inclusión del hombre en la temporalidad del mundo rural y de la naturaleza, y a una cierta harmonía con el medio natural, e incluso con la sociedad de los hombres. A pesar de haber quemado un bosque vecino, los habitantes del pueblo le dedican una broma al volver “¿llevas fuego?”, que a la vez le advierte que no han olvidado pero que consienten que vuelva a vivir entre ellos.

Trágica repetición
La última parte de la película es la filmación de un nuevo incendio forestal, también provocado. La secuencia, otra vez sobrecogedora, demuestra un dominio del ritmo y del montaje que acentúa el verismo en la descripción de la solidaridad humana contra el fuego así como las emociones que esa tragedia genera en los habitantes.

Este tercer largometraje, presentado en la sección Un certain regard, es sin duda el más conseguido del director franco-gallego, verdadera obra de madurez que logra elaborar una restitución perfectamente controlada del mundo que pretende retratar, quizás con la excepción de una decisión narrativa en su final que desentone con todo lo que precede.

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