Odiosas analogías

Odiosas analogías

Las analogías históricas son odiosas, nos recuerdan que eso que creemos es la cúspide de la novedad y la imaginación creativa es una pobre parodia de un proyecto que fracasó en medio de aplausos. O bien, funcionan para demostrar que las propuestas propias son tan inevitables como la puesta del sol porque son la historia misma. Como formula metódica aparece en pensadores tan dispares como György Lukács (e.g. “Rosa Luxemburg como marxista”) y Carl Schmitt (“Interpretación europea de Donoso Córtes”) o en políticos tan genuinos como Andrés Manuel López Obrador, para quien su victoria está en continuidad con la Independencia, la Reforma y la Revolución, por lo que su proyecto ha de ser análogo a la forja de un país, la consolidación de un liberalismo nativo y la construcción de una forma de modernidad, así que él es una recreación de Hidalgo, Juárez o Madero. El enemigo que descubrió, la “mafia del poder”, es no menos oprobioso que el decadente Imperio Español del XIX, los nefastos conservadores y las huestes del porfiriato.Prosiguiendo la analogía histórica, pero en otro sentido, José Antonio Rivera Aguilar, en una nota en Nexos (Mayo, 2019), imagina una épica diferente: la cuarta transformación sería la tercera restauración, y el triunfo del tabasqueño sería análogo a la victoriosa revuelta de Díaz contra Lerdo de Tejada y al golpe de Victoriano Huerta contra Madero. Según parece, si vemos con mayor enfoque la historia de México podemos distinguir tres períodos de pluralismo político: de 1821 hasta 1876, de 1911 a 1913 y de 2000 a 2018, en los que existía, por parte de quienes vivieron en ellos, gran insatisfacción con las condiciones sociales. La caracterización de Rivera es lapidaria: “La historia del pluralismo en México es la historia del descontento”. Una terrible conclusión parece emerger: los mexicanos, de arriba, de abajo, de derecha o de izquierda, no toleran la pluralidad, les parece un desorden, una serie de imprevistos que alteran el pacífico desarrollo del país. Conviene recordar, como hizo Guillermo Hurtado en “La Razón” (18/05/19), aquellos elementos que parecían despertar consensos en los 1990, y que él cree superados. Se creía en la “alternancia en el poder” como sinónimo de democracia, lo que implicó tratar de destruir la continuidad del PRI. Esto exigía, por un lado,la creación de instituciones capaces de garantizar la transparencia, equidad y validez de las elecciones. Así se crearon el IFE y la FEPADE. Por otro lado las facultades extraconstitucionales del presidente debían ser acotadas y restaurarse la división de poderes. En gran medida la creación de órganos autónomos y de una sociedad civil fuerte podría realizar este objetivo. No habría ya gobierno sino “gobernanza”, delegación de algunas actividades del Estado en las organizaciones no gubernamentales. También era crucial abolir la corrupción, el consabido enriquecimiento ilícito de los funcionarios y la frivolidad inherente. La esperanza estaba en construir más instituciones ciudadanizadas independientes, y en un poder judicial no subordinado al ejecutivo. Más o menos eran esas las aspiraciones, limitadas, “pequeño-burguesas”, de los 1990: una renovada visión nacional del liberalismo que debía concretizarse en una sociedad más tolerante, abierta, plural, con una distribución formalmente más equitativa del poder, pero no del dinero. Faltó en Rivera Aguilar recordar que en esos períodos era notoria la inequidad en la distribución del ingreso, tanto al comienzo de México como nación independiente como después de la Revolución la riqueza nacional estaba mal distribuida. En su clásico de 2007 (“La mafia nos robó la presidencia”), López Obrador afirma, en las páginas 182-183, que:” de 1934 a 1982 la economía creció a una tasa promedio anual de 6.1%”, en otra de sus obras (“La mafia que se adueñó de México… y el 2012”pág. 64) lo reitera y añade que durante el desarrollo estabilizador “ aunque se padeció el mal endémico de la desigualdad, México creció a una tasa anual de siete por ciento, y con estabilidad macroeconómica”. Si se lee “El endeudamiento público en México 1940-1973” de Rosario Green (El Colegio de México, 1976) se obtiene una visión matizada de ese crecimiento del 6% anual sostenido: se logró mediante la deuda. Esto fue resultado de la incapacidad del país de financiar su propio desarrollo. La desigualdad surgió de la decisión de ese Estado de no desgravar el producto del trabajo y de beneficiar a los inversionistas nacionales y extranjeros para lograr las altas tasas de crecimiento. Aquí está una interesante analogía: el gobierno de Díaz Ordaz dejó a Echeverría una deuda de 4000 millones de dólares. Lo primero que hizo fue reducir el gasto público, tratar de incrementar la recaudación y otras acciones que condujeron al incremento de la deuda pública. ¿Está López Obrador en esa ruta?, ¿Más que equiparable a Hidalgo, Juárez y Madero son sus parangones Díaz, Huerta yEcheverría? No, es muy dudoso, porque como comentó Gabriel Zaid (“La economía presidencial” Vuelta, 1987), Echeverría decidió encabezar a los universitarios y aflojarles la chequera, prometerles la nivelación social. Sin embargo,la deuda pública heredada es grande, y los proyectos desarrollistas del obradorismo son caros, al punto que relanzar PEMEX requiere adquisición de deuda. ¿Estamos, pues, en el vértice de otra ilusión? Quizá las analogías son odiosas, y las históricas más. ■

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