Abrir el Estado (segunda parte)

Abrir el Estado (segunda parte)

Si atendemos al diagnóstico de crisis de credibilidad, legitimidad y desapego del ciudadano, que sufren las instituciones del Estado y con ello, todos los actores políticos, el principal incentivo para lograr la voluntad política que se requiere al momento de implementar una política de apertura institucional, es justamente buscar la recuperación del sistema que permite condiciones y garantías para la participación política y el desarrollo de legítimas aspiraciones de conquista del poder.

Por ello, el que propongamos ahora, ya no solo la disposición para el diálogo, la transparencia y con ello, la participación y la colaboración entre algunos actores de la sociedad y el gobierno, sino la búsqueda misma del ciudadano, allende los distintos foros en el que podamos encontrar una plaza pública, no es sino una postura que atiende al momento de emergencia que vive nuestro sistema político. Es incluso un asunto de pragmatismo agregado al entramado teórico-ideal.

La estrategia de un Estado abierto hoy no puede solo descansar en reconocer e incentivar la participación de quiénes disponen de tiempo y acceso a los instrumentos para ello, además, debe buscar y se concentrarse en ir al encuentro de ciudadanos “de a pie”, hoy desinteresados en la política, pero también, olvidados por las condiciones que les impone su circunstancia, de las políticas de participación que promueve el Gobierno Abierto.

Por ejemplo, una política de despliegue de la apertura institucional puede integrar material accesible y amigable para los ciudadanos con poco contacto conceptual a la administración pública, buscando acercar la información, pero además, a través de la presencia de los funcionarios, en la búsqueda de un diálogo inmediato y directo,

Una política de Estado Abierto en las condiciones que enfrentamos, debe combatir la innegable desigualdad en el acceso a las tecnologías de la información, mediante la innovación en la tarea de apertura institucional, para que el ciudadano se sitúe al centro de éste. Redes sociales, asociaciones, grupos, colectivos y demás centros de participación ciudadana, en la que las personas acuden ya cotidianamente al encuentro entre sí. Esto es, ir en búsqueda del ciudadano, involucrarlo, permitirle el acceso, uso y apropiación, de las herramientas e instrumentos del Gobierno Abierto, hasta en tanto no logremos equidad en el uso de todos los elementos ya citados. Este despliegue, debe obedecer además, a una necesidad del Estado (y aquí caben todas sus instituciones): la supervivencia a largo plazo, recuperando la legitimidad perdida, a través de acciones innovadoras, que, como los tiempos lo exigen, revolucionen la política en su sentido más amplio, más allá del discurso, el escritorio o el cubículo: la plaza pública.

Hay que entenderlo así, hoy ya no se requiere solo salir al encuentro del ciudadano interesado en la participación (lo que además, ha contribuido a lo que los expertos conocen como “la captura de la participación ciudadana”), sino en búsqueda del apático, el incrédulo, el harto, porqué ahí está el grueso que hoy hace mayoría: los que dudan. Pero también tratándose de los interesados, que no gozan de los mínimos indispensables para la participación: tiempo, acceso, formación, etcétera.

Debe quedarnos claro que los ejercicios de gobierno abierto, en todas sus modalidades (parlamento, tribunal, cabildos abiertos), no estarán completos si no entendemos que la participación solo es posible sobre una base inherente de bienestar, sin embargo, el círculo vicioso, del que muchos conocen y se alimentan, no puede ser revertido si no emprendemos en serio un fortalecimiento de nuestras estrategias, más allá de lo que hoy hacemos. Sin participación, los males que hoy aquejan al país (y el mundo), no serán abatidos, esos mismos fenómenos perniciosos, dificultan, cuando no imposibilitan, la participación.

Hay que romper esas barreras, brincarlas y encontrar, insistirle, dotarle de herramientas y facilitarle al grado de garantizarle, el uso de la información, mediante la transparencia; la participación a través de la apertura, la difusión, pero también la búsqueda de oportunidades para ello; la colaboración a partir de la formación de ciudadanía, con materiales adecuados que le permitan la apropiación de los datos y la diferencia entre propuestas; y sobre todo, el un diálogo efectivo que vaya más allá de poner a su disposición derechos y obligaciones que suenan huecos cuando no se ha corrido la experiencia de su utilidad práctica para el incesante cúmulo de problemas cotidianos que enfrentan los ciudadanos que hoy reúsan a involucrarse en la vida pública.

Desplegarse dónde esté la plaza pública e incluso incentivar a su concentración, fortalecerá la estrategia del gobierno abierto, le permitirá desarrollar la base social necesaria para su eficacia, legitimidad, pero sobre todo, para que sea de verdad, una estrategia que permita a la democracia refundarse en su contexto. ■

@CarlosETorres_

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