La pederastia clerical y la esperanza sin impactos

La pederastia clerical y la esperanza sin impactos

La pederastia cayó como una enfermedad apocalíptica en la Iglesia Católica. Ha sido un fenómeno extraño por su frecuencia y extensión: ¿por qué una parte importante de las diócesis en el mundo han presentado casos de abuso sexual a menores? Dicha frecuencia y extensión hace preguntar: ¿hay algo en el ministerio sacerdotal católico que los hace proclives a esas nefandas prácticas? Es inevitable pensar en el celibato vivido en las condiciones de la vida contemporánea como un factor que causa estas desviaciones. Sin embargo, la Iglesia no ha querido abrir el debate sobre la conveniencia de no continuar con el celibato como exigencia obligatoria y mantenerlo sólo como una forma opcional de vida consagrada. De eso nada.

En los primeros años que explotaron los escándalos (que vale la pena comentar: han sido en los sectores más conservadores de la iglesia) los ocultaron y negaron. El resultado fue catastrófico, porque se provocó una impunidad vergonzosa y cientos de víctimas que vieron destruida su vida por una institución que decía ser ‘la guardiana moral’ del mundo. La autoridad moral de la guardia de la moral empezó a caer a pedazos, a desmoronarse.

Ahora, ya se observa una actitud diferente de las autoridades eclesiales. En octubre de 2016 la Conferencia del Episcopado Mexicano elaboró un documento titulado “Líneas Guía del Procedimiento a Seguir en Casos de Abuso Sexual de Menores por Parte del Clérigo”, donde reconoce “que en el pasado, por diversas circunstancias no se actuó como era debido”. Es una ventaja que hayan reconocido el problema. Con ello, establecieron un protocolo que deben implementar los obispos. Antes, lo que hacían los obispos era quitarse del problema enviando al pederasta a otro lado, ahora se dice en la guía que “queda terminantemente prohibido el traslado de clérigos acusados o denunciados de abuso sexual de niñas, niños y adolescentes”. Y no sólo, también se obligan a colaborar y proporcionar información a las autoridades civiles para hacer justicia a las víctimas. Hacen cierta alineación del Derecho Canónico con la Ley general de los derechos de niñas, niños y adolescentes, y la Ley general de víctimas.

Y no sólo: el pasado 7 de mayo el Papa Francisco decretó una carta denominada “Vos Estis Lux Mundi” que trata justamente de las medidas que los obispos y superiores religiosos deben hacer en los casos de abuso sexual a menores. Dice “los delitos de abuso sexual ofenden a nuestro Señor, causan daños físicos, psicológicos y espirituales a las víctimas y dañan a la comunidad de fieles”. Y pone presión para que las autoridades eclesiásticas actúen. Se debate en la iglesia la formación, los filtros de perfiles idóneos, los procedimientos que deben llevarse a cabo ante una denuncia, las medidas cautelares y la cooperación con las autoridades civiles. Respecto a la actitud de ocultamiento que se practicó hasta Juan Pablo II, ahora esto representa un avance. Sin embargo, no es suficiente. Se niegan a debatir a fondo las causas que está provocando esta enfermedad y poner medidas reales para remediarla. Los grupos conservadores no tienen el papado pero detentan enorme poder. La pederastia es un síntoma de la necesidad de regeneración que tiene la Iglesia en este y muchos temas: el Papa Francisco ha generado esperanza de renovación, pero aún no vemos cambios concretos que podamos palpar. Estamos aún ante una esperanza sin impactos.

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