El reconocimiento de la carrera docente

El reconocimiento de la carrera docente

Con la pasada Reforma Educativa (ahora ya superada), observamos que los maestros vivieron meses de incertidumbre y estrés. Los estragos en su salud fueron evidentes. Los administradores de los trámites para jubilaciones comentan que se amontonaban en las ventanillas y pusieron en problemas los sistemas de retiro. No era poca cosa: la permanencia en su trabajo fue puesta en predicamento. Y todo se justificaba en la idea de que esa situación de angustia era la base para lograr la soñada calidad de la educación. ¿La ansiedad y agobio de los docentes era la cuña de la hipótesis básica de la reforma? Pues sí. Por ello generó el rechazo de la inmensa mayoría de los maestros de México.

También observamos a los profesores lidiando con los factores no escolares que terminan siendo determinantes en los procesos de aprendizaje, como la marginación, la escolaridad de la madre, el capital cultural de la familia de origen o el estado nutricio de los alumnos. Y la presión de mejorar sus resultados que aparecen estancados en las pruebas estandarizadas. Además, los alarmantes incrementos en las formas de violencia entre los jóvenes y que se expresa en la convivencia escolar.

Ahora mismo, sabemos, el avance en las economías depende de la conversión de conocimiento en procesos productivos. La clave está en las capacidades de innovación que se inyecten en la producción de servicios e insumos. Y las capacidades de innovación dependen del conocimiento movilizado en dichos procesos. Así las cosas, la educación se convierte en la base o piso mismo de todo el desarrollo nacional. Si esto es así, pues se debería reconocer el valor que adquiere el trabajo docente. Se convierten en los operarios sobe lo que está sentado el desarrollo humano del país: ¿no deberían tener un nivel distinto de reconocimiento? Dicho reconocimiento conduciría a darle prioridad a su formación, con ello, a cambiar la situación de mediocridad de las normales por el descuido en el que se encuentran. La mejor forma de reconocer el valor del trabajo docente es asegurando la calidad educativa en la formación de los educadores. Después atender las condiciones en las que trabajan: la situación de abandono de la infraestructura educativa. Estar en esta circunstancia equivale a afirmar que la base del desarrollo está abandonado.

Ojalá y esta nueva reforma a la educación ponga en el centro el reconocimiento de la carrera docente. Y a la educación se le dé el trato que realmente tiene: la sustancia de todo el desarrollo nacional. El crecimiento económico, la mejora en la salud de la población, la superación de la violencia, y el resto de aspectos del bienestar dependen, en última instancia, del estado que guarde la educación, desde básica hasta superior. Pero ‘reconocimiento’ no es un papelito que les entregan en los eventos del 15 de mayo, sino políticas públicas efectivas.

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