Redes sociales de internet: entre la radicalización y la cobardía

Redes sociales de internet: entre la radicalización y la cobardía

Después de un siglo XIX de arranque industrial decidido y explotador, y un XX que nos sorprendió invento tras invento, cerramos hoy la primera quinta parte del actual con los intentos de organizar el fuerte caos mediático digital que nos envuelve con sus mentiras disfrazadas de verdades, su anonimato muchas veces pernicioso, su radicalización a ultranza y su estridente democracia tan potente como desorganizada.

Venimos de un siglo XIX donde las comunidades académicas, las de emprendedores e incluso las políticas eran reducidas y sus difusiones retardadas. Muchos alcanzamos a apreciar buena parte de un siglo XX que al respecto sociabilizó y luego masificó el avance de un mundo al que sí le era lícito tener aspiraciones. El siglo XXI penetra ahora voraz, llamando la atención a golpe de rugidos, aunque con frecuencia éstos tengan contenidos falsos, ansiosos por manipular o de plano sean huecos.

Nuestra actual cotidianidad occidental se ha impregnado de las hojas que nos traemos tras bañarnos, generalmente cada día y en soledad, dentro de una tupida selva de voces. Me refiero a las que se alzan al borde de la estridencia en las redes sociales de internet y que, a querer o no, a muchos nos mantienen con la vista clavada en una pantalla durante varios momentos de nuestra jornada.

En el espacio virtual coincidimos todos: el religioso, el agnóstico, el conspirador y el sobrio; el psicópata, la ególatra y el juez; el genio, el historiador y el olvidado; la acusadora, el economista y el anarquista; el trinquetero, el minero, el desempleado, la profesora y el mercadólogo; el regidor, el activista y el taxista; el moralino, el locutor, el neomonárquico y el empresario. La potente democracia desorganizada y estridente nos mantiene como consumidores y también productores de contenidos.

En medio de tanta información, ahora nos falta aprender a discriminar. Falta acaso ahora meter en la currícula de primarias, secundarias y bachilleratos una asignatura sobre cómo distinguir información importante de la intrascendente, verdadera de la falsa, genuina de la mañosa. En medio de tanta información, ahora sobran los desinformados y los malinformados. Los fanáticos ya no necesitan gritar, los repartidores de volantes ahora pueden trabajar sentados para masificar sus mensajes exponencialmente.

La consigna ya no es “miente, miente, que algo quedará”, sino “quema en redes, quema en redes, que de todos modos tomará tiempo aclarar que el rumor surgió como falso (y en el ínter pudo hacerse verdadero)”.

Lo mayúsculo es que, aunque no lo creamos, hemos llegado a una época en la que virtualmente podemos llenarnos de amigos sin que en la realidad tengamos siquiera uno. Hemos llegado a esta época en la que podemos aplacar la conciencia ya no a punta de limosna, sino a punta de apretones del “Me gusta”. Los pedigüeños ya no aparecen en 3D, sino en un desliz vertical de la pantalla, y nos basta entonces con presionar el dedo para hacernos creer nosotros mismos que ya cumplimos con la sociedad. Publicamos como comentario “Yo te apoyo, estoy contigo” y no necesitamos siquiera despegar el trasero del asiento ni hacer algo más que afecte en la realidad.

El ansia por los aplausos, distintivo del siglo pasado, pasó ahora a esta enfermiza cosecha de likes. El actual adolescente logra deprimirse si tras varias horas no recauda más de una decena de ellos. Las notas de suicidio se digitalizan también: son “posts” que se mantienen como ecos en el flujo luminoso de la información virtual.

Bienvenidos a las redes sociales. Aquí el más callado nos deja pistas de su sentir. Aquí podemos predecir la llegada del psicópata, pero no podemos desenmarañar lo ético y lo antiético en el efecto de movimientos como el multiforme MeToo mexicano. De algún modo perdieron fuerza los exámenes psicométricos: ahora basta hurgar en el perfil de quien solicita empleo en nuestra empresa. Perdieron fuerza los misterios y juegos de qué música te gusta, de cuál es tu color favorito, de qué película te hace llorar.

El foro digital se ensanchó tanto, además, que ahora a medio mundo le urge mostrar al otro medio mundo que siempre tiene la razón. Mostrar… o imponer.

Nos hemos convertido en figuras públicas y, por tanto, ya ninguno es figura pública.

En días recientes he redescubierto al colombiano Nicolás Gómez Dávila, mente privilegiada del siglo XX que, sin embargo, jamás asistió a la universidad. De él aprendí primero que, en medio de esta citada selva de voces que se alzan al borde de la estridencia, “las convicciones profundas se contagian en silencio”. En silencio o en los hechos, matizo, harto quizá de tanta impostura en la red de redes.

La estocada, sin embargo, es la siguiente declaración: “Un espíritu falsamente razonable quiere opiniones conformes a las suyas o discursos que concierten con el vulgar sentido común; mientras que un espíritu que anhela la sola lucidez tolera todo lo que oye, pero exige que cada cual tenga clara conciencia de las causas y de las consecuencias de las ideas que propone”. Allí radica, considero, la diferencia entre bloquear odiadores o depurar el padrón de conocidos a los que Facebook apoda “amigos”.

Muchos aducen que es más importante preservar la salud mental, el equilibrio emocional… pero entonces, quedándonos sólo con quienes dicen sólo eso que buscamos escuchar, se resta valor a la declaración ésa de que también en las redes sociales de internet (y sólo todo en ella, afirman los más temerarios) se construye democracia y pensamiento democrático. La realidad actual, según se aprecia, es que aún la maraña de visceralidades y pontificaciones no puede ser panacea ni paradigma de nada, y sí un factor más de violencia cotidiana y con la suficiente distancia y anonimato para seguir alimentando la cobardía que con mucho resguardo se cría en este siglo.

La pregunta, en definitiva, no es más quién le pondrá el cascabel al gato, sino si acaso existe posibilidad de ponérselo. Peor aún: si ese gato que es más bien medusa tiene algo parecido a un cuello. Es reflejo de nuestros monstruos más horrendos, a fin de cuentas. ■

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