La república del espectáculo

La república del espectáculo

El entusiasmo generado por MORENA, y su figura central Andrés Manuel López Obrador, no tiene nada que ver con la política económica. Una cita de Ilan Semo es sintomática al respecto: “Si se observa con atención, el gobierno de MORENA se ha ceñido de manera escrupulosa a los señalamientos del Fondo Monetario Internacional…Paradójicamente, este ceñimiento a la política del FMI puede traer ciertas repercusiones no negativas en las condiciones actuales. Reducir en cierta manera la corrupción, cerrar algunas de las llaves de la economía criminal, limitar el flujo de migración sólo a los migrantes mexicanos…” (La Jornada, 20/04/19) Ante la evidencia de que el viraje en el “modelo económico” se computa en cero grados no queda sino asumir que el neoliberalismo, junto a sus apoderados el FMI y el BM, no son tan malos. Incluso seguir sus políticas puede redundar en beneficios para la población y el Estado. Si es así, ¿qué era lo malo con el PRI? Su incapacidad de unificar la opinión pública a su favor después de los escándalos de la casa blanca, los desaparecidos de Ayotzinapa, la falta de resultados inmediatos de las reformas estructurales y la percepción de corrupción generalizada en su gobierno. Claudio Lomnitz cree, aunque nos diga que lo escuchó de sus amigos y familiares, que la dilección por MORENA surge de la sentida necesidad de amplias capas de la población por un cambio en el Estado nacional, al que perciben corrupto (Nexos (abril) 2019). López Obrador, o más bien, el estilo que proyecta, su forma de ser, el gusto por las aguas frescas a ras de carretera, los saludos que prodiga en sus giras, sus zapatos sucios, el ademan genial de “mandar al diablo las instituciones”, aparenta ser el líder que podría, desde el Estado, cambiar al Estado, volverlo amable, pueblerino, interesado en la gente. Si acaso logra mejorar los indicadores económicos bien, si no lo consigue basta y sobra que predique la honradez o distribuya justicia al margen de la legalidad. El asunto del memorándum, en el que indica que sus subordinados “dejaran sin efecto todas las medidas en las que se haya traducido la aplicación de la llamada reforma educativa”, es el que lo pinta, a él y su grey, con mayor precisión. Si es correcto que MORENA arribó a la presidencia porque los mexicanos querían transformar al Estado más que a la sociedad, entonces el memorándum es parte de esa estrategia para mantenerse en el gusto de las mayorías. Y es una muy inteligente maniobra porque es un ataque directo al esquema mexicano de administración de justicia, al oxidado proceso legislativo y a la manera de negociar las posiciones en el bloque gobernante. O bien, en resumen: es mandar al diablo las instituciones desde las instituciones mismas, lo que es más un gesto espectacular (en el sentido que le dio Debord: la declinación del ser en tener y del tener en parecer) que un camino hacia el fascismo. O quizá sea otro tipo de fascismo. Debido a que el bloque gobernante no ha logrado negociar en el Congreso de la Unión un acuerdo que satisfaga a todos (a los empresarios, al FMI, a la CNTE y a ellos mismos) la derogación de la reforma educativa de Peña Nieto no ha sucedido, y eso la CNTE lo percibe, correctamente, como un incumplimiento. Y lo es, porque la CNTE quiere tener el control de las plazas y el proceso de contratación, lo que aumentaría su poder político ante el gobierno federal y ampliaría su capacidad de negociación. Pero López Obrador no está dispuesto a ceder ese control: la continuidad de la cuarta transformación (sea lo que sea, aunque sea un puro parecer) depende de ello. Pero, y aquí las tesis de Debord se vuelven cruciales, el memorándum establece la apariencia del cumplimiento de una promesa y más aún, funge como medio de realización de la justicia que las “momias conservadoras” se negaron, en su oportunidad, a impartir. Así entre el presidente y la sociedad mexicana se establece una relación mediada por una imagen: la del justiciero que contra el Estado hace la necesaria labor exigida por el pueblo y los corruptos jueces, con sueldos de millones de pesos, no hacen. Sin duda que saldrá bien librado, quizá hasta incremente su popularidad. Derivamos una lección muy simple de esto: la casi inexistente oposición está condenada al fracaso porque no ha logrado comprender; quizá ni los mismos morenistas lo entienden; la manera en que López Obrador construye su imagen de redentor, de justiciero, de opositor del Estado (del legislativo y el judicial e incluso del ejecutivo) desde la seguridad y certeza de la presidencia de la república explotando la intensificación de la sociedad del espectáculo que permitieron las redes sociales. Cada nuevo ataque cae dentro de la narrativa del fraude, de la mafia del poder, del hombre providencial frente al destino y permite mantener el interés y gusto de las audiencias, aunque la economía se vaya a pique, se vulneren (con la Guardia Nacional) las garantías individuales o se desmonte la estructura jurídica del Estado mexicano. ¡Es lo de menos! Para cerrar, otro ejemplo: declarar que feneció el neoliberalismo es espectáculo, y muy bueno. ■

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