La (in)seguridad en el abismo de la desesperación

La (in)seguridad en el abismo de la desesperación

¿Puede haber un grupo de policías en cada esquina de los centros urbanos de la ciudad? Evidentemente no. Se requeriría un ejército innumerable de fuerzas de seguridad. Cuando, por el contrario, el déficit de policías no cubre ni el mínimo que pide Naciones Unidas. Así las cosas, debe haber fuerzas policiales suficientes, pero sin construir un Estado Policiaco. ¿Cómo podría el Estado garantizar la seguridad de una población y un territorio de grandes dimensiones? Son tres elementos esenciales: evitar que parte de esa población se convierta en delincuente, formas de autoprotección donde se coordine las personas con las policías y evitar la impunidad de los delitos cometidos. Para evitar que los jóvenes se incorporen a las filas de la delincuencia no hay más opciones que estos tengan oportunidades de vida digna, educación y expectativa de empleos decentes. Para la segunda condición se necesita la organización de la población en su lugar de vida, con formas de organización de autoprotección vecinal coordinada con las fuerzas del orden; y la última condición implica un sistema de administración de justicia efectivo.

Como podemos observar, ninguna de las condiciones las tenemos. Contamos con gobiernos burocratizados y sin rumbo. Gastan en compra de equipos excesivamente caros y en capacitaciones descontextualizadas. Presupuestos que se van como agua en ‘fortalecimiento de las policías’ (en Zacatecas más de mil millones de pesos), y no hacen nada en las dos primeras condiciones. En Zacatecas el presupuesto para prevención del delito fue poco más de 7 millones con todo y nómina. Nada. Y los programas apoyados son pocos. La coordinación interinstitucional es exigua: la secretaria de educación, las unidades de prevención y los programas de carácter social actúan cada una por su lado. La Secretaría de Gobierno debería ser una instancia de coordinación entre las propias secretarías y programas. Y de la promoción de programas de organización de la población en formas de autoprotección conectadas con las policías. Como todo mundo podemos constatar, no hay tales condiciones.

Ahora más que nunca debe entenderse que sin la cooperación de todos los sectores del gobierno y la sociedad organizada, no hay posibilidad alguna de mejorar la realidad de la seguridad en el estado de Zacatecas. Las células criminales no han dejado de reclutar jóvenes, las poblaciones siguen fragmentadas y la confianza con las fuerzas de seguridad está en sus perores momentos. Y mientras, observamos presupuestos inerciales, lo cual indica la continuidad de políticas de iguales características. Si los gobiernos pudieran generar un modelo que integrara las tres condiciones de las que hablamos arriba, implementarlo en un territorio y luego ver la manera de generalizarlo al resto del territorio, entonces, estaríamos hablando de un esfuerzo serio en cambiar la realidad de la seguridad en la entidad. Así como se pensó en atacar la corrupción en forma sistémica (aun cuando la implementación ha sido fallida), también se puede pensar en un sistema para la seguridad ciudadana y pública con la prevención del delito. La situación es desesperante.

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