Pesadillas de hoy

Pesadillas de hoy

En la última entrega editorial de este escritero se habló de algunos sueños, el principal, el de lograr un proyecto de nación cimentado en un proyecto educativo general digno del mundo superior al que se aspira. Sin esa base, cualquier intento será como en el pasado, atizar golpes de ciego y la predicción infalible de una inminente llegada al infierno rodeado de muy buenas intenciones. La publicación de la convocatoria para echar a andar las cien “universidades de AMLO” hace abrigar esperanzas y, aunque hay más preguntas que respuestas sobre el proyecto, el que habrá que conocer a fondo antes de emitir una opinión medianamente sobria.

El día de hoy se hablará sobre la aventura que constituye el salir a la calle en esta ciudad de cantera, rampas y baches. La ciudad ha perdido su vocación primigenia que era el disfrute de sus recovecos a través de una buena caminata. De pronto se perdió esta forma de traslado y se optó por el vehículo de motor que fueron multiplicándose en cantidad y tamaño, atestando la ciudad, en casi todos los sitios del Centro Histórico, transformándola en un pandemónium de histeria central colectiva. En algunos momentos la confusión general priva entre todas las especies que pululan por el centro, pero es parte del chou.

Una desgracia general, pero dentro de una especie de tragicomedia democrática, es para la ciudadanía el caminar a cualquier hora en la ciudad, es una especie de peregrinación con obstáculos, pues al avanzar unos cuantos metros, los escalones que de pronto aparecen sin decir agua va ya sea de subida o de bajada, las rampas de las entradas de puertas o autos de las casas y por la noche las luminarias que emergen del suelo, hacen que la caminata se vuelva una actividad de alto riesgo en Zacatecas. Se han contabilizado miles de esguinces y fracturas innecesarias que bien fácil se hubieran prevenido si la ciudad se planeara para transeúntes y no para automovilistas.

En fin, es paradójico que la ciudad, cuyo atractivo máximo es caminarla, se torna incómoda y peligrosa nada más por salir a caminar y a rodar, pues, ya para qué comentarlo, atravesar el Centro Histórico se vuelve una reyerta peor que enfrentar a los Montesco y los Capuleto. Aumenta los grados de irritación de conductores y viandantes además de constituir un desperdicio de tiempo y de gasolina y por consiguiente una concentración cada vez más incontrolable de emisiones, principalmente las de los vehículos automotores de todo tipo.

Cuando se piensa en este tipo de problemas tan simples que pueden resolverse tan fácilmente, la gente se pregunta por una parte para qué sirven las policías de vialidad y la pomposamente llamada policía turística si no apoyan, dirigen o enseñan a la gente como comportarse con propiedad en su circulación callejera, antes bien, como ya se ha vuelto costumbre, están más concentrados en infraccionar a a quien se deje siempre y cuando no sea algún bicho influyente o alguno de esos que se sienten la reencarnación de lo maldito y hacen de las suyas cometiendo todo tipo de arbitrariedades. Entonces sí, nuestra feroz tecolotiza se arruga todita y se le escurre la ley entre los dedos.

Pero el mayor sufrimiento de los automovilistas es aquel al que se someten al conducir en cualquier calle, hay huecos que van más allá de todo acto de maldad planeado por las instituciones encargadas de la obra pública o como se llame la oficina encargada de tener las calles en buen estado. Hay agujeros que datan del milenio anterior en todas las zonas de la ciudad. Algunos conductores ya hasta tienen sus favoritos para caer y sufrir pinchaduras, daños irreparables de ruedas, en la suspensión, en el cárter y cosas así. Muchos ya hasta les han puesto nombre a sus hoyos y baches favoritos no tanto porque alguien los elija, sino porque parece que se disfrazan y como por embrujo atraen a los conductores hacia ellos. La gente celebra cuando accidentalmente atraviesa alguna calle minada sin darse un buen azotòn.

Mejor aún, algunas personas hasta nombre les han puesto y los saludan con respeto al pasar por sus abismales dominios. Algunos agujeros ya hasta familia tienen y sus hoyitos retoños proliferan con alegría. Se puede desarrollar una disciplina que consista en explorar las capas geológicas de las familias de baches o cuando menos buscar algunos estereotipos y clasificarlos. Otro misterio por resolver sería descubrir si hay alguna especie de cementerio donde confinen las piedras lajas o adoquines que faltan.

Otra pesadilla vial para los conductores son los topes. También, distribuidos estratégicamente se tienden en la ciudad para atormentar las suspensiones de los automóviles y los músculos del cuello de conductores y pasajeros. Se encuentran escondidos camaleónicamente en todas partes y se recomienda desarrollar vista de águila, percepción 4D, visión periférica y detección de mentiras viales. La pregunta pertinente es, ¿alguien le ha dicho a los genios de la vialidad que los topes hay que señalarlos y pintarlos, al menos? Debe tomarse una precaución extra: baches y topes suelen aliarse y ponen trampas dobles y hasta triples.

Lo anterior es nada más por cascarrabias. Hay que hacerla de tos por algún motivo y este es un buen punto.
Feliz semana. ■

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