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■ Historia y Poder Zacatecas en Voz Alta

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Las cifras de la violencia se multiplican en la patria chica, señala el colaborador ■ FOTO: LA JORNADA ZACATECAS

Difícil aceptar que cotidianamente las cifras de la violencia se multiplican en la patria chica.

Y en el país entero.

Cuándo imaginó el gran artista zacatecano Francisco Goitia al crear sus dos grandes obras Tata Jesucristo y los Ahorcados, que su suelo patrio estuviera con los niveles de la violencia que hoy tiene en casi todo su territorio.

Las órdenes religiosas de dominicos, franciscanos, agustinos, juaninos, jesuitas y mercedarios asentadas en Zacatecas desde el principio de los tiempos hispánicos de la Conquista tampoco creerían los avances en las áreas de la ciencia y la educación y la medicina social; quedarían a la par horrorizados por la continuidad de la violencia desbordada y de la pugna entre grupos criminales y asiduos al chantaje, la estafa, el secuestro, el trasiego de drogas, el entierro clandestino y todo un glosario infame de desórdenes sociales difíciles de contener o revocar.

Obediencia, pobreza y continencia era el lema y la regla de los seglares que tenían un estrecho contacto con los sectores indígenas y populares de las nacientes urbes zacatecanas.

Cuando leo con asiduidad a los archivos Históricos zacatecanos el asombro salta por la genética de muchos de los delitos rastreros que genera la pobreza y la injusticia social y los informes de los señores Gobernadores desde 1844 jurídicamente eran inapelables pero daban una visión de cómo los municipios del estado eran presa prefigurada del delito del fuero común a escalas inimaginables y bajo el estigma del castigo y la eliminación, el oportunismo y el encierro, la justificación y la denuncia, o sea, el saludo de la demencia en los pabellones aliados a la mugre, la agenda del hedor hediondo de sus hospitales y hospicios desamparados, la prostitución infantil sin ningún control comprimiendo a la esperanza a ser un vaso de licor o colilla de cigarro.

Ahora nos acostumbramos a una barbarie muy a modo y que no tiene para cuando cesar en el vasto panorama nacional pese a los cambios y promesas. Una tragedia.

El poeta López Velarde estaría de plácemes si viera que, en el horizonte, alguna luz se asomara cambiando todos los destinos y rutas de este estado querido en el mundo entero. ■

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