Política: reorientarla y dignificarla

Política: reorientarla y dignificarla

Recientemente un amigo preguntó a su alumno universitario si le gustaría hacer política. ¿Oiga, maestro, le parezco malviviente? La respuesta, si bien demostró poco razonamiento del joven, en cambio ilustró una tendencia de percepción generalizada en gran parte de los mexicanos.

La encuesta México, confianza en instituciones 2018, levantada por Consulta Mitofsky, en octubre del año pasado, parece darle la razón al alumno, porque los partidos políticos, diputados y Presidencia de la República fueron las entidades que, con 5.1 puntos (escala de 0 al 10), resultaron las menos confiables de 18 instituciones encuestadas.

Otras que también se ubicaron entre las de “confianza baja” fueron Policía, con 5.5 puntos; Sindicatos, 5.4 y Senadores 5.3.

Las únicas tres instituciones calificadas con “alta confianza” fueron las universidades, con 7.4 puntos, Iglesia, 7.2 y Ejército, 7.0.

Las ubicadas en el área de “confianza media” son Medios de comunicación, Estaciones de radio y Redes sociales, con 6.9 puntos; Comisión Nacional de Derechos Humanos, 6.7; Instituto Nacional Electoral, 6.5; Empresarios, 6.4; Bancos y Cadenas de televisión, 6.3 y Suprema Corte de Justicia de la Nación, 6.1.

Lo más común es escuchar improperios contra partidos políticos, diputados, senadores y gobiernos, a veces justificados, pero también sabemos que no todos los políticos, diputados, senadores y gobernantes están cortados por la misma tijera. Sin embargo, como las excepciones son pocas, se generaliza automáticamente y así es como la política está más denigrada que nunca.

Política, aclarémoslo, no es el engaño, la mentira, la intriga, ni la difamación ni la violencia o la búsqueda irrefrenable de votos, de poder y de riqueza económica, por más que una prolongada realidad haya impuesto en México este concepto tan alejado del ideal clásico griego.

El objetivo de la política es el bienestar común de hombres y mujeres en la polis. Aristóteles consideraba al ser humano como un animal político (zoon politikón), virtuoso, capaz de alcanzar la justicia y la felicidad al realizarse con sus congéneres dentro de la ciudad, en la polis; es decir, políticamente.

Esto es, ni más ni menos, la política. Lo que no persigue estos ideales sublimes y busca solo el bienestar propio, de minorías o facciones, simplemente no es política.

Ya en la época moderna el filósofo alemán, Max Weber nos dice que la política es la ética de la vida colectiva, concepto que reconoce las dificultades que enfrenta la política, al tener que equilibrarse entre la ética de convicción moral y la ética de la responsabilidad social.

En La política como vocación, Weber sostiene que la ética de convicción moral alude a las creencias inquebrantables propias del político, mientras que la ética de responsabilidad explica la necesidad de usar los medios de la violencia de Estado para preservar la paz en aras de un bien mayor. Así, comprometida con las dos éticas, la política es la ética de la vida colectiva.

En México, desde hace muchos años, la mayoría de los políticos, al no conjugar acertadamente los factores de la política, la ha pervertido a tal grado que ya urgen nuevas formas de ejecutarla para devolverle la intrínseca dignidad que le conceden Aristóteles y Max Weber.

Mientras nuestro sistema político no sea transformado desde sus cimientos, será imposible cambiar la tendencia pública de incredulidad en las instituciones, situación extremadamente grave porque atañe nada menos que a los mayores puntales del Estado: los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, partidos políticos y cuerpos de seguridad.

En este desplome de la credibilidad, según Mitofsky, tampoco deben perderse de vista otros factores que solo son merecedores de una “confianza media”. Entre ellos, los medios de comunicación y redes sociales, con 6.9 puntos, y más abajo, los empresarios, con 6.4, y los bancos y cadenas de televisión, con 6.3. Ya muy cerca del sótano de la “confianza baja”, la Suprema Corte de Justicia de la nación, con 6.1 puntos.

Aún es temprano y faltarían muchos elementos para pensar que con el actual gobierno federal la situación cambiará positivamente y con el vigor necesario para alcanzar la auténtica transformación que recuperaría la credibilidad y la confianza en las instituciones nacionales.

La transformación deseada, naturalmente, no será espontánea. Requerirá de nuevos actores con genuina mística de servicio, con nuevas ideas y con visiones más creativas, audaces e incluyentes, capaces de generar políticas públicas generosas, justas e incluyentes. Solo ciudadanos y ciudadanas con estos perfiles y objetivos lograrán rescatar a las instituciones y liderar la urgente renovación de la vida democrática.

*Titular de la Coordinación Estatal de Planeación

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