Somos malos, ¿y qué?

Somos malos, ¿y qué?

La Gualdra 375 / Series / Desayuno en Tiffany’s, mon ku

 

Por Paula Markovitch

[con la colaboración de Adriana Jiménez]

 

Desde hace un tiempo nuestros vecinos del norte parecen haberse aburrido de disimular. Ya no hay motivos para tomarse semejante trabajo. La pegajosa bondad de Superman o la ingenua torpeza del Hombre Araña cuyo peso se duplica cuando no lleva puesto el disfraz, ya no convencen del todo a nadie.

Los héroes estadounidenses contemporáneos ya no son buenos, en cambio profesan una moralidad cuestionable, pero, aunque sus costumbres sean bastante desopilantes y crueles… continúan la tradición del optimismo. Los relatos contemporáneos estadounidenses se afirman en el tradicional enfoque positivo del cosmos: todo lo que ocurre pasa “por algo” y siempre sucede para mejorar. Este optimismo crónico, no sólo no se ha erradicado, sino que hoy se afianza más que nunca. Al parecer, incluso el hecho de volverse un asesino o despiadado, deja en los personajes una hermosa enseñanza.

Mi reflexión no supone un comentario negativo. Creo que la curiosa combinación de maldad y optimismo ha dado resultados memorables en los dramaturgos de Estados Unidos, como los de “Los sopranos” y “Breaking Bad”. Me parece que sus creadores son sinceros al reflejar en sus propuestas una autoestima rebosante combinada con una ética anestesiada. Ellos son honestos al confesar (mediante sus creaciones) que los asesinos no sienten ninguna culpa. Al revés, tal vez el hecho de ser crueles les ayuda a superarse.

Las series contemporáneas estadounidenses parecen querer decir: “Somos malos, ¿y qué?”. Por ello, aunque los atributos morales de los personajes han variado, siguen sosteniendo un género dramático a rajatabla. La “tragicomedia” parece la base del relato mismo del imperio. Una epopeya en que las peores desgracias siempre dejan un positivo aprendizaje.

El origen del entusiasmo crónico estadounidense puede verse quizás en su tradición literaria. El conferencista Emerson hablaba de la autoestima, proponiendo la noción de amor propio. Withman se canta a sí mismo, enamorado. Harold Blum cree que “el talento artístico es la manifestación de dios en cada ser humano”. En los “grupos de autoayuda” (tan populares en Estados Unidos) se pueden confesar las peores atrocidades para escuchar siempre el mismo consejo: “No te sientas culpable”. ¿Podemos emular esta visión? ¿Podemos compartirla desde universos latinos?

Yo creo que los artistas latinoamericanos no experimentamos el relato del mismo modo, no tenemos la arrogancia necesaria para ser “malos”… ni siquiera para ser “buenos”. Haría falta una autoestima más radiante. Los sometimientos reales que padecemos nos hacen ver la vida desde otras perspectivas. Tenemos pudor de “ser”. Más bien nos ocultamos de las iras de un Dios cuyos castigos inexplicables ya hemos experimentado.

¿Quizás el origen de la cosmovisión estadounidense puede atribuirse a la ética protestante?: “El trabajo nos acerca a Dios, todo bien es merecido y todo el castigo puede ser revocado”.

Nosotros, los narradores latinoamericanos, no podemos ser tan optimistas. Somos sobrevivientes de siglos de esclavitud. Para nosotros, el trabajo se vive como “sacrificio” y sabemos, por experiencia, que trabajar demasiado (por cierto, para otros) sólo nos conducirá a estar más y más agotados.

Los dramaturgos latinoamericanos no “sentimos la euforia tragicómica”. En cambio, habitamos el extenso y variado territorio del melodrama… (de nuevo: este comentario no tiene un matiz negativo). El melodrama es un género bello que ha dado a la humanidad obras profundas e inolvidables.

Comparto con casi todos mis colegas escritores (originarios del sur del continente) una cosmovisión melodramática. Nuestros personajes no se conocen a sí mismos lo suficiente para saber si merecen o no ser castigados. En general, ellos prefieren pedir perdón antes que nada… para evitar castigos tan salvajes como inexplicables. Nuestros personajes saben que van a sufrir, de manera que los entrenamos en el sufrimiento. Les damos resignación y humor. Cuando intentamos imitar, los gestos de optimismo y autoconfianza proveniente de nuestros poderosos vecinos nos salen exclamaciones envalentonadas…

Nosotros no creemos que todo pase para bien. Consolamos a nuestros personajes con la leyenda de su propio dolor, del cual ellos son los exclusivos protagonistas. ¡Sólo tenemos nuestro sufrimiento, ése es nuestro tesoro y nuestra virtud!

¿Acaso la tragicomedia es un género “mejor” que el melodrama?… o al revés… ¿es el melodrama más “realista” o “profundo” que la visión del imperio? Si partimos de la certeza que cualquier género es el discurso de una civilización y el género expresa una cosmovisión, entonces no hay géneros mejores y tampoco equivocados. Cualquier género siempre es revelador, expresivo, contradictorio y cambiante.

Si nos forzarnos a percibir la vida de una manera ajena, sólo resultarán creaciones poco claras. “El viaje del héroe”, que se propone como un modelo de dramaturgia universal, resulta muchas veces incómodo y artificial para nuestros personajes aturdidos entre el miedo y la esperanza.

Así, muchas series latinoamericanas quieren imitar la arrogancia estadounidense… y orillamos a nuestros personajes a hacer muecas de optimismo ante la nada. A sacar “conclusiones positivas” de un universo azaroso e injusto.

Creo que, afirmando nuestra experiencia real (en lugar de imitar cosmovisiones triunfantes que no se condicen con nuestros días reales), podemos darles fortalezas diferentes y novedosas a nuestros “héroes”, que les permitan ver en la penumbra moral… y orientarse en el paisaje desierto y arbitrario.

 

[Continuará]

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_375

 

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