Las promesas sexenales y el mexicano soñador

Las promesas sexenales y el mexicano soñador

Hace casi seis décadas, en 1960, el antropólogo Felipe Montemayor sostuvo que, en su generalidad, el mexicano vive frustrado en sus necesidades básicas: “mal comido, vestido y alojado, al mismo tiempo carga el embuste de que nuestro país es rico, que progresamos a pasos de gigante y que constituimos una gran nación”.

La crítica puede ser atemporal debido a la recurrencia de esta situación: para los críticos de antes y los de ahora, los sexenios en este país transitan sobre las aspiraciones de los mexicanos soñadores pero no las aplastan. Por el contrario, la multiforme voz del poder parece decirles: si en este sexenio no se pudo, el siguiente será “el bueno”.

Como si esto fuera poco, continuamos inundados en la cantaleta insistente: “México es grande”, “México es chingón”, en Estados Unidos el mexicano es el “Mex I Can”, “México puede ganar todas las estatuillas Oscar”, “México puede ganar el mundial”, “México tiene todos los climas del mundo”, “México es el cuerno de la abundancia”.

¿Qué diferencia hay entre estas porras o decretos –que incluyen los mitos de la raza de bronce, la raza cósmica, el linaje de los caballeros águila– y el mito fundacional del pueblo que se fundará al ver el águila devorando a la serpiente? Ni hablar: “los mexicanos podemos con todo”.

Tras un dominio español y una lucha de independencia impulsada por criollos, durante casi un siglo el país vivió muchas batallas tanto militares como ideológicas: de Iturbide a Guadalupe Victoria, a Guerrero, Bustamante y López de Santa Anna, a Juárez, Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz. Los mexicanos nos doctoramos en esos años como seguidores de caudillos (caudillo: el que arrastra una cauda, cola de gente). En muchos de estos movimientos campeó con variantes la consigna “ahora sí se va a poder”.

El ejercicio de la esperanza se magnificó cuando en 1908 Díaz declaró a la prensa estadounidense, palabras más palabras menos, que México ya pronto adquiriría madurez. Otra vez resonó inconscientemente, popularmente, el “ahora sí…”, la revitalización del sueño. Y el Plan de San Luis logró tras la revuelta armada el destierro de Díaz pero la apertura y tolerancia de Madero no logró convencer porque quizá estamos acostumbrados a la bota, la opresión.

El ideal de Carranza no cuajó en coherencia, y menos al perseguir a Villa y después enfrentarse a Obregón. Plutarco Elías Calles intentó convencer en que el agrupamiento de generales en un partido sería al fin la garantía de paz y crecimiento, y muchos mexicanos volvieron a creer y soñar. El cardenismo inflamó el corazón de muchos con la consigna de que por fin seríamos dueños de nuestro petróleo, y ahí te van las señoras a regalar sus ahorros y aves de corral para pagarlo.

Entre tantos otros presidentes, Alemán pareció calcar el sueño norteamericano de que cada familia podía tener casa, coche, televisor, refrigerador y perro, y el mismo PRI nos lanzaba cada seis años la renovación del futuro personificada en un solo hombre: Ruiz Cortines, López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría… Cuando López Portillo se planta como candidato único en el país suelta su frase “La solución somos todos”, y ya en el poder su irresponsable “preparémonos para administrar la abundancia”.

De la Madrid replanteó el sueño al proponer que la renovación moral solucionaría todo y Salinas de Gortari iría más allá al hacernos creer al final de su sexenio que por fin nos habían dejado en la antesala del primer mundo… para el 22 de diciembre de 1994 tronar la economía nacional.

Después de que Zedillo prometió bienestar para la familia (no especificó la de quién), Vicente Fox convenció a la mayoría electoral de que la solución a los problemas del país era sacar al PRI de Los Pinos, y que la injusticia histórica de Chiapas podía ser resuelta “en 15 minutos”. En su sexenio, Felipe Calderón propuso como política nacional su provocación a los carteles de la droga; Peña Nieto, la conciliación de los partidos políticos del país para que aprobaran reformas estructurales. Así desfilaron otras promesas sexenales sin resultado.

Como se sabe, el actual gobernante, Andrés Manuel López Obrador, enmarca las esperanzas que genera su arribo al poder en el contexto de una autollamada cuarta transformación histórica del país. Seguridad pública, justicia y crecimiento económico llegarán –dicta su hipótesis– cuando el erario se multiplique como consecuencia del fin de la corrupción y la impunidad en México. Han pasado 100 días de turbulencias y pronunciamientos tanto a favor como en contra del nuevo régimen. En este período parece incluso confundirse los conceptos de país diverso con los de país dividido.

A la luz del concepto más elemental de democracia, nunca llegará el sexenio perfecto, y sus promesas pueden seguir quedando sólo en eso. Además el mexicano soñador tiene perdida la brújula: no comprende que el gobierno de un país tiene que darse en la conjunción de autoridades y ciudadanía. En su ingenuidad o maña, el soñador cree que el gobierno tiene la obligación de proveerle todo, y él está exento de cumplir la ley si ésta le es molesta.

En su permanente afán de que Dios, el destino, una herencia o la lotería ganada se encarguen de su futuro, el mexicano soñador delega siempre a alguien más. El productor Valentín Pimstein explotó eso en las mexicanas soñadoras: para ellas montó en televisión historias de muchachas humildes que terminaban como hijas buscadas por un papá potentado y conquistando el amor del gran príncipe millonario, a despecho de la novia rica y güera que éste lucía. “Televisión para jodidos”, acuñaría el monopolista que se declaró también soldado del partido oficial y el régimen político dominante.

Quién sabe si se dé también en otros países esa petición recurrente que suelta el mexicano: “Diosito: mándame una señal de que existes dándome esto”. El mexicano pide tanto chichi a la divinidad y al supremo gobierno como oportunidad de dar “mordida” ante cualquier falta suya.

Entre períodos políticos que enarbolan ilimitadas promesas formuladas en campaña y ciudadanos que buscan siempre sendos intereses individuales, en México el término “corresponsabilidad” es laxo. Los sexenios serán siempre panacea para el mexicano soñador irresponsable, el que no termina de comprometerse siquiera con su propia dimensión individual.

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