El vuelo de la Gaviota

El vuelo de la Gaviota

Ocho años duró el “para siempre” que acompaña la frase “y vivieron felices…” en el cuento de hadas más espectacular que nos contaron hace casi una década.

Ocho años les duró la felicidad a la pareja romántica integrada por el entonces precandidato de facto a la presidencia de la República y a la actriz de moda cuyo carisma y simpatía popular estaba probada.

Ocho años, los seis que duró el sexenio de Enrique Peña Nieto y un poco más para limpiar el terreno para que éste llegara al poder, duró la historia de la familia feliz que contribuyó a formar la imagen del hombre exitoso, galán y con valores que tenía lo necesario para gobernar a Mexico.

En otros casos este melodrama pudiera ser solamente material de la prensa rosa, incluso en el de otros ex presidentes (Carlos Salinas de Gortari o Ernesto Zedillo) pero tratándose del matrimonio de Enrique Peña Nieto con Angelica Rivera la cosa es distinta.

Ese noviazgo que comenzó cuando la actriz cosechaba las mieles de su papel en la novela destilando amor, y él concluía su labor como gobernador del Estado de México, pareció la cereza en el pastel del ambicioso proyecto con el que la televisión hizo un presidente.

Esta historia romántica coronó un esfuerzo propagandístico sin referente en el que los errores de Peña Nieto, incluida la represión en Atenco, eran minimizados y si era posible pasados de largo, en tanto que los de sus adversarios eran magnificados y utilizados en campañas negras encubiertas.

No hubo obstáculo que los detuviera. Ni siquiera matrimonio religioso de ella con el productor José Alberto Castro, impidió la unión gracias a que en tiempo récord se logró la anulación del matrimonio pese a que ello costara la carrera del sacerdote que la había casado.

El romance y el posterior matrimonio de Peña con una de las estrellas de telenovela con más aceptación significó su entronización por parte de Televisa de forma tan cínica y evidente, que fue esta empresa el blanco principal del movimiento Yo soy 132, la primera gran irrupción política de la juventud desde hace décadas, nacida luego de que la Organización Editorial Mexicana pretendiera subestimar a un montón de jóvenes que protestaron en la Universidad Iberoamericana contra el entonces candidato a presidente.

Pero ni los libros periodísticos que desnudaron la estrategia, ni las manifestaciones lograron frenar el arribo al poder de Enrique Peña Nieto de la mano de su guapa y carismática actriz, aunque sí lo dificultaron a tal nivel que el dispendio de recursos fue imprescindible para el triunfo.

Luego de éste, podría pensarse que el rol de Rivero estaba cumplido, pues menguaron sus apariciones públicas.

Este domingo el periódico Reforma da cuenta de ello; de su escasa asistencia a las giras oficiales, y de cómo la mayoría de las veces se procuró que se hospedaran en suites con más de una recámara.

Según miembros del Estado Mayor Presidencial citados en esa publicación, tampoco vivían juntos en Los Pinos, pues mientras ella ocupaba la residencia Miguel Alemán, él permanecía en la cabaña 1. Lo mismo durante las vacaciones y tiempos de descanso en los que él solía pasar en Punta Mita y clubes de golf mientras ella disfrutaba el tiempo en Europa.

No parecía un mal trato para una actriz -dado que dicen que les pagan por esperar- sin embargo le tocó también a Angelica Rivera ser el chivo exploratorio cuando el equipo de investigación de Carmen Aristegui reveló la existencia de la Casa Blanca.

Toco entonces a la actriz ponerle pecho a las balas, asumir como propio ese inmueble y exponer que su compra había sido posible Gracias a los ingresos que consiguió en su carrera artística, lo que la convertiría en alguien tan exitoso como Meryl Streep quien tiene una propiedad del mismo precio.

El 1 de diciembre de 2018 todo eso quedó atrás, y toca hoy a los protagonistas de esa historia reconfigurar sus vidas privadas para sí mismos, ya sin la presión de las pantallas.

La historia no termina para los que vivimos las consecuencias del melodrama, pues toca analizar la cultura que engendró la necesidad de un espectáculo así en la vida política.

Toca también empezar a construir una cultura republicana que deje de esperar en las cónyuges de los mandatarios (varones hasta ahora) una “mamá Carlota” que complete la escenografía del esnobismo monárquico que gobierna.

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