Los demonios andan sueltos

Los demonios andan sueltos

La élite del poder en México no cesa en la utilización del sistema de medios de comunicación electrónicos como un instrumento para debilitar el liderazgo del Presidente de la República. Los últimos días lo han hecho aprovechando las incomodidades generadas en una parte de la población, por el combate frontal al robo de combustible iniciado por el gobierno, que está encontrando respuestas casi terroristas de los huachicoleros. Su propósito es preparar el terreno para impedir las medidas que deberá tomar AMLO en poco tiempo para disminuir efectivamente la desigualdad y la pobreza, abandonando definitivamente el modelo neoliberal, esfuerzo que hoy hacen los pueblos más diversos del mundo.

Para entender este asunto, déjenme recordar que hace 15 años, el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, publicó “El malestar en la globalización”, un libro que significó un gran éxito de ventas en todo el mundo, donde explica magistralmente por qué ya entoces existía tanto descontento con la globalización en los países en desarrollo. Pues bien, el año pasado publicó otro libro muy importante, titulado ¨El malestar en la globalización Revisitado”, en el cual plantea la tésis de que el malestar con la globalización ha llegado a los países desarrollados y estimulado una ola de populismo en Estados Unidos y otras economías avanzadas, liderada por políticos que afirman que el sistema es injusto para sus países.

En el nuevo texto, que es difícil dejar de leer, afirma que el malestar generalizado tiene su causa de fondo en el hecho de que la globalización neoliberal fue establecida a puerta cerrada y redactada por y para grandes empresas multinacionales, a expensas de los trabajadores y ciudadanos comunes en todo el mundo, quienes han visto sus salarios caer y sus puestos de trabajo desaparecer, pues solamente son considerados como un daño colateral: víctimas inevitables en la marcha inexorable del progreso económico. Lo cierto, dice el Nobel, es que uno de los objetivos de la globalización era debilitar el poder de negociación de los trabajadores para imponer el deseo de las corporaciones: mano de obra más barata, a toda costa.

Stiglitz plantea que hay tres respuestas al fenomeno del malestar generalizado con la globalización. La primera es la dominante en el mundo y en la élite económica de México: redoblar el empeño en mantener el rumbo en que se ha venido gestionando durante el último cuarto de siglo. Esta “solución”, como todas las apuestas en políticas demostradamente fallidas (las mismas que, por ejemplo, dicen que hacer más ricos a los ricos nos beneficia a todos), se basa en la esperanza de que la globalización será exitosa en el futuro, de alguna manera.

La segunda respuesta es la que caracteriza al trumpismo: aislarse de la globalización, manteniendo la esperanza de que, de alguna manera se logrará recuperar un mundo ya pasado. Pero el proteccionismo no funcionará. Mundialmente, los empleos industriales están disminuyendo. Incluso si las industrias volvieran, los puestos de trabajo no lo harán. La tecnología, incluidos los robots, se traduce en que los pocos puestos de trabajo que se creen requerirán de mayores habilidades y se ubicarán en lugares diferentes a los que ocupaban los puestos de trabajo que se perdieron. Al igual que el enfoque de mantener el rumbo, esta solución está condenada al fracaso, ya que incrementará aún más el malestar que sienten los afectados, aún los simpatizantes de Trump.

El tercer camino: protección social sin proteccionismo, es el que tomaron los países nórdicos. Ellos sabían que, por su cualidad de países pequeños, sus economías tendrían que permanecer abiertas. Pero también sabían que eso expondría a los trabajadores a riesgos. Por lo tanto, se abocaron a construir tenían un contrato social que ayudara a los trabajadores a pasar de sus puestos de trabajo anteriores a nuevos puestos, y que al mismo tiempo proporcionara algo de ayuda en el tránsito. Ellos sabían que en su demoracia, a menos que la mayoría de los trabajadores consideraran que la globalización los beneficiaba, no sería sostenible. Y los ricos en estos países reconocieron que si la globalización iba a funcionar como debería, habría suficientes beneficios para todos. Otras variantes, no democráticas, de esta opción es la que hoy aplican China, la India, etc.

En la visión de Stiglitz, el problema mayor del mundo de hoy es que la élite del poder del mundo en este siglo XXI ha estado marcado por una avaricia desenfrenada, la que quedó en evidencia en la crisis financiera del 2008, y sus líderes no reconocen que una economía de mercado puede adoptar formas que atenúen los excesos tanto del capitalismo como de la globalización, y que proporcionen un crecimiento más sostenible y mejores niveles de vida para la mayoría de los ciudadanos.

La conclusión del más reciente trabajo de Stiglitz es contundente: si no se gestiona la globalización de manera que beneficie a todos, se corre el riesgo de que las reacciones negativas —que provienen de los nuevos malestares en el norte y los viejos malestares en el sur— se intensifiquen. Es el riesgo al que se refería el candidato Andrés Manuel López Obrador cuando señalaba que un nuevo fraude electoral despertaría al tigre, el irritado pueblo de México. Ojalá y los dueños de las grandes redes de medios de comunicación pronto ordenen a sus corifeos cambiar su política editorial para dar paso al debate tendiente a encontrar acuerdos en lo fundamental. ■

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