Otra democracia posible (primera parte)

Otra democracia posible (primera parte)

Mientras funcionarios y políticos se suceden en las tareas de Estado (administración pública, parlamento, judicial, y demás agencias), hay una serie de circunstancias recientes e inherentes a dichas labores que a menudo han sido continuamente ignoradas por unos y por otros, lo que causa que, en distintos escenarios, frente a diversos problemas y con estrategias diferentes, los resultados frente a la ciudadanía sean los mismos: decepción, irritación y una exigencia sin eco en los impactos de las políticas y/o decisiones públicas implementadas.

Este es un tema de nuevos tiempos con viejos dilemas. Una era de información, globalización e innovación tecnológica permanente, con inmediatos efectos sociales, con dos valores políticos siempre pendientes, siempre actualizándose: democracia y eficiencia.

El período hegemónico (1938-1982), por sus propias características, sumado a un contexto político de baja intensidad y poca complejidad, permitió lograr un grado aceptable de legitimidad a través de su eficacia para transformar, misma que se agotó cuando los resultados dejaron de ser aceptables o el nivel de exigencia de una sociedad en desarrollo (y por tanto más compleja), no fue atendido por el régimen.

No hay que profundizar mucho en la aseveración de que en la actualidad vivimos un conflicto entre legitimidad y eficacia que necesariamente pasa por la comunicación política: el Estado y sus agentes han sido incapaces de comunicar la dificultad que significa gobernar en este grado de complejidad de un mundo que cambia todos los días, con caudales nunca antes vistos de información sin control y por otro lado, por la falta de innovación y creatividad para enfrentar nuevos tiempos. No pocas veces se trata solo de ineficacia: la incapacidad para dar resultados.
Al tiempo que la información es incontrolable e inmanejable, los políticos hacen un esfuerzo por encima de sus propias capacidades para alcanzar notoriedad entre tanto ruido, a medida que su voz se desvanece, aumenta el tono, pero también ensordece a un público que sí bien se distrae con facilidad ante otra postura, le harta tanta rutina de confrontación, protagonismo y miseria. El pacto, acuerdo y el mutuo reconocimiento se vuelven cada vez más imposibles, y a su vez, menos llamativos: la decente concordia no parece ser apetecible en tiempos del discurso de guerra, como bien lo ha definido Mark Thompson, en Sin palabras.

Esta descripción es un irónico círculo vicioso: la profesión política es cada vez más despreciable, sin embargo, otra actitud no tiene incentivos, sino por el contrario, muy pésimos resultados. La decencia no abona cuantitativamente votos, y en tiempos líquidos, fijarse en la cualidad del votante no alcanza.

Ante tal contexto, populistas de todas las latitudes ideológicas y fuera de las mismas (o sea sin ideología), hacen mella de todo: sí protagonista, ridículo; sí prudente, tibio. Frente a líderes que asumen posiciones complejas, conforme a un cuadrante de principios políticos, los populistas se apropian del todo en el discurso: son el sentido común, el aplauso, la ovación. Como dice David Van Reybrouck, en Contra las elecciones: “La existencia de alguien capaz de fundirse de forma orgánica con la masa, de impregnarse sus valores y de conocer todos sus anhelos se acerca más a la mística que a la política. No es una corriente de fondo, es simple marketing”.

Y sin embargo, también tienen cierta razón, como lo admite Reybrouck. La representación política vive momentos de baja legitimidad, en parte porque las condiciones para competir y ganar en la democracia liberal han formado verdaderas élites transexenales, a las que apenas llegan nuevos elementos de origen distinto. ■

@CarlosETorres_

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