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El arriba y el abajo (III)

El arriba y el abajo (III)

A las tres de la mañana del primero de enero de 1994 el presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, fue informado por el secretario de la Defensa Nacional, Antonio Riviello Bazán, que San Cristóbal de las Casas, Chiapas, había sido tomada por un grupo armado. Ese mismo día el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), entraba en vigor. Entre el dos y el tres de enero tuvo lugar la batalla de Ocosingo, y para el cuatro, de acuerdo a Salinas (“México, un paso difícil a la modernidad” (2000) Plaza&Janes, México, p. 812) los guerrilleros habían sido derrotados: “La guerrilla estaba en completa desbandada; en los días siguientes solo realizó ataques esporádicos contra unidades del ejército”. Salinas afirma que sufrió muchas presiones, las naturales de la derecha y los grupos empresariales pidiendo la aniquilación total, pero también las de la izquierda: “A las pocas horas del levantamiento, el director de un periódico de esa orientación me pidió que la respuesta militar llegara hasta sus últimas consecuencias”. Cita un editorial, muy equilibrado, de La Jornada (2/01/94) que dice: “…si quienes encabezan el alzamiento chiapaneco se proponen ,…, la remoción del presidente de la República, vencer al ejercito mexicano y avanzar triunfalmente hacia esta capital, ya no se sabe dónde empieza el mito milenarista, dónde el delirio y dónde la provocación política calculada y deliberada”. Salinas se muestra a sí mismo (como debe ser: es su relato) tolerante, opuesto a la guerra, conciliador, pero también provocador: indica las contradicciones de los alzados, refiere que la sociedad civil mexicana les ofreció una tabla de salvación y ellos, desesperados, la tomaron: “Entre el primero y el 18 de enero, en poco más de dos semanas, el EZLN pasó de intentar la toma del poder nacional, como anunciaron el primero de enero, a utilizar el escudo que les proponía la sociedad civil: los reclamos de los indígenas”, “Fue a partir de que muchos mexicanos los percibieron como una expresión de inconformidad indígena, que el EZLN convirtió su pretensión de tomar el poder nacional por la vía armada en una propuesta de reivindicación indígena”. Contra todos los que creen que al EZLN lo financió Salinas de Gortari está la suposición de él mismo de que fueron “fuerzas extrañas” opuestas al TLC, a la candidatura de Colosio y al desmontaje de intereses retrogradas que la modernidad del liberalismo social estaba realizando las que incitaron al EZLN, incluso acusa a Marcos de preparar una masacre de indígenas con el fin de acusar al Estado mexicano de crímenes de lesa humanidad. Sigamos con Salinas, los que creen que él organizó al EZLN deberían leerlo de cuando en cuando, citemos otro pasaje revelador: “…, enero de 1994 era el peor momento para declararle la guerra al estado mexicano”. ¿Lo fue?, el “error de diciembre” está ahí para demostrar que las recetas económicas del salinismo estaban colgadas de alfileres, pero también está ahí “La década perdida” (2008, Debate, México) para demostrar que todos sus críticos viven en el error porque el salinismo no es neoliberal. De hecho, como muchos ilustres universitarios zacatecanos, se opone al “individualismo posesivo”, al “clientelismo de la tecnocracia” concretado en la destrucción del capital social mediante las dádivas a individuos y aboga por la organización independiente de los colectivos humanos. La siguiente cita es deliciosa “Frente a las concepciones neoliberal y populista se alza el pueblo. Es la misma gente, pero, como personas que se conocen implícitamente, hay solidaridad entre ellos”, en suma, casi la “ética de la nostridad”. ¿Seremos capaces de reconocer que son los universitarios los que se han “salinizado”? El otro gran enemigo de México, palabras de Salinas, es el populismo de López Obrador, hoy día al alza y con él, renovadas invectivas contra los zapatistas que, el primero de enero de 2019, volvieron a declarar la “guerra” contra el mal gobierno (El universal 1/01/2019) dirigido por un “mañoso”, “simulador”. ¿Qué significa esto? Un hegeliano busca figuras sucesivas que subsumen a sus predecesoras para hacerlas símbolo del devenir histórico y percibir los momentos de transición (así, Bolívar Echeverría en “Las ilusiones de la modernidad” Era 2018). Levantarse en enero de 1994 fue, en retrospectiva, un acierto a pesar de que todo, para los mexicanos encandilados por las luces de “Solidaridad”, indicaba que había que esperar. Por esto, pese a los 30 millones que votaron por él, oponerse a López Obrador es a la vez un presagio y un símbolo: presagio de los errores por venir (como muy pronto aparecieron los de la acelerada apertura comercial salinista), pero símbolo de la etapa de mutación que vive el país. Son los políticos quienes se adueñan de las formulas de cualquier transición, y son sus tiempos lo que pretenden imponer para llevar a cabo, desde sus intereses, los arreglos institucionales que mejor garanticen la continuidad de la dominación que nombran“orden democrático”. Desde cualquier punto de vista el salinismo, como proyecto de modernización de México, fracasó como lo ha hecho el “neoliberalismo”. Es la hora del populismo y muchos quieren que triunfe, pero esto no está definido: es una posibilidad con muy bajas probabilidades; logro de los zapatistas es hacer ver su cojera. ■

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