Regeneración y reconciliación

Regeneración y reconciliación

A todo proceso de cambio político le es inherente uno de confrontación. Intereses, visiones y percepciones, chocan en un ambiente en el que prevalece la búsqueda del poder y su legitimación, siendo el caso de las democracias, a través del convencimiento y el argumento. Nuestro país vive hoy un proceso similar: un proyecto que se dibujó y prometió distinto, se enfrenta con un proyecto castigado electoralmente y aún en retirada. Sin embargo nuestra aún naciente democracia ha confundido la tolerancia con la complacencia en un grado peligroso: el cinismo de algunos, ha tenido como respuesta de algunos acólitos del (que se pretende) nuevo régimen al fanatismo. Todo ello nos ha llevado a chocar como nunca antes en nuestra vida democrática, considerando además nuevas vías de debate y comunicación, que permiten a toda persona (o simulación de) expresarse, algunos con rostro, otros a través de siluetas, imágenes impersonales o un huevo: las redes sociales.
De ambos lados se ha permitido e incentivado en no pocos casos esta actitud que no solo no nos permite deliberar o dialogar: ya ni siquiera comunicarnos. Quebramos el lenguaje democrático y lo sustituimos por el de hordas de seguidores acríticos incapaces de entender la postura del otro, lo que consecuentemente ha provocado una falta de entendimiento y/o acuerdo mínimo. En esa arena se ha esfumado la decencia. Baste un lamentable ejemplo: la muerte, ese fenómeno aún incomprensible, de natural temor, que nos iguala, humaniza y ante el cuál la postura más prudente que tenemos es la de la empatía, sensibilizándonos al punto de reencontrarnos en el género humano, no fue suficiente para que los bandos de estas jaurías aceptaran una tregua. Ante el fatídico accidente en el que fallecieron la Gobernadora de Puebla y el Coordinador de los Senadores del Partido Acción Nacional, del lado de los más radicales pseudo seguidores de los fallecidos, iniciaron de inmediato la búsqueda de culpas, suspicacias miserables y reclamos incesantes al Presidente y sus copartidarios. Sin embargo, del lado de éstos, tampoco hubo una mejor respuesta: las redes sociales se atiborraron de reclamos pasados, viejas rencillas pendientes y hasta congratulaciones por tan lamentable suceso. Ya ni qué decir de que estuviéramos en vísperas de navidad.

Este polarizado ambiente no tuvo cambio alguno en las siguientes horas y días. El Presidente decidió declinar a su rol de Jefe del Estado y no solo no asistió a los funerales oficiales de los políticos poblanos, se disculpó atizando aún más el fuego, al llamar neofascistas al bando contrario al suyo en redes (o quizá a ambos, pues no hay forma objetiva de diferenciar), sustituyendo después este adjetivo por el de canallas. Enfrente las acusaciones sin sustento siguieron y la indignación por los adjetivos descalificadores, hizo a las redes sociales inhabitables durante la navidad. Es claro que López Obrador ha decidido ser líder de un proyecto político en el poder, dirigente, pero no un Jefe de Estado, pues definió solo asumir una de las dos posiciones (la más cómoda) de las que nuestro sistema político designa para el Presidente de la República. Está en su derecho, aunque seguro traerá consecuencias lamentables para el futuro político del país. Sirva decir que este es uno de los más claros ejemplos de lo caduco que es nuestro sistema presidencialista.

No es esta la dinámica social y política que nos permitirá transformar al país y al régimen, pues no son tiempos de revolución sino de evolución. La democracia como sistema político ha avanzado lo suficiente para permitir que los conflictos, aun los que son de raíz, se diriman a través de mecanismos institucionales que permitan un mínimo de seguridad jurídica para todos, mismos que en su ausencia no solo llevarían al colapso del sistema democrático, sino de nuestra civilización misma. No es una responsabilidad exclusiva de López Obrador, mas sí representa un reto de liderazgo trascendente para él. Sí de verdad quiere estar a la altura de Juárez, Madero, y Cárdenas, la reconciliación como proceso de reconstrucción de la nación es inevitable y necesario.

Cierro con una muy breve cita del recientemente fallecido escritor israelí Amos Oz, en una entrevista de mayo de 2018 a El País: “Lo más peligroso del siglo XXI es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico… incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora ¿Cómo se cura? Hay que tener curiosidad. Ponerse en el piel del otro. Aunque sea un enemigo. La receta es la imaginación, sentido del humor, empatía”. ■

@CarlosETorres_

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