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En defensa de la Corte (primera parte)

En defensa de la Corte (primera parte)

Antes de comenzar: no coincido con el exceso, los privilegios y el dispendio en el servicio público, no solo le son contrarios, le restan legitimidad en un país con las desigualdades de las que México padece e insensibiliza a los servidores públicos de una realidad dolorosa y apremiante que viven y sufren los mexicanos.

Hace algunas semanas, mi paisano Ricardo Monreal, compartió a partir de sus redes sociales, que leía el libro Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. El libro comienza con un interesante comparativo entre Nogales Sonora y Nogales Arizona. Describe las claras diferencias entre los derechos y garantías que gozan los ciudadanos de uno y de otro, y cierra con una interesante pregunta cuyo núcleo continuará el resto del texto: ¿Por qué las instituciones de Estados Unidos conducen mucho más al éxito económico que las de México o de hecho que las del resto de América Latina?

Este texto no busca en momento alguno confundir a las instituciones con las personas que operan su funcionamiento y mucho menos con los errores, aciertos u objetivos y visiones que tengan sobre las propias organizaciones que dirigen o en las que se desempeñan. Tiene más bien la intención de hacer un alegato por la división de poderes en nuestra naciente y frágil democracia constitucional, y sobre todo, a destacar la importancia que tiene la voluntad política y el compromiso, para construir el andamiaje jurídico-institucional que permita que los derechos ganados y los anhelados, no se vayan con un sexenio o con un hombre (o mujer, claro).

El reciente debate respecto a la mal formulada y pésimamente diseñada Ley Federal de Remuneraciones (los legisladores oficialistas rescataron un borrador de hace casi diez años), es perverso. Lo es porque busca confundir a la ciudadanía de buena fe, harta del abuso y el dispendio, de que dicha norma cambiará tal circunstancia y de qué oponerse a ella, es estar a favor de salarios indignantes e indecentes respecto a la situación de pobreza de un número mayoritario de mexicanos. No es así. En primer lugar no lo es porque la Ley no solo tiene un muy mal diseño y era preferible redactar otra, sino porque su propia lógica antepone la voluntad de un hombre, a la de todo el Estado y retorna a la idea caudillista de que es el Presidente quién debe ganar más, obviando la vocación política y de poder, que influencia muchas de las decisiones de la persona que ocupe dicho cargo. Tampoco se trata de defender los salarios que superan el medio millón de pesos, sino de entender la importancia que tiene la división de poderes y la independencia entre los mismos, pero aún más preocupante es, la del único poder no popular (es decir, no político, en términos electorales), el Poder Judicial.

Recientemente en México, el Juez de la Suprema Corte de los Estados Unidos, Stephen Breyer, presentó su libro Cómo hacer funcionar nuestra democracia. El punto de vista de un juez, en el que aborda la historia de las decisiones del Suprema Corte de la que forma parte, desde el famoso caso Marbury vs Madison, hasta Bush vs Gore. También se puede apreciar como el Poder Judicial se ha convertido en un fiel de la balanza de la vida democrática del vecino norte y cómo han tenido que transcurrir dos siglos para que esto suceda. El inicio no fue sencillo.

Nuestra Suprema Corte ha venido fortaleciéndose de legitimidad desde hace muy recientemente. Anteriormente, se entendió siempre como un apéndice más del Poder Ejecutivo. Con casos controversiales como el de Florence Cassez o de justicia social como el que hace apenas una semana decidió que las trabajadoras domésticas tienen derecho a seguridad social, ha venido ganando terreno en nuestra agenda pública. Por ello mismo, es tan peligroso lo que pareciera ser el inicio de un ataque a un Poder que de por sí, no descansa sobre la base popular de los otros dos, pero por ello mismo, puede constituirse en el único contrapeso que permita a las minorías sobrevivir ante la irracionalidad de las mayorías, o a los derechos permanecer en épocas de confusión y tiranía.

@CarlosETorres_

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