¿El cambio de rumbo?

¿El cambio de rumbo?

Pareciera ser que dos ideas se han propagado e impregnado fuertemente en la mente de la población, respecto a la forma en la que se debe de administrar un gobierno. La primera, es la idea de la austeridad, que se contrasta con los gastos desmedidos de décadas pasadas. Pero nunca se explican sus verdaderas raíces. Confundiendo así, a propios y extraños, que la administración de un gobierno debiera ser como la de una casa. La deuda es mala y peligrosa bajo este esquema. En parte, es la sencillez de hacer dicho símil lo que ha facilitado la penetración y perpetuación de la idea de austeridad en la sociedad. La otra, es la pasión que muchos sienten por tener un banco central con un único y sagrado objetivo: el control de la inflación. Muchos dicen temer repetir episodios del pasado. Aclaman que la inflación, como nunca, ha tenido un sólo dígito. Pero ignoran los efectos perversos de tales políticas. Estos dos argumentos parecen ser la panacea para regir una aclamada y esperada cuarta transformación.

Pues existe, creo yo, un punto de confluencia entre estas ideas y las concepciones de la cabeza y los economistas del gobierno que se avecina. Éste radica en una creencia general y fuertemente defendida. Una suerte de proposición sagrada de tipo fáctico: la austeridad. Por una parte, se entiende a ésta como un medio para terminar con el abuso de poder, las disparidades entre el ingreso de la burocracia y los bajos salarios de un pueblo que clama justicia. Por la otra, se entiende como una condición sin la cual no se puede avanzar en el desarrollo de un país. La deuda es vista como una carga para futuras generaciones. Como un problema que provee de incertidumbre a los mercados. Así, la austeridad parece haber llegado para quedarse.

A dicha idea se le suma la creencia de la “bondad” de un Banco Central con un mandato único, que en la academia es ampliamente criticada ¿por qué no dual? (a) Porque se piensa que hay una causalidad lineal a los objetivos. En su cosmovisión argumentan que al menos debe haber un instrumento por objetivo, y (b) porque se asume que es el escenario de bajas tasas de inflación crea y genera un clima propicio para crecer. Crecimiento que, dicho sea de paso, ha sido magro e insuficiente. Argumentan los ‘técnicos’ que no por no tener el objetivo explícito, éste no se busca. Uno se pregunta: si éste existe ¿por qué no se ha logrado?

Pero existe además un miedo fundamental a lo que piensen y al cómo reaccionen los mercados financieros, que se interrelaciona con las dos ideas anteriores. Al parecer, será un eje rector para el próximo gobierno. El miedo a los mercados financieros se ha tornado excesivo. A grado tal que parece que se busca gobernar para ellos. El caso de México es particular. Su fuerte integración a las estructuras globales, su directa y fuerte dependencia hacia los Estados Unidos, parecen forjar un imaginario en el cual el cambio de rumbo no es posible y, por lo tanto, se insiste en una re-ingeniería del modelo neoliberal.

Así pues, el plan de austeridad propuesto por el próximo gobierno que busca la desaparición de una parte considerable de la estructura del gobierno suena más a un sueño neoliberal que a un gobierno progresista, que entiende el papel del Estado en la actividad económica. Es difícil concebir que los efectos de corto plazo que tendrán la reducción de sueldos y salarios y el adelgazamiento de la estructura burocrática, se logren compensar con la re-dirección del gasto público a infraestructura y apoyos sociales ¡No estamos en un mundo donde los ajustes son automáticos! Ni mucho menos en un auge económico que permita migrar a dicha fuerza laboral hacia otros mercados. Se ha acostumbrado tanto a la población sobre los beneficios de una austeridad contractiva que se recibe con buenos ojos el adelgazamiento de la estructura de gobierno.

Lo que muchos esperamos ver son cambios importantes en estrategia económica y social que representen un rompimiento significativo con el modelo neoliberal. Un rompimiento con el pasado caracterizado por gobiernos no democráticos que han favorecido a grandes élites, que han favorecido a lo financiero. Muchos esperamos ver un cambio de rumbo. Un México encausado a tomar una vía distinta, a seguir la tendencia de algunos países Latinoamericanos que han optado por la implementación de políticas justas y equitativas. Un México que sirva como ejemplo al mundo al demostrar que las cosas pueden ser distintas.

Para ello, dos factores deben ser tomados en cuenta: el espacio de política y la legitimidad del gobierno entrante para hacerlo. Por una parte, es importante reconocer las restricciones que impone el capitalismo global. Pero no por ello se debe de dejar de insistir en políticas progresistas que permitan tomar una dirección distinta a la que se ha insistido por más de dos décadas. El espacio de política es sin duda reducido, pero la flexibilización de la política fiscal y monetaria es estrictamente necesaria. Por ejemplo, por qué no pensar en una regla fiscal de acuerdo al ciclo económico y un mandato en el Banco Central que ponga el empleo en el centro. A muchos les suena como algo inimaginable. Más bien serían políticas que representen un rompimiento de facto con dos principales pilares del modelo neoliberal.

Por otra, existe una significativa legitimidad para impulsar cambios que flexibilicen la política fiscal y monetaria. El alcanzar tales objetivos no es fácil, pero tampoco una tarea imposible. La mayoría en ambas cámaras facilitaría estas modificaciones, que atraviesan por modificaciones de leyes que rigen la consolidación fiscal y el mandato único del Banco Central. El gobierno entrante goza del apoyo para lograrlo.

Se debe de luchar contra estas proposiciones sagradas fuertemente defendidas y arraigadas del modelo neoliberal. Se dice que modificaciones de dicho corte son antidemocráticas y representen una vuelta al pasado. Volver al pasado es insistir en las mismas políticas que nos han llevado a acentuar las disparidades en el ingreso de distintos sectores de la población y al contexto actual. De lo contrario, estaríamos presenciando una victoria más del modelo neoliberal en un gobierno de izquierda. En palabras del periodista chileno Cristián Bofill: “lo que es lo más victorioso [de las reformas de corte neoliberal], [es] que tus propios adversarios asuman el modelo, como lo hizo con la llegada de la democracia la Concertación de centroizquierda [en Chile]”. Una revolución de conciencias en el ámbito de política económica es urgentemente necesaria para lograr la así añorada cuarta transformación. ■

* El autor es Investigador de Posgrado en la Escuela de Negocios de la Universidad de Leeds en Reino Unido.

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