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Pequeños placeres

Pequeños placeres

La Gualdra 363 / Río de palabras

 

La vida, esta pequeña y efímera chispa que arde en uno y que nos permite contemplar el universo por un instante, tiene muchas interpretaciones, donde muchos coinciden que venimos a parar en un valle de lágrimas donde todo es sufrimiento y dolor. La historia misma ha registrado una infinidad de casos que se empeñan en demostrar a la pobre criatura humana su fragilidad ante el mundo: el esclavismo, la guerra, el exterminio racial, el hambre, la explotación capitalista, los vicios, las religiones, el racismo y, últimamente, el anonadamiento masivo mediante el internet. El amor, la única forma de disfrutar este paso por el mundo, ha sido expresamente atacado, desde la crucifixión de Jesús y su posterior lapidación ideológica por el solo hecho de querer que nos amáramos los unos a los otros, hasta los asesinatos de Gandhi, Luther King y el mismo John Lennon, así como muchos mártires que oponían la explotación de los ambiciosos ante el amor al prójimo.

Por ello, de esta vida sólo nos quedan los pequeños placeres que nos podemos dar mientras respiramos sobre el mundo, como el ser cobijado por la abuela o los padres antes de dormir mientras nos cuentan una historia que estimula la imaginación; el recibir el “bolo” luego de pedir posada en la casa de los vecinos; el tener una mascota que juegue incansablemente con nosotros y nos reciba siempre alegre; o sentirse libre cuando pasamos interminables horas con los chicos de la colonia. Y aunque existan sombras en nuestra niñez que nos amenazan o hieren, esos placeres nos construyen y dejan, luego, nostalgias que nos arrancan suspiros por el tiempo pasado.

Más tarde se encuentra uno con que el tacto de una persona que nos atrae es lo mejor que nos puede pasar en la vida, cuando sus manos recorren nuestros brazos acariciando nuestra piel con una sensación de calidez y placer extremo: nuestra iniciación al mundo del placer carnal de una manera sutil y deliciosa que

nos hará correr hacia los misterios del erotismo fuertemente custodiado por los adultos, que en todo momento están pendientes de alejarnos del pecado.

Luego está esa sensación primitiva y tribal, quizá heredada por nuestros antepasados, quizá inherente en nosotros, que mediante una serie de ritmos marcados por el tiempo y el espacio, expresan un conjunto de sonidos que hablan a nuestro interior, haciéndonos mover el cuerpo involuntariamente, conduciendo nuestro estado de ánimo hacia la euforia o el mismo dolor, este último disfrazado de dulzura o goce mediante la sucesión de nota musicales acompañadas por un canto lastimero: ¡ésa no!, exclamamos cuando la canción nos llega al alma.

El cine, la música, la literatura, el teatro, la danza, la escultura y, en general todo el arte, son expresiones sublimes de la humanidad que reflejan lo que somos, pues por más que se empeñen en separar la masa que nos define, como la marabunta de las hormigas, mediante la instauración de un individualismo atroz, en realidad estamos conectados mediante la energía que nos rodea, el aire que respiramos y la misma naturaleza que nos empeñamos en destruir. Ese reflejo de nuestras pasiones nos identifica, nos marca y nos muestra que en esta momentánea vida, las pequeñas cosas y nuestra estima por el otro, es lo que realmente cuenta.

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