El Desfile de la Revolución [segunda parte]

El Desfile de la Revolución  [segunda parte]
Detalle del mural "El hombre controlador del universo", de Diego Rivera (1886-1957).

La Gualdra 363 / Opinión

Que no quepa duda, en el día de la revolución mexicana, el consentimiento –o no– de los docentes para participar en el Desfile no es importante, o le entras o de lo contrario solamente se te puede quizá exceptuar por ser Testigo de Jehová o, si se quiere mejor –y para ser más justos–, por obrar de acuerdo a alguna confesión que argumente su posición oponiéndose a las idolatrías de tipo nacionalista. Lo que es preciso decir, cómo es que uno debe de ser y de marchar, de hablar y de obrar, ya “antes”, “en” o “después” de la Promesa de los lunes o el Desfile de la revolución, asegura al día venidero su verdad. Se trata de seguir marchando con “paso seguro”, eliminando la vergüenza y la conciencia crítica indeseada, siempre quejosa y nada propositiva. Se trata –como muchos lo comentan– de proponer y no de criticar, de proponer sobre lo ya propuesto –y sin el propio consentimiento–. Esto es, de alienarse a los resultados de la revolución pero sin revolucionar nada, de aceptar, pues, aunque uno no lo crea, que uno es hijo de ella y que hay que festejarla. Se trata como dijo otro de sus hijos por ahí, de ver cómo sí y no cómo no. Para aquéllos que digan esto último está el garrote, para aquéllos que digan lo primero está la zanahoria y quizá la garantía de verduras. Para todos, el asentimiento ante una historia a la fuerza y “sin fisura”, sin más interlocutor que una masa que asiente ausente e indiferente, cautiva o curiosa y, por parte de sus obligados-promotores-profesores, de acuerdo sobre todo al deseo de no tener problemas y asegurar el pago quincenal.

En efecto, el acuerdo o desacuerdo sobre lo que la revolución mexicana pueda –o no– significar para el docente, no es relevante, y mucho menos relevante es su resistencia ante el festejo. Los docentes deben obrar siguiendo el deber de la “memoria oficial”, de esa memoria que como “verdad histórica” se impone a la duración del tiempo singular en que vivimos y pensamos. Los docentes de la clase

que sean (basificados o medianamente asegurados, pero, sobre todo, “no idóneos”, “no registrados” o “desplazados”) deben controlarse y someter sus revoluciones internas (de la misma manera en que deben controlar los pasos y las quejas), y han de hacerlo, como para no variar, precisamente “el día de la revolución”. Lo fundamental e ineludible es educar marchando, siendo excelente no sólo en los festejos sino en el hacer cotidiano, siendo solícitos y devotos no sólo con los acuerdos no acordados, sino con todo aquello que pueda percibirse como algo lejano y poco cercano. Los profesores y lo estudiantes sólo pueden ser “alzados” disfrazados, e importa que –así como en los días precedentes– en los días consecutivos se mantengan simulando.

En el México posrevolucionario y que festeja a los revolucionarios, los “revoltosos” no tienen cabida. Y, dado que la procesión cívica, simbólica desde los días del partido que la fundó, ejemplifica “la voluntad pacífica y conciliadora de todas las mexicanas y mexicanos”, contra esto nadie ha de atentar. El desfile presupone la resolución de los contrarios. Y una vez más, cual metáfora que a todos nos alcanza, en su día –como todos los días– la División del Norte y el Ejercito Libertador del Sur son integrados en las filas del Ejército Constitucionalista, y ello, a pesar de la resistencia de villistas y zapatistas. ¡Qué importa! Aunque no sea cierto, lo importante es hacer de cuenta que la revolución fue una, que las diferencias y distancias se vencieron, y que de acuerdo con ello hay que educar marchando siendo excelentes en los festejos, pues nadie puede dudar de que el orden de los contingentes y de su firmeza de cara a la bandera y la historia de México, es la consecuencia directa de un manantial inagotable de dichas presentes y futuras. La mitología liberal y priista no da lugar para el engaño, la revolución cimentó el camino al constitucionalismo y la democracia y, como estamos ante una verdadera e indudable democracia, lo preciso es seguir el camino de las calles entreabiertas por ésta: calles sin salidas patentes, capaces de milagros en el curso; ojos que esperan el desfile sin estar del todo seguro de que algo bueno se festeje; aplausos –sonoros o en suspenso– que esperan a los hijos “bien portados” mientras los muertos y los desaparecidos no están.

Los muchachos –y no tan muchachos– de prepa pronto reflejan incomodidad, no se notan demasiados deseosos de participar, esa rebeldía suya y que es

connatural a su edad no quiere del todo desfilar: la vergüenza por los pasos militares o por las directrices que manden los directores que “no pueden ni deben” resistirse al festejo, y que han de pedirle a sus subalternos disponerse a colaborar, siendo ejemplos en carne y hueso y no rebeldes indispuestos; impone vigorosos los deseos de la masa en su versión nacionalista, de esa masa nacionalista que, como sin hacerlo, sirve de modelo y de ejemplo del modo en que cada uno ha de ser en este “nuestro México”.

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