El Desfile de la Revolución ‘[primera parte]’

El Desfile de la Revolución  ‘[primera parte]’
Foto: 'La Jornada Zacatecas'.

La Gualdra 362 / Río de palabras

 

La conmemoración de la Revolución Mexicana llegó. La comunidad escolar de Santa Lucía de la Sierra, en el municipio de Valparaíso, Zacatecas, se prepara a festejar –como innumerables pueblos y localidades de México– la revolución y los “incontables beneficios” que ésta trajo. Sin saber bien cómo o de qué manera, niñas y niños, adolescentes y adultos, docentes y directivos se disponen a una festividad que al igual que la promesa de los lunes refleja la vida de México.i Qué importa lo que se lea o lo que se piense, lo que algunas voces fustiguen poniendo en entredicho los logros de la revolución, lo cierto es que, en mayor o menor medida, más en unos lados que en otros, por doquier se prepararon los devotos y no tan devotos a esta procesión cívica mejor conocida como desfile. Kínder, primaria, secundaria y prepa, con directivos y maestros a la cabeza, preparan los contingentes y los ejercicio necesarios para relucir con pasos seguros de cara a las comunidades dispuestas al festejo. Las trompetas desafinadas y los tambores que desde larga data invitan al orden militar, configurándose en instrumentos mentores para soldados y alumnos, en seres inanimados animados por el bien de aquéllos que los tocan o de todos, se escuchan de cerca y a la distancia en búsqueda de encontrar el ritmo y el vigor inapelable, la sonora destreza incitadora de emoción patria.

El paso corto y el paso redoblado educa indudable a los muchachos, de la misma manera en que lo hacen los números naturales: uno dos, uno dos, uno dos. Y claro está, el consejo militar: ¡Firmes, ya! Y parece entonces que es verdad, que la firmeza se puede alcanzar, como lo constata el desfile que corona el prodigio de los firmes resultados revolucionarios: país ajeno a los privilegios y a los intereses de grupo, en el que la lucha por los ideales de la libertad, la igualdad y la justicia triunfaron; país atento a las demandas de los menos favorecidos, en el que las desigualdades desaparecieron y en el que porfiristas y hacendados no tuvieron

sustitutos; país en el que los “alzados” se integraron “satisfechos” a las filas del constitucionalismo, en el que las heridas sanaron y no hubo motivo para alimentar resentimiento alguno; en fin, país a la imagen de una realidad irrealizada, pero en el que es preciso comportarse como haciendo de cuenta que la Revolución Mexicana para todo alcanza y que no ha acaecido nada capaz de cuestionarla.

La gesta revolucionaria nos alcanza (a los docentes, a los presentes en el desfile y también a un sinnúmero de indiferentes), y en su día es preciso disponerse a festejarla, a servir a la gesta o a no decir nada. Los cuerpos de los pequeños –y no tan pequeños–, los ejercicios deportivos “rítmicos”, “elásticos” o “piramidales”, la posición “erguida” y la marcha “segura”, etcétera, reflejan indudable que todos deben ser “buen ejemplo”. Los docentes deben conminar a marchar, deben conminar a hacerlo alegre o firmemente y, por supuesto, siendo ellos mismos extensiones corporales de las órdenes impuestas por la gracia de los héroes nacionales. Los que miran habrán de reproducir “la verdad”, la inagotable actualidad de un suceso capital: encarnado y avivado por cuerpos y pasos “entregados”; legitimado lo mismo por los educandos que por los no tan educados. Los indiferentes a la marcha patria, participantes directos o no involucrados, aceptan al festejo sin hacerlo, satisfechos o insatisfechos, burlándose o gozando en silencio.

Fiel reflejo de los ojos que ven e indiferentes vuelven sobre sí, el Desfile de la Revolución Mexicana importa a los participantes tanto como un “evento ajeno” pero que empuja a seguir con el festejo. Lo importante es poner manos a la obra, ponerse de acuerdo en el recorrido y en lo que durante éste se pueda mostrar, sin que en lo absoluto sea relevante lo que la procesión cívica signifique para aquéllos que la deben realizar. Alegoría del modo en que el país funciona, el Desfile de la Revolución Mexicana se anticipa y se promueve, se organiza y se realiza sin que en lo absoluto importe, que a casi nadie le interese. En el día de la festividad de la insurrección, en el día de uno de los días del cambio de rumbo de la nación, es fundamental no ser insurrecto y prestarse a ser “buen servidor”.

Sin poder renunciar a la procesión cívica a riesgo de sumar algún reporte o llamada de atención, o a riesgo de incomodar o molestar a algún compañero acólito aristotélico o kantiano mexicano del siglo XXI, los profesores debemos desfilar. Delegada la responsabilidad en los docentes creyentes o incrédulos del “deber” que

“se debe” o “no se debe”, el Desfile de la Revolución Mexicana se sostiene a pesar de la escasa significancia que tiene para quienes en él participan.

Y es que, en efecto, en el día de la Revolución Mexicana, a pesar de las representaciones de villistas o zapatistas, lo vital no es tanto ser “alzado” sino ante todo “buen soldado”: saber sumarse y comportarse de acuerdo a una cadena de exigencias; no ir en contra sino siempre siguiendo la corriente. Así los docentes que exigen son exigidos, y no sólo por la estructura para la que trabajan, sino también por las comunidades acostumbradas a que todas las escuelas de éstas participen. En el orden de la educación “pública” de México, es inadmisible suponer que puedan agotarse las cadenas de exigencias. La Revolución Mexicana y sus héroes exaltados –y no está de más decirlo también sincronizados– por la “historia oficial”, son la prueba exultante y dramática del camino por el que se ha cimentado la “seguridad” y la “paz”. Y si nada de esto importa, y si nada de esto basta, hay que hacerlo por respeto a la comunidad o a lo que quiera el docente guardián de las formas correctas –o no– del obrar.

Quitándose del filo del pensamiento que cuestiona, el Desfile de la Revolución Mexicana se desquita de todo filo que lo empuje al desfiladero: no se quita de las “filas” de argumentos que lo escudan, así compromete y arremete; volviendo a sus filas las miradas, a las pirámides de cuerpos las risas; tan solo para recrearse incesante como evento que rompe el tiempo singular en que pensamos.

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