Museo, de Alonso Ruizpalacios

Museo, de Alonso Ruizpalacios

La Gualdra 361 / Cine

 

 

En los primeros instantes de Museo (2018), el segundo largometraje del mexicano Alonso Ruizpalacios, en un epígrafe a manera de introducción el realizador señala: “Esto es una réplica del original”. En esencia, el argumento principal de la cinta está basado en un robo real acontecido en diciembre de 1985 cuando un par de jóvenes sustrajeron 140 piezas del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, y sin embargo la cinta no busca ser una recreación exacta de dicho suceso. Fiel a su estilo personal, Ruizpalacios utiliza el llamado “robo del siglo” como una oportunidad para desarrollar sus particulares obsesiones dentro de una narrativa de ficción: la pérdida de rumbo y el desencanto en la adolescencia, el culto y fascinación por la Ciudad de México, la muerte de mitos nacionales y la falta de sentido a actos de aparente importancia.

Corre el año de 1985 cuando conocemos a Juan (Gael García), un joven de clase media que vive en Ciudad Satélite con su familia. El padre de Juan es un exitoso médico, cuando él por otra parte aún no logra titularse de su carrera como veterinario. Dentro de su propia casa, Juan se ve a sí mismo como un extraño: los logros de su padre, la aparente perfección y calidez de su familia y el ser llamado de manera constante un “bueno para nada” le generan una enorme frustración. Tiempo después de conseguir un trabajo temporal en el Museo de Antropología, decide llevar el atraco a cabo con la ayuda de su mejor amigo, el también sateluco Wilson (Leonardo Ortizgris).

Lo que en el planteamiento inicial se presenta como una crónica del asalto se transforma en un interesante estudio de dos personajes que van por la vida girando en círculos sin tener un rumbo definido ni un destino claro, seres “sin pasado y sin futuro”. Dentro de todo el conflicto, la justificación de Juan para llevar el robo a cabo es meramente nacionalista, pero el mismo acto es una gran contradicción,

ya que su motivante es un deseo enorme de reconocimiento y la necesidad de que algo pase en su vida.

Al igual que en su ópera prima, Güeros (2014), Ruizpalacios dota a su segundo largometraje de un dinamismo enorme al confeccionar secuencias repletas de primerísimos planos, un diseño sonoro impecable, un ritmo intenso, así como un score que busca reelaborar la pieza musical “La noche de los mayas” de Silvestre Revueltas. Todos estos elementos logran generar tensión y un sentimiento de persecución de manera orgánica, efectiva y potente.

Fiel a su naturaleza de réplica, que es también en esencia donde el filme se vuelve -paradójicamente- más auténtico, el relato adquiere un tono de road movie juvenil que evoca a Y tu mamá también (2001), de Alfonso Cuarón, en el que el propio García Bernal ejecuta un viaje de descubrimiento, en compañía de su mejor amigo, a través de México. Desde la jungla mexicana hasta la famosísima Quebrada para finalmente volver a la Ciudad en el desenlace de la cinta, ambos personajes llevan a cabo una travesía sin final repleta de preguntas sin respuesta. Y es que, al igual que los circuitos de Satélite, el viaje de estos dos ladronzuelos no es más que uno que vuelve al mismo punto de partida: la frustración por sus propias vidas.

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