‘La Danza de los Matlachines’ [una documentación visual de la diversidad regional, de Federico Martínez]

‘La Danza de los Matlachines’  [una documentación visual de la diversidad regional, de Federico Martínez]
Federico Martiìnez.' Danza La Guadalupana'. El Salitre Tepetongo Zacatecas 2017

La Gualdra 360 / Tradiciones / Artes visuales

 

“La Danza de los Matlachines, una documentación visual de la diversidad regional”, de Federico Martínez Rodríguez, es una reunión fotográfica que muestra la identidad del estado de Zacatecas en una de sus expresiones más representativas y populares dentro de la cultura mexicana: la danza folclórica o tradicional.

En el amplio abanico de las danzas típicas, religiosas e indígenas, la de los Matlachines es sin duda un ejemplo más del mestizaje cultural mexicano, en el que la tradición prehispánica y la influencia española han convivido a través de sus fiestas cívicas, religiosas, militares, de diversa índole a través del tiempo en varios de los municipios, comunidades y rancherías de los estados de la república en que se tiene registro de su práctica.

No hay un origen claro sobre esta danza en Zacatecas, algunos especialistas han señalado que es una tradición de los grupos tlaxcaltecas cristianizados que se fusionó con la cultura chichimeca. La palabra Matlachín se cree que proviene del vocablo náhuatl “malacotzin”, que significa dar vueltas como malacate, por lo que a los danzantes indígenas se les empezó a llamar malacotzines y después matlachines. Hay otras versiones que indican que hubo una fusión más compleja, toda vez que hay rasgos guachichiles en esta danza, notablemente guerrera, dinámica y enérgica, que sin perder su rasgo ritual hace uso de elementos como el arco y la flecha.

Es en este tenor que el trabajo fotográfico documentado por Federico Martínez ofrece un recorrido lleno de color y magia, que evoca esa parte mística de los pueblos zacatecanos, su devoción, su preocupación por conservar, transmitir y hacer de sus fiestas patronales una experiencia de fe y fortaleza para los habitantes,

que de manera puntual se dan cita para apreciar las tradicionales danzas de los matlachines que los llenan de orgullo, fortalecen su identidad, así como también el incondicional amor al terruño ante las buenas y las malas situaciones de la vida comunitaria.

La danza de los Matlachines en Zacatecas, como práctica cultural, tiene rasgos muy particulares según la región en donde se realiza, así como su advocación religiosa. Por ello, cada fotografía del autor retrata lo anterior, de esa manera podemos observar que cada danza como la dedicada a San Juan Bautista, en el Teúl de González Ortega; la de La Guadalupana, en Trancoso y Tepetongo, son distintas a las de San Sebastián, en Nochistlán, y a la de los llamados Pardos en la Pastelera, Río Grande, por mencionar en cuanto a la vestimenta utilizada y los colores empleados. Aunque cabe señalar las grandes similitudes que han sido captadas de igual forma por la cámara del autor en cuanto al uso de los colores brillantes en su indumentaria, así como en los penachos de pluma colorida también y en sus camisas, lo que nos da una gran posibilidad de imaginar al observar en el conjunto total de las fotografías, los movimientos corporales, los ritmos infinitos de los tambores, el sonido de las sonajas y guajes, la incesante melodía del violín, todo acompañado por la siempre enigmática y picaresca figura del viejo de la danza.

Por otro lado, el autor ha sabido capturar en su contexto la humildad e inocencia de los habitantes de los sitios que visitó en cada una de sus fiestas patronales, rasgos sorprendentemente humanos, rostros sinceros que muestran la alegría de vivir en los niños, niñas y jóvenes danzantes de ambos sexos, así como los semblantes que denotan la madurez de los hombres mayores ante la adversidad de los tiempos. De igual manera, esta colección fotográfica ofrece la posibilidad de identificar las características de los grupos de danzantes matlachines, como lo son: el uso de monteras o penachos, las nagüillas o las faldas de franela, acondicionadas con abundante chaquira, lentejuelas, y canutillos, que son utilizados también para percutir con el movimiento del cuerpo; por otro lado el uso de ataderas, los huaraches típicos de tres agujeros, la sonaja de guaje conocida como ayacachitli, las máscaras dependiendo la región, además del arco y la flecha como otro elemento de percusión sonora.

 

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