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Cultura y ambiente

Cultura y ambiente

La reciente semana terminó y con ella el culto que la población le guarda a los muertos.  Siguen nuestras fiestas populares que son mantenidas por la tradición y que al mismo tiempo son afectadas por la imaginación de las nuevas generaciones. Tomemos como ejemplo la celebración recién concluida, los días dedicados a los Santos Inocentes y a los Fieles Difuntos (y de colados a las brujas y demonios asociados con la costumbre norteamericana del Halloween). Muchas de nuestras tradiciones se han venido fortaleciendo como la recuperación de las costumbres asociadas con la elaboración de altares, las alfombras multicolores en las calles de las ciudades, los desfiles de catrinas, catrines y ahora ¡zombis y de perritos!, en fin, que por ingenio no se detiene la gente.

Es muy agradable sobre todo ver la multiplicación del ingenio de todos aquellos vivos que hacen mitote para recordar a los muertos, llevando a cabo un muy nutrido festival mortuorio. Tanto locales como turistas se dieron a la tarea de echar a andar la imaginación para enmascararse, pintarse, adornarse con abalorios de cualquier tipo y partiendo de niños hasta adultos de edad madura, creo que los únicos que no participaron de forma evidente fueron los adultos mayores; quizá porque a esta edad ya se siente que la Virgen habla o porque las probabilidades de llegar al Mictlán son mayores que la del resto de la población.

Las fotos, los videos, las poses de todo mundo en cualquier espacio desde el escolar y callejero hasta los mismísimos panteones y las fiestas familiares o de amigos, se vieron engalanadas ya no tanto por el gusto y la costumbre de recordar a los seres queridos que se adelantaron en el viaje a los universos panteoneros o aquellos que se dice que viven más allá del camposanto, es decir la ultratumba.

Como muchas tradiciones que buena parte de la población se empecina en mantener de acuerdo a los cánones de los ancestros, como muchas de las fechas que se celebran en el calendario cultural, el ambiente festivo, bullanguero, mitotero, argüendero, o como quiera llamársele asalta la euforia individual y colectiva y las calles, los antros, los centros educativos, los espacios institucionales y los lugares de convivencia en general, son desbordados por esas ganas de festejar cualquier fecha con fiestas desmedidas que por regla general son acompañadas de abundantes platillos pero sobre todo, mucho alcohol y bebidas de moderación que, en su consumo inmoderado provocan estados no solo de riesgo sino de peligro inminente por las calenturas y desvaríos que se provocan. La fiesta continúa y ya pronto la gente estará inmersa en las celebraciones de Guadalupe Natividad Reyes Candelaria y el Carnaval.

Diríamos que hasta ahí la cosa va relativamente bien, al cabo que todos los pueblos tienen derecho a pachangueársela mientras el dinero alcance y el cuerpo aguante y el nuestro no tiene comparación. Nadie lo iguala, ni siquiera los springbrakers. Ahora hasta las criaturas le entran al reventón.

Sin embargo, la cosa no queda en ese aspecto de inocencia. Las cremas, las pinturas, los tintes de pelo  y los colorantes de tela que se utilizan para transformar las siluetas, figuras, apariencias, adornos y fachadas, son por regla general altamente contaminantes. Casi todos los implementos utilizados a la larga vienen a contaminar principalmente el agua, sus embalses y a la larga, los mantos freáticos. Si se van a seguir enriqueciendo las costumbres del desfiguro y las fiestas de disfraces, habrá que buscar formas alternas que sean amigables con la naturaleza. Y si alguien comienza a adaptar y adoptar algunas regulaciones al respecto, las expectativas de vida futura se verán vigorizadas.

Pero la cosa no para ahí, en ese afán desmedido de entrarle al borlote, se siguen fortaleciendo costumbres insanas y nocivas que están marcadas por la mercadotecnia, en todo sobresale el negocio de todo tipo y en donde brilla con luz propia la venta de artículos chatarra que al dejar de cumplir su objetivo, se transforman en basura y la gente parece no entender que la basura no desaparece cuando los encargados de la limpieza pública cumplen su tarea. Sobre todo, que parece que cada vez se está más incontrolado en el consumo de este tipo de productos. Y no sólo eso, la vieja costumbre de entrarle a la fritanga callejera ahora se ha tornado muy peligrosa para la imagen pública y sobre todo, para la salud ambiental. No hay consumo callejero que no vaya acompañado de su respectivo envase desechable y su respectiva aportación al basurero público y a la agresión desmedida a la tierra y a los mantos freáticos.

¿Habrá alguna autoridad con un poco de sentido común y presencia de ánimo que marque una pauta educativa y legal que tienda a proteger el ambiente? Ojalá que la cuarta transformación incluya una agenda sólida que visualice una política de respeto al ambiente, si no, nuestra sociedad en particular y la humanidad en lo general, tendrán muy pronto la oportunidad para celebrar por toda la eternidad la visión de la muerte desde una perspectiva irreversible.

 

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