Cinco incorrectas maneras de despedirse

Cinco incorrectas maneras de despedirse

1.- Ni siquiera lo hagas. Lo de la despedida. Guarda silencio. En ocasiones los silencios es lo único que nos queda. Son piedritas en los zapatos con los que andan las palabras. Está bien: sirven para construir puentes de arquitectura imprecisa. También para que avancen las palomas disecadas que desfilan cuando se trata de una despedida. Pero no le digas adiós. Ahórrate las despedidas. Cada vez son más los que se despiden en el mundo y muchas de las despedidas son tristes. Como los puentes vacíos. Como los silencios que anidan en muchas palabras como piedritas en sus zapatos. Si dices adiós algo se va a romper. No te arriesgues. Cierra la puerta. Camina descalzo. Adiós.

2.- Dale un buen beso antes. De esos que dicen son de final de película. Humedece tus labios contra los de ella y juntos dedíquense a llenar un estanque donde habrán de nadar los peces de colores que nunca tuvieron. Labios contra labios durante un largo momento como dos bailarines vestidos de etiqueta que se enamoran justo a la mitad de la mejor de las piezas de la orquesta. Una orquesta de peces de colores, se entiende. Aprieta entonces sus manos. Que sepa que estás vivo y que acaso no volverás a reflejarte en su tierna y benevolente mirada. Que ella sepa que a partir de ese momento el mundo será un lugar extraño sin el sonido perfecto de su perfecta carcajada. La semana siguiente dedícate a quemar su memoria y su china cabellera. Y deja sin agua la pecera.

3.- Después de hacer el amor. Si es en silencio, mucho mejor. Un adiós que se dice sin palabras es como joder toda la noche y molestar a los vecinos con los crujidos de la cama. Besa cada rincón de su cuerpo con tan sólo una advertencia: será esa la última vez que lo beses. Sus negros y redondos pezones de luna llena; también sus redondas nalgas en forma de corazón: muerde ese corazón por última vez. Sus caderas de colinas verduzcas. Sus tobillos. Cuando te sumerjas en medio de sus piernas repite un adiós con el pensamiento. Mejor aún: que sea tu lengua la que se despida de ella. Uno de esos luminosos pensamientos de lengua suelta. Y despídete otra vez. Ella se encontrará un hombre mejor que tú y tú te vas a admirar de ese hombre. Repetirás que es un hombre extraordinario. Con buena suerte. Tú, en cambio, eres un hombre agradecido con cada uno de los detalles de la vida. Con los milagros. También con la lluvia. Lo sabe tu lengua. Y con toda la historia que les precede ella lo fue. Eso: un milagro. Ya puedes agradecer.

4.- De frente. Luego de beber una taza de café que ella prepare. Con todas las palabras posibles para que una despedida no duela. Y si duele que sea por un chingo de amor que se te quedó atorado entre las tripas del corazón. Inventa todos los pretextos. Ella se merece algo mejor. Tan grande ella que incapaz de estar con un hombre. Se entiende: hay mujeres a las que los hombres no hacen sino estorbarles porque son grandes, luminosas, jodidamente luminosas. Y tristes. Algunas de ellas. Como la última taza de café de los amantes. Y el vapor que se entreteje entre los dos ya no para unirlos sino para separarlos. Termina tu taza de café, toma tus cosas y lárgate. No puedes pedir más.

5.-Al amanecer. Salté de la cama, toma tu ropa y vístete en la oscuridad. Suspira. Ella ahí, aún dormida. Tan hermosa como la primera vez. Aquella en que apenas creían en el amor como algo poderosamente indestructible. Te lo dijo: lo malo del amor es cuando pasa. La luna de miel de los enamorados. Y no tenemos una bola de cristal. Aunque las vendieran, no compraríamos una. Que sepa que la extrañas un chingo.

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