El espectro del dolor

El espectro del dolor
Diego Rivera. 'Día de Muertos.' 1924.

La Gualdra 359 / Día de Muertos

Caminar con una cruz enorme en la espalda, con los pies desnudos, azotado a cada momento y con una corona de espinas en la cara: sin duda es uno de los peores tormentos que hay. Para salvar a la humanidad Jesús vino al mundo, donde seguramente pudo asombrarse con los amaneceres y maravillarse con la naturaleza. Debió haber conocido el amor y refrescarse en un manantial, pero su destino estaba escrito: había que sufrir una pasión dolorosísima para cumplir su cometido.

En la vida de todo hombre existen dolores que cruzan el alma, que desgarran el corazón y que se entrañan en las sombras para buscar venganzas. En la dualidad del mundo existen el placer y el dolor, dos sentimientos que arrancan las experiencias más agudas y más finas, en ambos extremos de las líneas, como otras dualidades: frío-calor, luz-oscuridad.

Al placer lo asociamos con el regocijo de los sentidos: el olfato me permite oler la dulce densidad de una flor que coquetea con la noche; el tacto, acariciar el cuerpo de ella mientras mis ojos se deleitan en sus hermosas formas; con el gusto, el néctar de frutos y el abrazo de un jugoso filete, mientras una hermosa música influye en mis neuronas y pone color al día.

El dolor es el espasmo del equilibrio, la sal que se inserta en la herida y el cristal que interrumpe el torrente sanguíneo, amenazando la propia existencia y conduciendo el espíritu humano al lado de la sombra. No infiere en los sentidos, los desgarra, los tritura y los aplasta, en su lugar deja un oscura estela que hiere la carne y apaga el espíritu.

¿Por qué Jesús vino a sufrir en el mundo? ¿Será porque la vida humana rompe el equilibrio del universo, porque ese extraño ser tan parecido a Él ha venido al mundo a romper la armonía, a crear sus propios mundos, a jalar los nervios del universo, a irrumpir en la sinfonía de la infinitud con extraños ritmos?

El espíritu humano se aparta del eterno eco del big-bang, busca en extrañas constelaciones y pléyades su razón de existir, y a su paso violenta la eternidad, causa heridas profundas que lastiman las cuerdas divinas que dan sostén a la creación. La vida humana es como un pequeño niño que corre extasiado por el jardín de la abuela, destruyendo a su paso las flores que tanto cuidaba, pisoteando el verde pasto, trozando las ramas y los tallos de las hermosas plantas que alguna vez configuraron ese hermoso espacio.

La pequeña mota de polvo que representa nuestra existencia en el espacio y tiempo de la eternidad es como un microscópico virus que afecta un órgano mayor que palpita en millones de años recorridos, alterando su estabilidad, su naturaleza.

El dolor es entonces el pago por el aire que se respira, por los colores que nos envuelven y los aromas que nos encienden, por el placer en la piel cuando la mano y el aliento del otro se hacen sentir, por saber que somos finitos y también quienes amamos; la vida es la irrupción de una fuerza sobre otra, y esa fricción causa dolor. Un dolor que ya ha sido lavado, pero que persiste en presentarse y recordar nuestra finitud.

 

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_issuu-359

 

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