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Las exposiciones. Eventos ¿culturales?

Las exposiciones. Eventos ¿culturales?

La Gualdra 358 / Opinión

 

 

Bien se sabe que cuando las cosas van bien las actividades culturales son una tarjeta de presentación o una vitrina para las administraciones, pero cuando las cosa van mal son las primeras que se ven recortadas.

He asistido a presentaciones artísticas desde que tengo memoria, o antes. Luego pasé a las filas de la gestión cultural y por lo menos los últimos diez años he programado exposiciones. Independientemente de que la obra guste o no, siempre me ha parecido que hay una serie de muestras de respeto imprescindibles en ese tipo de actos, y el primero de ellos es que el nombre de quien expone sea pronunciado en el recinto.

Si bien una exposición –como su nombre lo indica- expone y pone al alcance del público objetos o procesos creativos, me parece que la inauguración es más un evento social que el encuentro sensible o la revelación estética, eso corresponde a otro momento, a una visita posterior, pero no niego que el vernisage tiene su encanto y que es, en el mejor de los casos, una reunión de amigos que acompañan al artista o le rinden homenaje. Admito que también es una ocasión para que los mecenas o patrocinadores –ya sea privados o públicos- se muestren. Incluso puedo entender que más de un funcionario vea una oportunidad para subirse al tren de la gloria aunque sea por los minutos que dure la ceremonia tan solo con el hecho de figurar en el presídium.

Pero esto o está llegando a otro nivel o yo me he vuelto menos tolerante.

Primero dejé de asistir a las inauguraciones de un espacio expositivo en particular, del que era parroquiana desde su fundación en Xalapa hace más de 30 años, porque comenzaron a preguntarme si iba en representación de mi superior directo. En algún momento hasta me dijeron que “sonaba mejor” si me mencionaban como representante de alguien más, a lo que respondí que dejaran de mencionarme, porque no iba a eso. De nada sirvió insistir en que iba por interés personal. Comencé por llegar deliberadamente después del corte de listón y acabé por mejor ir unos días más tarde a ver la exposición.

Luego empecé a percatarme de que, en ésa y otras galerías, cuando se trata de una exposición colectiva, para ahorrarse la molestia de mencionar a todos los participantes, se conforman con usar anónimos plurales como “los expositores”, “el grupo”, “el colectivo”, mientras que se cita diligentemente a los funcionarios presentes y ausentes, teniendo cuidado de mencionar a sus representantes.

Para más, ahora también los medios de comunicación ahorran espacio omitiendo a los artistas “desconocidos”. Recientemente un órgano universitario reseñaba la apertura de una muestra fotográfica con trabajos de 16 estudiantes. La nota señalaba que se trata de trabajos recepcionales de tres programas educativos, ponderaba la importancia de los mismos y citaba a las autoridades asistentes… sin indicar los nombres de los autores de las obras. Tras señalarlo por la vía de las redes sociales la nota fue modificada y los estudiantes debidamente anotados.

Pero también me indigna, y me hace huir del acto inaugural, el protocolo que permite que cualquier funcionario tome la palabra, pues las más de las veces improvisan una serie de ocurrencias porque “como se trata de arte y el arte no se explica” los funcionarios creen que lo que importa es salir en la foto con la boca abierta. Frecuentemente ni siquiera se toman la pena de aprenderse el nombre de los artistas y sólo dicen “aquí mi amigo” y cosas por el estilo.

Y para rematar: en la presentación del catálogo de obra de un escultor que radica por mis rumbos (japonés para más señas), un funcionario universitario (reconocido científico) dijo que los artistas deberían renunciar a los catálogos impresos, pensar en medios sustentables –como el digital- y no consumir el presupuesto de las instituciones con esos gastos vanos. Habló del desperdicio de papel y de la conservación de los bosques. No sólo fue descortés y torpe, porque es como si le hubiera dicho al escultor “ya deja de picar piedritas y mejor haz hologramas que no acumulen polvo y no ocupen espacio”, o como si dijera al solista de un concierto de piano “mejor cómprate un sintetizador, porque darle mantenimiento al Steinway sale muy caro”; además quedó de manifiesto su poco conocimiento acerca de la desforestación o del despilfarro de recursos. Los bosques se pierden no por la tala para la fabricación de papel, sino, principalmente, por el cambio de uso de suelo para tierras de cultivo, explotación minera o expansión urbana. Y en el rubro de gastos inútiles en la esfera pública y privada, podemos mencionar el agua embotellada y los desechables.

Sobre todo en el ámbito universitario, no sólo se trata de ser cada uno el mejor en su área, sino de reconocer el valor de todas las disciplinas y de crear alianzas, y los eventos culturales deberían, por definición, ser el escenario natural para que esto suceda.

 

 

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