Las confesiones religiosas y las confesiones del estado (primera parte)

Las confesiones religiosas y las confesiones del estado (primera parte)

En su edición del 06/10/2017 el diario La Jornada publicó una nota de su corresponsalía en Zacatecas relativa al proyecto “de construcción de un centro de turismo religioso que incluirá una imagen de la Virgen de Guadalupe de 47 metros de altura”. (http://www.jornada.unam.mx/2017/10/06/estados/028n1est, nota de Alfredo Valadez). Dicha imagen –en realidad se trata de una escultura–, sería erigida en el municipio de Guadalupey superaría en dimensiones las de Cristo Rey en Guanajuato (20 m.), el Cristo del Corcovado (39.5 m.) y la Estatua de la Libertad (37 m.). Según Enrique Flores Mendoza, a la sazón alcalde de ese municipio, el costo de la obra sería de 60 millones de pesos, de los cuales el gobierno estatal aportaría 20 y el municipio 10.
Un proyecto de altura
El alcalde informó personalmente a los medios locales, y trascendió al entorno nacional, que el cabildo municipal ya aprobó “construir unfideicomiso para la edificación” a partir de “un binomio de recursos públicos y privados” y que, además, ya tienen “elaborado el plan de negocio” (sic) que cuenta con la aprobación del obispo. El citado proyecto incluye un Mausoleo, crematorio, urnas y un mirador. El edil advierte que la aportación municipal cubre el costo del columbario, mientras que los recursos estatales representan el costo del acceso de cuatro carriles, salones y talleres artesanales. La efigie implica financiamiento privado.
“Toda vez que se trata de un icono religioso y por ley no podemos meter recursos”, declaró el acalde, ahí entrarán los inversionistas privados “por medio del fideicomiso”. Consideró, además, que el “centro religioso y turístico”, como le llama, constituye una “´solución´ para este polígono, que hoy es un punto crítico rojo por consumo de drogas, vandalismo y desintegración familiar”. Seguro de que “habrá rentabilidad inmediata”, el alcalde dice que “Se trata de detonar el turismo religioso y la protección que pudiéramos sentir (con la imagen de 47 metros de altura), así como de promover el desarrollo en el polígono del cerro de San Simón [generando] otra condición económica, no sólo para el cerro o Guadalupe, sino para todo el estado”.
El proyecto en cuestión exigeun análisis social y políticamente responsable.Aquí ofrecemos algunos elementos que nos parecen importantes. El primeroes preguntar qué facultades legales invocó el Cabildopara participar en dicho “plan de negocio”pues, desde el punto de vista constitucional, solamente está facultado para hacer lo que las leyes le permiten. En segundo lugar, desde la perspectiva de las políticas públicas, es necesario exponer la justificación a la que debe sujetarse el ejercicio de los recursos públicos, así como una evaluación de los costos y beneficios requeridos.Asimismo, se debe establecer si costos y beneficios obedecen a criterios racionales de asignación de recursos y apropiación de beneficios. Es necesario, pues, justificar los objetivos que se persiguen mediante un diagnóstico previo de las necesidades del Municipio.
Un aspecto nodal del proyecto es que deja en la obscuridad a qué se refiere el alcalde cuando habla de generar “otra condición económica” para el cerro, para Guadalupe y para el estado, pues no aportó sustento alguno ni para ninguna de sus aseveraciones. Pregunto: ¿un “plan de negocio” resulta viable en virtud del respaldo del titular de alguno de los órganos del poder público?
Imposible ignorar el carácter ambiguo de las declaraciones del alcalde quien, sin embargo, tiene claro que se trata de un “plan de negocio” cuya rentabilidad será inmediata. Es necesario elucidar algunos elementos al respecto. ¿Entre los objetivos del Municipio como institución,figura la rentabilidad económica? ¿Considera como obligación del Estado laico ofrecer “protección” a la ciudadanía mediante iconos expuestos en el espacio público y la promoción del “turismo religioso”? Hay, aquí, un elemento central; ¿el plan desarrollo municipal de su administración dependió de lo que él llama “turismo religioso”? ¿La jerarquía de la Iglesia católica acepta que su misión es la de promover el turismo?
Importante es, también, el tema vinculado al combate del consumo de drogas, la delincuencia y la desintegración familiar. Aunque este problema sin duda, despierta la sensibilidad general, es necesario explicarlo en un contexto más amplio –y realista–, pues ni la delincuencia ni la desintegración familiar tienen su origen en la falta de fe.
Desde el ámbito de la responsabilidad y los objetivos del Estado de Derecho, dicho “plan de negocio” es deudor de explicaciones claves, incluyendo sus implicaciones éticas y bioéticas y una elemental aproximación a la justicia distributiva. Es preciso saber siexistecontinuidad entre el discurso evangélico y las prácticas de la jerarquía eclesiástica o si, por el contario, estamos frente a una ruptura. Lo mismo aplica para el discurso constitucional y legal del Estado laico y el desempeño cualquier autoridad.
No obstante que en el cuerpo de este texto queda claro que las observaciones –y la crítica– que contiene, carecen de toda connotación doctrinal, pues se mantiene dentro del respeto a la libertad de convicciones, creencias y libertad religiosa, es necesario insistir que aquí no se pone en cuestión confesión religiosa alguna, sino que se analizan prácticas sociales. Dentro de tales prácticas, no se puede ignorar las relacionadas con el papel que las Iglesias desempeñan, o deben desempeñar, en atención a la misión que se imponen a sí mismas en razón de sus respectivos credos y, del mismo modo, las “responsabilidades y obligaciones” que el Estado cumple –o debe cumplir– en su inexcusable acatamiento al marco constitucional y legal que lo rige.
¿Un reino de dios?
Esbozar algunos de los rasgos presentes en la historia de la Iglesia Católica resulta imprescindible para comprender la concordancia entre sus acciones como Institución y el Mensaje o el Testimonio que debe entregar a sus fieles. Esta dualidad de ámbitos es indispensable para buscar una interpretación integral y no segmentada o inconexa de su historia. Es el mismo procedimiento que aplica la propia Iglesia, cuando distingue entre la patrística y la patrología para referirse en un caso, a la obra escrita y, en el otro, a la biografía y testimonio de los llamados padres de la Iglesia.
Las grandes religiones monoteístas han sido consideradas por algunos como las religiones del Libro: la Torá, para los hebreos, la Biblia para los cristianos y el Corán para los musulmanes. En las tres religiones juega un papel fundamental la tradición. Gracias a esta han podido sobrevivir y multiplicar el número de fieles pero, también, les ha impuesto conflictos intra y extra confesionales. Desde luego, la tradición distorsionada y sobre todo manipulada ideológicamente, se encuentra en la base del fundamentalismo que suele aparecer entre seguidores y dirigentes religiosos pero, originalmente, funciona como el cementoque permite unir y dar solidez a las voluntades y creencias que, de otro modo, permanecerían dispersas e incontroladas.
Sabemos que, hasta la primera mitad del siglo xiv, la mayoría de los habitantes de Europa no sabía leer ni escribir, conocimiento reservado particularmente a los monjes; además, el lenguaje cultural era el latín. Aunque, posteriormente, la invención de la imprenta propició la difusión del conocimiento, la lectoescritura constituye un problema no resuelto en favor de la humanidad después de quinientos años. Así, el desarrollo del cristianismo estufo fuertemente marcado por los primeros intérpretes, quienes se mantuvieron en la ortodoxia del texto bíblico merced, al lenguaje oral y la tradición.
A lo largo de los siglos han tenido lugar “desviaciones”, herejías,dice el pensamiento dogmático, como ocurrió con los cátaros, o interpretacionesdel mensaje, a la vez simplificadas e ingenuas –y de fatales consecuencias–, como la que relata Ginsburg en su obra El queso y los gusanos(1999)..En suma,la concepción cristianase afirmó y propagó por el mundo apoyada en las en las prohibiciones, en las barreras naturales y dogmáticas al pensamiento –o la conversión del pensamiento mismo en pecado–.
Hans Küng considera que “El cristianismo se halla hoy, en todas partes, en dobleconfrontación: de un lado, con las grandes religiones, de otro, con los humanismos no cristianos, los humanismos ‘seculares’”. En realidad, se trata de una triple confrontación pues, a las anteriores, se debe agregar el debate que mantiene la Iglesia católica consigo misma, con la coherencia entre el Mensaje y la práctica –apostolado-, sobre todo si se tiene presente la recomendación de Marcos (7, 15): “reconocerán el árbol por sus frutos”.
En la base de la disputa –jamás hubo diálogo, pues tanto los cátaros como Menochio(el personaje de Guinsburg) fueron brutalmente reprimidos– se encuentran las posturas de Küng, quien cuestiona la infalibilidad del Papa o la que sostiene Karl Rahner: “Acato las disposiciones del Papa, pero no acepto sus razones”. Debe hacerse notar que ninguno de estos teólogos desobedeció al Papa y sedisciplinaron en la conducta al mismo tiempo que reclamaronlibertad. Presionada bajo el signo de los tiempos, la Iglesia ha implementado propuestas de Lutero antaño condenadas por Roma: la comunión bajo dos especies, las dispensas del celibato obligatorio, el empleo de lenguas vernáculas en la Biblia y la liturgia, por citar algunas. Esto demuestra que el cambio es posible.
A lo largo de la historia del catolicismo, abundan los hechos reprobables en el ámbito de la tolerancia y la aceptación del pensamiento laico y científico (Galileo, Bruno, Descartes, Darwin) y, desde luego, con mayor fuerza, en la interpretación de los textos, sagrados o no (Jon Sobrino, Hans Küng, Karl Rahner,a quienes se les ha prohibido enseñar). La dureza con la que han sido tratados estos brillantes pensadores contrasta radicalmente con la largueza –o complicidad–, aplicada con el arzobispo Paul Marcinkus, el llamado “banquero de Dios” y socio de la mafia, o Marcial Maciel, entre otros.
Tres hechos que forman parte irrenunciable de la historia de la Iglesia dan cuenta del eficiente manejo de su experiencia administrativa, diplomática y de su ejercicio del principio de autoridad. El primero es la conversión del emperador Constantino al catolicismo; el segundo es el citado caso de los cátaros y, el tercero, atañe a la historia de América Latina. Constantino es el reconocido impulsor del cristianismo como religión oficial de Roma y de su propagación por el imperio.
Ni la manera tortuosa con la cual Constantino se hizo del poder, o el haber ordenado el asesinato de su esposa–entre otros–, fueron obstáculo para concertar una alianza que fue formalizada en el Concilio de Nicea. La naciente religión, perseguida y en permanente lucha con los “idólatras”, requería del espacio público para desenvolverse; Constantino, por su parte,pedía el respaldo popular y la fuerza moral de los cristianos. Eran, pues, almas gemelas que se requerían recíprocamente y, se brindaron apoyo mutuo.
Siglos después, en el s. xii, el dualismo de los cátaros –Dios y el Diablo- se expande por el sur de Francia. No esfácil aprehender la historia de este episodio, importante para la historia de la Iglesia y para la historia universal, en virtud de que Pierre de Bruis y Henri de Laussanne, dos de los disidentes religiosos iniciales, “son conocidos exclusivamente por sus enemigos”: cartas episcopales, cánones que los denuncian, procesos que los condenan, etc.,pero de su pensamiento y origen social casi nada se sabe.
Empero, había riesgos claros en el pensamiento religioso de los disidentes: los cátaros habían invertido el dogma. Así, no era Dios sino el Diablo el que había creado el mundo visible, no creen en el purgatorio, rechazan el bautismo con agua y denuncian todo apego al mundo material; eran partícipes de una especie de “Simpatía por el Diablo”. Entre sus rechazos se encontraban, también, el sexo y la autoridad de Roma. Vistas sus “desviaciones” había razones para preocuparse. Y Roma se ocupó de ellos.
Inocencio y sus aliados salieron vencedores y su venganza, implacable: todos los habitantes de Béziers fueron pasados a cuchillo; se habla de 20,000 cátaros, muchos de ellos ejecutados al interior de las iglesias. Hay quien asegura que, al tomar la ciudad, los mercenarios al servicio de los Cruzados no podían saber quiénes, de aquellos que habían buscado refugiado en los templos, eran católicos y quiénes no. Arnaud Amaury, abad de Citeux y Legado de Inocencio iii, ordenó resuelto: “¡Matadlos a todos!; ¡Dios reconocerá a los suyos!” (http://amodelcastillo.blogspot.mx/2014/03/la-matanza-de-beziers.html).
La unidad de Francia también lucrócon el aplastamiento de los cátaros; Tolosa, núcleo del movimiento, le fue arrebatada al reino de Aragón e incorporada a Francia. Derrotada la revuelta, fue anexada a Francia. Si las palabras atribuidas a Amauryfueron o no reales, los muertos no fueron invención alguna ni, tampoco, el odio personal de Inocencio iii hacia Raymond de Troncavel, conde de Tolosa. A diferencia de Béziers, en Carcassonne, una impresionante fortaleza tomada tras largo asedio, no se reprodujo la masacre, pero sus habitantes fueron desnudados y expulsados de la ciudad; hecho que permanece en el imaginario colectivo de los habitantes actuales de esa ciudad.
Mientras se unificaba Francia, el Papa unificaba su Iglesia. Los muertos en el combate contra la “herejía” fueron “efectos colaterales. Pero es incontrovertible el uso recíproco del poder religioso por la política y viceversa. Pero hay algo más: el empleo de la violencia como medio de afirmación de la fe y el abismo que separa esta práctica del llamado Magisterio de la Iglesia. También es un hecho que algunos Padres de la Iglesia, como Tomás de Aquino, no parecen tener duda sobre la necesidad de emplear el látigo ahí donde la Palabra no funciona.
En 1184 el Papa Alejandro iii promulga, en el marco del concilio de Verona, la constitución Ad abolendam, algo así como “Para repudiar”. Ahí se engendró la más importante de los instrumentos encaminado a sostener la fe por medio de la hoguera y la tortura: el noblesentimiento papaldel repudio iba dirigido principalmente contra los cátaros pero, en general, contra toda práctica considerada hereje o “judaizante”. El Tribunal de la Inquisición ejerció considerable influencia sobre el mundo católico, incluida Hispanoamérica, pero aquí no habremos de referirnos a ella.
Sin embargo los abusos cometidos por el Santo Oficio fueron reconocidos tangencialmente por Juan Pablo ii en la Bula Incarnationis Mysterium (1998). No obstante que en ella se asegura que “La historia de la Iglesia es una historia de santidad”, con lenguaje casi metafórico admite que “Sin embargo, se ha de reconocer que en la historia hay también no pocos acontecimientos que son un antitestimonio en relación con el cristianismo”, por lo que demanda “que en este año de misericordia la Iglesia… se postre ante Dios y pida perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos” (http://www.vatican.va/jubilee_2000/docs/documents/hf_jp-ii_doc_30111998_bolla-jubilee_sp.html).
Como se observa, tanto el reconocimiento de “prácticas antitestimoniales” como el arrepentimiento aparecen casi entre líneas, es decir, sin una abierta autocrítica. Debe reconocerse, además, que ante la gravedad del daño no bastani uno ni otro si no vienen acompañados de la reparación.Estos acontecimientos de la historia de la Iglesia –y de la historia universal– son de tanta trascendencia que no se podría reconocer la Iglesia actual sin haberlos asumido, algo distinto a reducirlos a un “pasado muerto” e intrascendente. Por el contrario, exhiben una práctica mantenida durante siglos y alejada de toda misión pastoral, y a una jerarquía absolutamente vinculada de las (pre)ocupaciones terrenas.
Si bien estamos frente a hechos del pasado, es imposible saber si el pasado muere, por lo que resulta es imposible ignorar que “el pasado pesa”, y no lo hace como peso muerto o memoria inocua, sino como posibilidad de que la historia se repita. Si el pasado hubiese muerto, nadie tendría interés alguno por apropiarse de él. La tormenta que se abate actualmente sobre la Iglesia en relación a la pederastia, es una muestra palpable de que, si no se asumen los errores, volvemos a cometerlos.
Los hechos expuestos permiten apoyar una hipótesis: la historia de la Iglesia muestra usos de la religión como política o de manera coincidente con los intereses políticos; y por política se debe entender la influencia sobre las decisiones del poder terrenal. La suerte que ha corrido la Teología de la Liberación es prueba de ello.
Hans Küng (Ser cristiano) ofrece algunas líneas de pensamiento que son valiosos auxiliares para evaluar la pertinencia de esta corriente de pensamiento cristiano y de ejercicio pastoral desde la ortodoxia doctrinal, y no desde la interpretación oficialista. Permite, también, apreciar la respuesta que, más pronto que tarde, la Teología de la Liberación recibió de la jerarquía eclesiástica. Dice el teólogo alemán que “El hombre quiere hoy, ante todo, ser hombre. No un superhombre, pero tampoco un infrahombre. Enteramente hombre enun mundo lo más humano posible”.
Küng no habla de “liberación” sino de “emancipación” y la interpreta en el orden “puramente jurídico”: la liberación del hijo respecto de la patria potestad del padre o del esclavo respecto de la servidumbre. Sin embargo, lo que le interesa es “su sentido derivado, político”, entendiendo por tal la equiparación civil de todos aquellos que se hallan en una situación de dependencia de otro, es decir, la autodeterminación…”.
Quizá como anticuerpo contra la “herejía” alentada por los cátaros, la cristiandad, dice Küng, había reconocido el mundo como algo “malo por excelencia”. De ahí los cánticos sobre la victoria de la Virgen María sobre “mundo, demonio y carne” que representan al “Enemigo”, aLucifer, contra quien se pide la guerra. En opinión de Küng, “Las iglesias de hoy ya no quieren, en teoría al menos, ser reducto de una subcultura estancada, ni organizaciones de una conciencia extemporánea [sino que] quieren, sencillamente, escapar de su autoaislamiento”.Sin embargo, antes que renunciar al autoaislamiento, la Iglesia prefirió perseguir aquellos de sus hermanos, los teólogos de la liberación que identificaron el Mensaje con las necesidades de los pobres.
“¿Cristianos e Iglesias cristianas sin memoria?”, se pregunta Küng, para recocer que “Más bien parece exactamente a la inversa: las Iglesias cristianas parecen más bien ancladas en el pasado. Si llega el caso de recortar la historia, invariablemente sofocan siempre el futuro, por inquietante, en favor de un presente eclesiástico que se dice eterno en dogma, culto, disciplina y piedad”. En la segunda parte de este artículo nos referiremos más detenidamente a la Teología de la Liberación. ■

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