El quejido de un muerto

El quejido de un muerto

La Gualdra 358 / Río de palabras

 

 

—¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto?

—No, doña Eduviges.

—Más te vale.

Juan Rulfo

 

Ahí estaba, escondido en el fondo del clóset, entre la ropa colgada en ganchos, con el foco fundido, a oscuras, escuchando el tum-dum, tum-dum de mi corazón, cada vez más acelerado, con el sudor escurriéndose por las mejillas, haciéndome abrir y cerrar los ojos, en un frenético parpadeo, con la sal de la transpiración provocándome un lagrimeo doloroso y ardiente. ¿Por qué el miedo huele tan feo? ¡Apesta! Y apesta gacho. Afuera, en la pieza, sumida en la oscuridad se escuchaba el tintineo de los frascos en el tocador, el crujir de los muebles y paredes, voces que no lograba entender porque eran más bien gruñidos. Quejidos y lamentos. Y yo, ahí, encerrado, con unas ganas irrefrenables de orinar que me obligaban a doblarme en dos, para casi inmediatamente estirarme como lombriz tatemándose con el sol. La ropa colgada olía a jabón de lavandería, a enjuague, a limpio. A colonia. A lavanda. Los pies se tropiezan con los zapatos acomodados en pares en el piso. El tum-dum, tum-dum seguía a ritmo acelerado e iba en aumento. Era como la maquinaria de un barco de vapor. ¿Y si me quedaba muerto de un infarto masivo? ¡Qué vergüenza! La banda se va a torcer de risa. Infartado y meado. ¡Qué oso! Las voces se hicieron más confusas. No entendía qué decían. Se escuchó un prolongado: ¡Aaaaaaaaah! Como si se estuviera desinflando un globo. Luego se hizo un silencio larguísimo. Abrí la puerta un poco. Afuera estaba muy oscuro. Una extraña luz lunar entraba por la ventana filtrada por la cortina. Volví a cerrar la puerta. Volvieron las ganas de orinar. Ahora la cosa era más apremiante. ¡Me estaba meando! Un agudo dolor en el bajo vientre se tornó insoportable. Abrí de nuevo la puerta. Poco a poco. En la pieza imperaba el silencio. En la cama, abrazados, mis padres dormían plácidamente con una amplia sonrisa dibujada en la boca. Salí de prisa. Sin voltear la vista. Corrí como pedo de indio al baño. Fue una gran meada: espumosa y abundante. Mientras orinaba pensé: eso me saco por entrar a basculear los sacos de mi papá.

 

 

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