El miedo a la democracia

El miedo a la democracia

“Estoy orgulloso de mi hijo, acaba cumplir 18 años, no estudia ni trabaja y ya lo consultan para hacer aeropuertos” rezaba el chiste que un conocido publicaba en Facebook.
Los comentarios que acompañaban la broma se burlaban de que alguien que no sabía de construcción, ni de aviación, pudiera opinar del tema. Nadie reparaba que el bromista tiene hijos cercanos a esa edad, y que sepan o no del asunto, pagarán dicho aeropuerto con sus impuestos.
Este país es de paradojas, en el que un mismo político puede ser tachado de “autoritario” por tomar decisiones; de “populista” por recoger opiniones en asambleas; y al mismo tiempo recibir quejas por hacer consultas públicas sobre inversiones multimillonarias.
Somos una sociedad que exige consultas sobre los derechos de las minorías, pero rechaza decidir el futuro de los impuestos de la mayoría; una sociedad a la que le aterra que le gobierne una dictadura, pero reprocha a votar y ser votado esté al alcance de cualquiera.
Es sólo en un país como ese donde puede causar escozor que se haga una consulta pública con respecto a si debe continuarse o no con la construcción del aeropuerto de Texcoco, o si debe cancelarse esa opción y ampliarse la base militar de Santa Lucía y reacondicionar el actual aeropuerto de la Ciudad de México.
Ante la oportunidad de opinar, la opinión de muchos es que no se nos permita hacerlo, que no estamos listos para ello, que no somos capaces de informarnos, y por eso no deberían dejarnos hacerlo. Somos peligrosos, somos ignorantes, somos menores de edad que requieren ser tutelados por los que ganaron en las urnas, aunque si lo hacen serán autoritarios.
Esta especie de complejo de inferioridad que hace suponer que el ciudadano de a pie no tiene derecho a involucrarse en lo público se refleja en otros aspectos.
Es esa convicción de “no merecemos” la que espera que el gobernante vista marcas, viva lujosamente y tenga condiciones de privilegio porque ello proyectará la riqueza del país que gobierna.
Por eso avergüenza tanto que en esta “democracia” llegue a cargos públicos gente común y corriente, que no viste marcas, que no sabe usar cubiertos, que no tiene estudios universitarios, que no habla inglés (grave pecado) o que proviene de escuelas nacionales y no extranjeras.
En ello hasta la izquierda ha contribuido vanagloriándose de sus perfiles académicos, pero sobre todo porque unos y otros no han entendido que tan importante como saber, es la conciencia de lo que no se sabe, y más importante que ambas cosas, es lograr escapar a ese encapsulamiento lambiscón al que se ven sometidos la mayoría de los gobernantes, por quienes les dicen que todo está bien, y que aquellos que lo niegan son resentidos, negativos, envidiosos o simples enemigos del progreso.
Contra eso, no hay doctorado que proteja, y es esa inteligencia justamente (emocional, le llamarían algunos) la que hace del menos escolarizado un gran gobernante.
Mejor preparación siempre sería deseable, por supuesto. Y es comprensible que la posibilidad de que las decisiones importantes de una nación estén en manos de gente poco ilustrada no guste a todos, pero sería un debate más interesante si la discusión se centrara sobre la preferencia entre la aristocracia o la democracia, en lugar de discriminar en el nombre de la última.
Mecanismos como la consulta, usados para tomar decisiones como si continuar o no con el aeropuerto de Texcoco son, además de un ejercicio de democracia participativa y de ciudadanía permanente (no sexenal), una buena manera de medir el apoyo popular que se tendrá ante cualquiera de las dos opciones que se decida.
Si se continúa en Texcoco vendrán las protestas de grupos ecologistas que han advertido de los riesgos de ese aeropuerto; si se decide por Santa Lucía vendrán los reproches de los inversionistas en el proyecto actual y de los poderosos compradores de los terrenos aledaños que advierten de desconfianza para el gran capital.
La consulta, sea cual sea el resultado, hará que el costo político de la decisión sea compartido colectivamente.
¿Está eso mal? No en una democracia. ¿Y de verdad vivimos en una? No del todo, porque no estamos todos en la misma condición de participar (sólo se instalarán mesas en áreas urbanas, por ejemplo) y porque no tenemos las mismas condiciones para tener una opinión informada.
Bien decía Lula Da Silva: “La democracia, para mí, es una palabra entera, sólo que algunos entienden por democracia apenas el derecho del pueblo a gritar que tiene hambre, y yo entiendo por democracia no el derecho de gritar sino el derecho de comer.”
Nuestro problema entonces es de falta de democracia y no de exceso de ella. Perderle el miedo sería el primer gran paso para construirla y dejar de conceder gustosamente el derecho a decidir sobre nosotros. ■

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