Una caravana migrante cargada de significados

Una caravana migrante cargada de significados

La caravana migrante que acaba de ingresar a territorio mexicano, proveniente de Honduras, representa un fenómeno de diversas lecturas e interpretaciones. Al respecto destacan la xenófoba, que se ha agudizado no sólo en Estados Unidos gracias a la postura intransigente de Donald Trump, sino en México, donde son comunes los comentarios -particularmente en redes sociales- sobre la necesidad de “cerrar” la frontera y no permitir ni el paso ni la permanencia de los migrantes del sur; la política, que en términos de soberanía pone a México a prueba sobre su política exterior al enfrentar el dilema de quedar frente al mundo como el país que negó el tránsito a miles de migrantes, o acatar los dictados de Trump para detener dicho flujo migratorio; la humanitaria, que establece las premisas de solidaridad y respeto irrestricto a los derechos humanos, entre otras que son emitidas hoy día desde múltiples actores sociales, políticos y económicos.
Todas esas posturas forman parte de una argumentación que ha venido hilvanándose en los últimos días, y la cual en no pocas ocasiones refleja el exceso, el apasionamiento y los juicios de valor, en particular las acusaciones de que los migrantes han venido a quitarnos nuestros privilegios o delinquir. A esas voces habría que recordarles que sobre esos supuestos privilegios, en el país tenemos más de 55 millones de personas en pobreza, y que uno de los grandes ingresos para México proviene de las remesas de paisanos que igualmente han padecido la discriminación en Estados Unidos.
Ahora bien, es cierto que el fenómeno en sí resulta preocupante pues se trata de más de 2 mil hondureños que parecen estar dispuestos a atravesar México en su camino al norte del continente practicamente al costo que sea. Dichas proporciones son alarmantes, y despiertan inquietudes legítimas como la de si esa caravana tiene éxito, entonces es previsible que nuevas caravanas se constituyan para realizar la misma acción, y que dichas caravanas no se gesten sólo en Honduras, sino en El Salvador, Guatemala, Venezuela, Perú, etcétera. La legitimidad de la caravana no puede cuestionarse en tanto sus integrantes están partiendo de sus lugares de origen por situaciones adversas, pero también porque el tránsito por territorio mexicano buscan sea más seguro mediante los grandes contingentes, en particular para librarse del embate de los grupos criminales mexicanos que se benefician de la extorsión, tráfico de personas y secuestro de migrantes del sur.
La situación es compleja y resolverla va mucho más allá de permitir o prohibir el ingreso a más de 2 mil personas a México o Estados Unidos. Dicha complejidad debe contextualizarse necesariamente en la situación de una América Latina atravesada por la paradoja de ser uno de los territorios del orbe más ricos en culturas, recursos naturales y potencial de trabajo, y a pesar de ello, supurar grandes capas sociales que dejan sus naciones bajo la forma de la migración forzada, y no voluntaria. Se trata de una expulsión de miles de personas por motivos diversos, entre los que se cuentan la persecución política, los desastres naturales, el crimen organizado, y en menor medida por gusto. No obstante, sobre todas esas razones destaca la falta de oportunidades educativas y laborales.
Sobre estas razones Estados Unidos tiene responsabilidad directa (dependiendo del país y el momento al que nos refiramos), debido al intervencionismo que en el marco de su proyecto hegemónico de dominación del sur del continente ha promovido bajo la desestabilización de las economías; la cooptación de actores internos para incidir en los planes nacionales de desarrollo, e incluso por tutelar golpes de Estado y la inestabilidad social en lugares como República Dominicana, Chile, Brasil o el propio Honduras.
Los postulados de la Escuela de Chicago, vertebrados por los lineamientos neoliberales, han acotado en América Latina rutas de desarrollo basadas en la industrialización por sustitución de importaciones o las inserciones equitativas de sus países en las macroeconomías; han fomentado los procesos de descampesinización y su consecuente vulnerabilidad alimentaria; han terminado por poner contra la espada y la pared a miles de personas, con imposiciones laborales dependientes de la maquila y los empleos precarios que se basan en el outsourcing o la subcontratación offshore.
Las soluciones al fenómeno de las caravanas migrantes deben enmarcarse en la realidad reseñada líneas arriba, así como en el respeto irrestricto a la soberanía y el derecho de las naciones a decidir sobre el tránsito de personas a través de sus territorios. No obstante, no se puede obviar el papel que Estados Unidos ha tenido en América Latina (en particular después de mediados del siglo 20), así como no se puede omitir la responsabilidad de los gobiernos de los países donde se están gestando esas grandes caravanas.
Por lo pronto, más de 2 mil hondureños atraviesan con pie firme México, mientras otros miles se mantienen expectantes en diversos lugares de América Latina para seguir o no su ejemplo.

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