Murmullos en la poesía de Jair Cortés

Murmullos en la poesía de Jair Cortés
Jair Cortés.

La Gualdra 356 / Entrevistas / Poesía

Armando Salgado

Jair Cortés (Calpulalpan, Tlaxcala, 1977). Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2006 por Caza. Su trabajo forma parte de las antologías: La sombra de la palabra (IMC, 2001); Camina el verso senderos del silencio (Praxis/Ayuntamiento de Nezahualcóyotl, 2002); Espiral de los latidos CONACULTA (Zona Centro, 2002); Árbol de variada luz: antología de poesía mexicana actual, 1992-2002 (Universidad de Colima, 2003); Un orbe más ancho: 40 poetas jóvenes: 1971-1983 (UNAM, 2005); Los mejores poemas mexicanos (Joaquín Mortiz/FLM, 2005). Jair Cortés hurga los cortes del poema para visibilizar la fluidez que debe tener cualquier acercamiento que permita dialogar con el lector de manera precisa. Su poesía es un claro ejemplo que nos sitúa ante una generación que ha sido partícipe de momentos claves en la vida política, social y cultural de un México diverso, convulso y complejo; la poesía de Jair Cortés, así como los procesos en los que ha coadyuvado son testimonio de la obra integral de quien no sólo escribe, sino que fomenta la construcción polifónica de la literatura mexicana.

Armando Salgado: Muchas veces conformamos nuestra vida con búsquedas complejas y las respuestas son sencillos planteamientos. ¿Jair Cortés, qué búsquedas personales hasta el momento has tenido para ser el poeta que actualmente eres?, ¿qué atajos en tu escritura hubieras tomado para llegar a este punto?, ¿por qué escribir poesía y no otros géneros?

Jair Cortés: Cuando comencé a escribir poesía, a los catorce años, no comprendía que la poesía no era el fin sino la perspectiva desde la que habito el mundo. En mi adolescencia mis búsquedas no sólo fueron complejas, sino dolorosas. En aquel entonces yo buscaba a Dios, y como yo buscaba a un dios que me habían impuesto, pues no lo encontraba, y todo era vivir en un callejón sin salida, todo era preguntar sin siquiera creer que había respuestas. Quizá gracias al alcoholismo fue que pude soportar esa orfandad que sentí de los 16 a los 21 años: cinco años entre la ebriedad y la resaca. Fue en ese periodo que escribí un libro que titulé Odios y que forma parte de mi libro Caza. En Odios me di cuenta que había llegado, finalmente, a una idea de Dios por medio de la blasfemia. Y esa idea era sólo la puerta, el quicio por el que habría de entender que Dios es la suma de todas las cosas que le dan sentido a mi vida, y todas esas cosas se unen gracias a la poesía. A la distancia, no creo en los atajos. Cada uno es su propio camino. Lo de escribir poesía y no otros géneros es más sencillo de lo que parece: si tú crees que la poesía une todas las cosas que tienen sentido para ti, entonces no debes preocuparte por encasillar tu escritura en algún género, eso que lo hagan los críticos y los académicos, a ellos les gusta mucho hacer eso, así que también les proporcionas cierta felicidad a una actividad que “sistematiza” lo que se resiste a ser parte de un “sistema”, porque la poesía, el poema, siempre será la excepción a la regla.

AS: Tlaxcala, rodeado de grandes orbes citadinas, es una entidad que lleva sobre sí el flujo migratorio de personas, experiencias y múltiples manifestaciones no sólo culturales. Esta condición transfronteriza, ¿cómo influyó en tu vida cotidiana?, ¿qué otros escritores tlaxcaltecos debemos de leer?

JC: Aunque mi acta de nacimiento dice que nací en Tlaxcala, sólo viví ahí veinte años. Los otros veintiún años los he vivido en diferentes partes: Potrero del Llano, Tuxpan (Veracruz), Reynosa (Tamaulipas), y ahora Bacalar (Quintana Roo). Tlaxcala es una sociedad que carga con el estigma de la traición y que, dicho sea de paso, es producto de la ignorancia en la que vive el pueblo mexicano. Pocos mexicanos saben que el imperio Mexica era diferente del imperio Tlaxcalteca, pocos saben de su rivalidad, de sus luchas, de su eterna tensión vecinal. Los tlaxcaltecas vieron en la alianza con los españoles la posibilidad de derrocar al imperio Mexica. Ellos hicieron lo que cualquier pueblo haría en busca de su libertad y autonomía. Con el tiempo ese acto inteligente les costó vivir aislados, desarrollando un temperamento hostil y hermético que se percibe hasta la fecha. Los chistes que se hacen sobre el rezago de Tlaxcala no sólo evidencian este rezago sino también, la ignorancia, el racismo y el clasismo que nutren a México. De aquel pueblo guerrero sólo quedan vestigios y terribles circunstancias: un estado en el que la deforestación, la contaminación de los ríos y lagos, así como la trata de personas y la corrupción social dominan la vida cotidiana. Vivir en Tlaxcala y vivir con una gran conocedora de su historia (Bere, mi compañera del alma) me dio la posibilidad de conocer a fondo la historia de ese territorio de brumas que llamamos México. Tlaxcala explica mucho de lo que sucede en todo el país… De los escritores que hay que leer es Miguel N. Lira, un autor poco leído fuera del estado. Él, como editor, por ejemplo, fue quien publicó Luna silvestre, la primer plaquette de Octavio Paz, un dato muy interesante para la historia de la literatura universal, ¿no?

AS: Somos repertorios de obras e historias: sumadas las creencias, los usos y costumbres y la cultura tan diversa en nuestro país. ¿Qué libros han sido referente en tu vida?, ¿hubo algún detonante en tu infancia que estimulara el hábito de la lectura?, ¿qué recomendaciones le compartirías al público gualdreño que apenas se inicia en la escritura?

JC: En mi infancia hubo un libro que marcó especialmente mi actividad como lector, era un diccionario médico. En él yo encontré un universo de conocimientos inagotable. Ahí pude saber cómo funcionaba (o cómo se creía que funcionaba) el maravilloso cuerpo humano, desde su gestación hasta su muerte. El libro, que aún conservo, era a su vez un libro que estimulaba mi imaginación. Cada artículo que leía ahí luego se convertía en una historia que yo desarrollaba en mi mente y a la que le daba un color literario. Recuerdo que cuando en la primaria quisieron hablarnos sobre sexualidad me levanté y ofrecí una cátedra sobre el tema. La maestra sólo se quedó sentada sin poder decir nada y claro, al final del día terminé en la dirección siendo juzgado por decir la “verdad” que yo había leído en un libro. Pero eso no importó porque mis papás me defendieron de aquellos maestros y como premio me compraron más libros sobre el tema y hasta un juguete en que podía armar y desarmar un cuerpo humano. Por otro lado, podría recomendarle a la gente que lee La Gualdra, esos poetas jóvenes (muy antiguos) que están llenos de formas y emoción: John Donne, Catulo, Miguel Hernández, Safo, Arthur Rimbaud, Anne Sexton…

AS: Has sido traducido a otros idiomas y a la vez has hecho traducciones del portugués. Háblanos de estas experiencias: ¿qué hallazgos generaron estas actividades en ti?, ¿a qué poetas has traducido y qué elementos te llevaron a sus obras?, ¿qué papel tienen las lenguas indígenas en la literatura mexicana actual?

JC: La traducción es, desde mi forma de verla, un ejercicio de creación porque, finalmente, todo el tiempo estamos traduciendo lo que nuestros sentidos perciben: escuchamos una pieza musical y al poco rato estamos tratando de traducirla con nuestro cuerpo haciendo unos pasos de baile que nos nacen de quién sabe dónde. Mis poemas han sido traducidos a varios idiomas como el náhuatl, italiano, inglés, maya yucateco, inglés y otros. Es una experiencia extrañísima: ¿quién es ése que habla en otro idioma? Ya no soy yo, pero tampoco es sólo el traductor o traductora, ese puñado de palabras provienen de sensibilidades que fueron criadas a la luz de diferentes culturas, de formas distantes de comprender el mundo. Cuando yo he realizado traducciones de poetas como Virna Teixeira u Orides Fontela (poetas brasileñas) lo he hecho en colaboración con Berenice Huerta porque me gusta caminar ese sendero con ella y porque me permite experimentar más alcances, mejores efectos en los lectores. Traducir es muy emocionante, te permite desentrañar misterios que creíste impenetrables y cuando tienes la última versión te sientes el descubridor de un continente o algo así.

AS: Recientemente fuiste galardonado con el XLIII Premio Hispanoamericano San Román 2018 que otorga el Gobierno del Estado de Campeche con el libro Murmullos en la habitación de Dios, destacando de entre 220 trabajos. Cuéntanos: ¿cómo fue la confección del libro?, ¿qué elementos particulares lo distinguen de tu primer libro titulado A la Luz de la sangre (1999), e Historia solar (2015) tu publicación más reciente?

JC: El libro comencé a escribirlo en el 2012 como respuesta a la terrible desesperación por la que pasaba en aquel tiempo. En el lapso de cinco años vi morir a todos mis abuelos (incluyendo a los de Bere), a un amigo, a un tío y a mis cuatro perros (que considero como mis hijos). Ese poema, desesperadamente extenso, lo escribí de manera secreta, un poco todas las noches, como una forma de extravío: algo en mí se había roto, y no sabía yo cuántas eran las piezas que faltaban. A las tragedias familiares se sumaron las de la guerra de Calderón, y que hasta la fecha sigue desarrollándose en un país que vuelve a ser engañado una y otra vez. Entre mi primer libro y éste pasó una guerra y la experiencia de ver morir a personas que amé, entre los dos hay una angustia terrible, una necesidad de huir. Ese libro terminé de escribirlo este año, en el marco de una residencia que estoy realizando en la Casa Internacional del Escritor de Bacalar, aquí puse en claro no sólo mis ideas sino todas las cosas que estaba sintiendo y que no sabía cómo ordenar.

AS: ¿Qué hace actualmente Jair Cortés?, ¿qué lugares frecuenta?, ¿qué otras actividades acostumbras para no perder la sensibilidad en este país donde cada vez cuesta más respirar?

JC: Nado dos veces al día, en la mañana en un hermoso Cenote y por la tarde en la Laguna de Bacalar. Entre esos dos momentos hago cosas muy raras: desde pintar casas o vender chiles habaneros, hasta recibir clases de clown o dar cursos de poesía para niños. Después, viene la lectura y la escritura, no el recuento sino la asimilación de lo vivido cada día. Y luego, un poco de fiesta y charla con los amigos. Aquí en Bacalar convivo con personas que aman el arte y buscan siempre la felicidad, amigos entrañables como Ramón Iván Suárez Caamal, quien es uno de los poetas más interesantes de México y el Caribe y que ve en la poesía una forma tan natural de vivir que lo cotidiano se vuelve milagroso y viceversa.

Murmullos en la habitación de Dios


[fragmento]

…De pronto, el pasillo se alarga y caminamos sin llegar a ningún lado. La luz es la

luz de un hospital y todas las puertas se cierran antes de que lleguemos a ellas. Y al final del pasillo hay una ventana, y después de la ventana hay algo parecido a unas ramas de un árbol y más allá algo que podría ser el cielo, pero antes, entre el árbol y el cielo, una nube: manuscrito del cielo que cambia sus combinaciones, sus formas, escritura de agua en el aire, el pasillo nunca termina, nuestros pasos son eternos en el caminar hacia la ventana.

Un letrero en el pecho tatuado: “Qué belleza/ de la juventud/ su imprudencia”.

¿Quién queda vivo cuando alguien muere?

¿Quién queda muerto cuando alguien vive?

De estas preguntas proviene todo mi desconsuelo:

trato de deslindar las respuestas,

quiero separar las aguas de dos ríos que,

en algún momento de su impulso hidrográfico, coinciden.

De esta incertidumbre mana todo el día y toda la noche

la preocupación que me nutre y me consume,

de esta ansiedad nace la sintaxis que uso,

los peñascos que se derrumban cuando confieso la verdad,

la Verdad que es más triste que una triste canción rusa

aullada por una Huskey siberiana en el palacio solitario de mi memoria,

donde un clavicordio,

clavo en el corazón,

toca un árbol de tepetate enterrado…


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