Montserrat Caballé, la última gran figura de la ópera del siglo XX

Montserrat Caballé, la última gran figura de la ópera del siglo XX
La muerte de Montserrat Caballé se vivió en Barcelona y en el resto de España como la partida de un mito, de una figura excepcional. Foto Afp

Sus 85 años y un problema de vesícula que se complicó fueron las causas oficiales del fallecimiento de una de las cantantes de ópera más admiradas, queridas y celebradas de las últimas décadas, sólo comparable a las otras dos grandes figuras femeninas de la lírica de la pasada centuria: Maria Calles y Joan Sutherland.

Caballé formaba parte de una selectísima y reducida lista de figuras que marcaron la ópera del siglo XX y lo que va del XXI. Su voz creció y se popularizó junto con la de otras grandes figuras nacidas de la opera española y catalana, como Plácido Domingo, Alfredo Kraus o Josep Carreras, con quienes tiene algunas interpretaciones y grabaciones memorables, que ya forman parte de los hitos históricos de la música.

La prima donna Caballé nació un 12 de abril de 1933, en el céntrico y popular barrio barcelonés de Grácia, desde donde vivió y padeció con la ingenuidad de un niño uno de los dramas más crudos de su ciudad, su país y su familia: la Guerra Civil española.

A pesar de las penurias de la postguerra, del hambre y de la falta de recursos para las cosas más básicas, su madre se empeñó en enviarla al conservatorio.

Su voz, desde muy niña, era cautivadora, embriagadora hasta límites insospechados, una evocación poética que percibieron de inmediato sus primeros maestros.

Eran los primeros pasos de una de las figuras más relevantes de la ópera del siglo XX, de una soprano que se miró de tú a tú con la que muchos consideran la más grande de todas, Maria Callas.

De sus primeras clases con 11 años hasta su graduación en 1954, cuando ya tenía 21, Caballé pasó muchas horas en vela estudiando métrica, canto, historia de la música, idiomas, interpretación y las numerosas materias habituales en un estudiante de su edad, como matemáticas, lengua, física o química.

Su vida, desde muy pequeña, era de la casa al conservatorio, del conservatorio a la biblioteca y de la biblioteca de nuevo casa para comer y seguir estudiando lo que tuviera pendiente. Su graduación y sus inicios no fueron nada fáciles, primero con un examen final accidentado en el que incluso perdió el conocimiento por los nervios y después, sólo un año después y con tan sólo 22 años, su debut en el primer papel de su historia: Serpina, de La serva padrona, de Giovanni Battista, en el Teatro Principal de Valencia.

Tuvieron que pasar siete años más, en 1962, cuando debutó en la que fue su segunda casa y el teatro de ópera desde el que catapultó su brillante carrera: el Liceo de Barcelona. Y sólo tres después, en 1965, lograría su primer hito y que la convertirían en la soprano que incluso figuras ya consolidadas como Callas o Sutherland la miraban de reojo: su debut en el Carnegie Hall de Nueva York el 20 de abril de 1965 con Lucrecia Borgia, de Gaetano Donizetti, que además fue una sustitución por la enfermedad de la entonces soprano titular Marilyn Horne.

Ese día se consolidó lo que ya desde sus años del conservatorio se advertía como una de las grandes leyendas de la ópera.

Durante de 50 años de carrera ininterrumpida interpretó alrededor de 90 papeles en todos los continentes y en los principales teatros de ópera del mundo, incluido Bellas Artes de la Ciudad de México.

Entre los grandes directores que la han dirigido destacan Herbert von Karajan, Leonard Bernstein, Zubin Mehta, James Levine, Claudio Abbado, Seiji Ozawa y Riccardo Muti.

Algunos de sus papeles más importantes son los protagonistas femeninos de las óperas Cossì fan tutte (Mozart); Norma o I puritani de BelliniLa favorita (Donizetti); Il TrovatoreLa TraviataUn Ballo in Maschera y Aida (Verdi); las heroínas Isolda y Sieglinde, de Wagner; ToscaLa BohèmeMadame Butterfly y Turandot de Puccini; la Adriana Lecouvreur, de Cilea; y la Salomé de Strauss.

La muerte de Caballé se vivió en Barcelona y en el resto de España como la partida de un mito, de una figura excepcional, de una voz que lo mismo pasó a la historia por sus grandísimos papeles en los centros líricos del mundo que por haber cantado el himno de las olimpiadas de Barcelona 1992.

Sus últimos años con vida fueron un tanto aciagos, tanto por las enfermedades que le fueron apareciendo y los médicos iban controlando, como por algunos problemas con el fisco español que le provocaron quizá lo que fue una de las poquísimas manchas en su brillante biografía que la convirtieron en una prima donna del siglo XX.

Es una de las últimas divas que precisamente por su condición de diva honraran su memoria en lo más parecido a un funeral de Estado, provocando no sólo el más hondo pesar entre sus fieles admiradores y melómanos, sino también entre el ciudadano común y las más altas autoridades del país, que le rendirán un homenaje público. Un adiós a la altura de lo que significó para la historia de la música.

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