Lecciones dolorosas (Madero y López Obrador)

Lecciones dolorosas (Madero y López Obrador)

En la conocida tipificación Aristotélica de que el hombre es un Zoon Politikon, se impone, sin embargo, distinguir de animales a animales, pues según lo mostraron en su momento las evidencias históricas, no es un desatino ni una falta de respeto clasificar a Madero como un “animal político peligrosamente ingenuo” y a AMLO, ahora, como uno “de colmillo retorcido”. Cosa que, para bien y para mal, los hace diferentes.
Sin embargo, también según perturbadoras evidencias de estos días, da la impresión de que éste, más allá de la expresión: “No les voy a fallar” sigue poblando a su próximo gabinete (habida cuenta de algunos especímenes que se colgaron de su imagen fuerte y que ya infestan ambas cámaras) de personas que, bajo determinadas circunstancias, no dudarán en torpedear de mil amores la Cuarta transformación, de la cual, como en sus días le pasó a Madero, ya se empiezan a pitorrear los adalides de los grandes medios. Esto nos conduce a la inquietante demostración de que para ejecutar las políticas conservadoras no hay mejores sujetos que los conservadores mismos. Mutatis mutandis, si los grandes errores de Madero nos dejaron un porfiriato sin Don Porfirio, ¿AMLO podría heredarnos un neoliberalismo guadalupano sin PRIAN?
Van algunos errores del Mártir (que no héroe) de la Democracia.
Pero reconozcámosle, de entrada, que no es poca cosa enfrentarse a una dictadura con la fe depositada en el arma única del voto y en la creencia espírita en un destino revelado (en este caso, la mensajería de su hermanito muerto, indicando con un dedito premonitorio el cumplimento de una incumbencia cívica que, para Madero, comenzó a tomar sentido a partir de la entrevista Díaz-Creelman) para hacer posible la democracia en un país como el México de 1910, aunque, ésta, sólo aspirara a aclimatarse como un proceso respetuoso de la alternancia en el ejercicio del poder formal, sin remover los fundamentos estructurales de aquella dictadura. A la postre, como no podía ser de otro modo, aquel experimento de democracia “sin atributos” sería engullido por las criaturas supérstites del antiguo régimen. Por eso, aunque Madero supuso que bastaban las palabras “mágicas” de Sufragio Efectivo y No Reelección, con las que aseguraba andar “electrizando” al pueblo, para que la felicidad de todos los mexicanos les fuera llegando como por añadidura, aquel valiente varón ingenuo y caritativo con sus semejantes, que con sus errores escarbó su propia tumba, no podía ser el dirigente que necesitaba el México mayoritario y abisal. No hay duda que sus prejuicios de clase (burgués, terrateniente, con gran número de propiedades y negocios, nacido en una familia coahuilense de prosapia porfirista ubicada entre las diez mayores fortunas del país, es decir, las antípodas socioeconómicas y geográficas de AMLO) lo jalonaron hacia posturas que no atentaran contra los privilegios preexistentes. Él sólo buscaba una revolución política para alcanzar la democracia representativa sin dejar de aplaudir “los logros” del régimen que combatía (como hizo en su libro La sucesión presidencial de 1910), y, por esa vía, redefinir el inicuo sistema porfiriano centrado en el capital externo y sus, pocos y subordinados, socios mexicanos. A la postre, sería el empecinamiento de Díaz por sostener esos privilegios lo que daría al traste con la unidad de la clase burguesa mexicana y abriría la puerta a la primera etapa de la revolución encabezada precisamente por ese burgués buenazo y nacionalista que sólo retrasó la verdadera hecatombe, volviéndola, de paso, mucho más telúrica.
Pero la revolución social le siguió repugnando incluso cuando, triunfante una vez más la imposición en julio de 1910, convocó desde San Antonio, Texas, a echar a Porfirio Díaz del poder por la fuerza de las armas (mientras su padre se trasladaba discretamente a USA a solicitar dinero a la Standard Oil Company de John D. Rockefeller para financiar el movimiento de su hijo), cometiendo la novatada de poner día y hora a la efeméride, con lo cual provocó que a las seis de la tarde del domingo 20 de noviembre de 1910 nada parecido a una insurrección aconteciera.
Pero la comisión de pifias apenas comenzaba. A principios de 1911, Madero manifestó su oposición a la toma de Ciudad Juárez (una de las dos grandes desobediencias de Villa respecto de su “Jefe”) por temor a la reacción del gobierno norteamericano, además de que él ya estaba negociando el posible fin del conflicto con algunos enviados de Díaz. Por cierto, una negociación la mar de conveniente para el esquema “porfiriato sin Porfirio”. Y conveniente, en primerísimo grado, para el capital externo. Y todo gracias al mismo Madero que optó por el pactismo político, terreno en el cual era un novato y la dictadura contaba con un amplio palmarés, en lugar de la aplicación pura y llana de las promesas y los compromisos asumidos en el Plan de San Luis. En las negociaciones de Ciudad Juárez (21/05/1911), el llamado apóstol de la democracia empezó a perder en la mesa lo que sus partidarios habían ganado en los campos de batalla. No otra cosa significó que el supuesto derrotado le arrancara al supuesto triunfador un exilio dorado en París en lugar del castigo anunciado. Pero también le impuso al presidente interino (el porfirista Francisco León de la Barra que de inmediato se aplicó al trabajo de zapa contra la revolución, empezando por los zapatistas, a quienes les mandó al futuro usurpador para exterminarlos), al igual que las continuidades de su aparto administrativo y su ejército represor, comprometiéndolo, de paso, a desarmar a los irregulares que lucharon por la causa revolucionaria para que luego, en muchas partes del país, a varios de ellos los mataran sin meter las manos, como estuvo a punto de pasarle al mismísimo Francisco Villa a finales de 1912 por un motivo venial que, como pretexto, fue más que suficiente para las malicias de Victoriano Huerta, quien ya andaba sacando de circulación a maderistas leales y peligrosos con vistas a un todavía nebuloso período restaurador que, en efecto, daría comienzo mes y medio después con la decena trágica. O como le pasó a Don Abraham González a pocos días del golpe y, ente los desarmados, a esa especie de vidas cívicas gemelas que fueron Serapio Rendón y Belisario Domínguez, dos hombres estoicos y buenos por los cuatro costados.
Luego, siendo ya presidente constitucional, integró una buena parte de su gabinete (Manuel Calero, José González Salas, Manuel Vázquez Tagle, Rafael Hernández, Miguel Díaz Lombardo…) con personajes porfiristas que, ya por acción o por omisión, también se dedicaron a socavar su régimen desde el primer día. ¿Con quién quería quedar bien Madero, si sabido es que por ese camino quedaba mal con todos? ¿Quién iba a hacer mejor la política porfirista que los porfiristas mismos con miras a la restauración porfirista? Estos hicieron escarnio de él, y los maderistas, decepcionados de su “jefe”, lo fueron abandonando. Y en lugar de aplicar la ley a la, de nuevo desafiante, prensa porfiriana, que aparte de infamar a su persona misma, azuzaba a su linchamiento (“La bala que mate a Madero salvará a México”), prefirió, como lo habían hecho Díaz, De la Barra y Huerta, seguir atacando a los zapatistas que lo habían apoyado, ilusionados con el punto tres del Plan de San Luis. Lo cierto es que, unas veces porque no quiso y otras porque no lo dejaron, incumplió los planteamientos más sentidos de su plan, lo que también explica, de paso, el porqué de su soledad patética en febrero de 1913, cuando casi nadie se sentía representado en su investidura, habiendo gozado de una legitimidad tan aplastante mediante el voto de los mexicanos apenas catorce meses atrás en, acaso, las elecciones más limpias que se hayan efectuado en México, así haya sido porque sus contrincantes, con su candidato León de la Barra, no tuvieron el tempo de aprender toda esa parafernalia marrullera, desde ratones locos hasta chicanas financieras de que los políticos de hogaño son maestros consumados. También entonces se dejaron oír los gritos estentóreos de ¡Justicia! y ¡Ni perdón ni olvido! Y como cereza de este pastel de yerros, fue el único que jamás creyó en la deslealtad de Huerta y sus compinches hasta que tuvo el golpe de Estado encima, a pesar de las angustiosas advertencias de su hermano Gustavo (una de las primeras víctimas de los asesinos) y las del Grupo Renovador de la Cámara de Diputados: “La revolución no ha gobernado con la revolución…”, le reclamaban éstos a Madero. Lo que, en términos actuales, equivaldría a decir: Pareciera que el pragmatismo empieza a desteñir la insignia de la esperanza.
De modo que, a Madero, ese hombre bueno y a su manera valiente, no hay que regatearle méritos, pero tampoco deben colgársele medallas que nunca mereció. Y aunque AMLO aún no ha protestado la investidura constitucional que conquistó en las urnas, ya el gigantesco consenso del primero de julio se empieza a poblar de traiciones y agujeros. Por eso, aunque en los medios se descalifique como una postura acelerada, la plaza y la calle no deben permitir que en palacio se reconsideren, a la baja, las expectativas anunciadas. Los costos de la frustración social pueden ser incluso trágicos.

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