Como viví el 68

Como viví el 68

“Sin embargo el 68 no pudo atraer a los trabajadores. [ ]… pero ningún sector de trabajadores, por mínimo que fuera realizó un paro, una huelga solidaria con el Movimiento Estudiantil. Ésa fue una de sus mayores debilidades, misma que le brindó al Estado la posibilidad de realizar tan cruenta represión sin que ello se tradujera en una reacción de la sociedad”.
Joel Ortega, Adiós al 68, México, Grijalbo, 2018, p.76.

El movimiento estudiantil de 1968 me sorprendió cuando aún no dejaba de ser niño y faltaba tiempo para ser un adulto. Con 14 años por cumplir era por entonces un mozalbete, un imberbe adolescente con algunos bigotes que despuntaban. Estaba como dijera Xavier Velasco en plena edad de la punzada. Habiendo pasado en el Internado J.Trinidad García de la Cadena los seis años de la primaria, salí un poco cansado, con algo de hastío. Cuando llegó a San Marcos me volví un tipo un tanto indolente, desobligado del estudio, irrespetuoso con mis compañeros y a veces grosero con mis maestros, me dio por el relajo. Así me fue. Termine el primero de Secundaria reprobado en Ingles y matemáticas. La vida de los internados y máxime en la juventud está marcada en buena parte por el desmadre. Junto a la camaradería y el compañerismo, el acoso y lo que ahora se llama bulling, desde el primer día en que se ingresa son una constante. Son pocos los que se escapan de tener un apodo. Sufrí la experiencia de la novatada al ser pelado, rapado el mismo día en que me presenté a hacer el examen de selección para el ingreso. Esto ocurrió poco más de un mes antes de que se iniciaran las clases en medio de la incertidumbre de saber si iba estar entre los aceptados o no.
Aunque en San Marcos continué con la vida de internado ya no fue lo mismo que en Guadalupe. En la Primaria el ambiente era la de una vida prácticamente de cuartel. El tiempo transcurría con la práctica del deporte combinado con el estudio, pues los maestros no faltaban, ni hacían paros ni huelgas y la disciplina iba desde traer los zapatos y el uniforme aseados, cepillarse los dientes y el baño diario. Todas las actividades tenían un horario al que teníamos que sujetarnos. Con la vigilancia de prefectos nadie ni di de broma, podía estar fuera de las aulas o talleres y demás actividades. Algunos compañeros que extrañaban su casa y a su familia y amigos que habían dejado en sus lugares de origen les daba por fugarse. Pero era más lo que se tardaban en saltar la alta barda del viejo seminario y caminar unos kilómetros, que lo que se tardaban en capturarlos.
En San Marcos con todo y que tenía muralla que resguardaba el área del comedor y dormitorios y allí mismo dentro del viejo casco de la vieja hacienda, en y alrededor de la Casa Grande que conservaba las caballerizas adaptadas como baños, la vieja capilla que hizo la veces de comedor y luego de gimnasio, encontré un ambiente en que se respiraba la libertad. La alimentación era cualitativamente mejor con fruta en el desayuno y comida y gelatina diariamente por las mañanas.
Aunque se observaba disciplina, las reglas eran más laxas y bondadosas que en Guadalupe e invitaban al relajamiento. El portón de la muralla se cerraba hasta la noche y durante el día los estudiantes entraban o salía cuando querían. La práctica del futbol y beisbol se realizaban fuera a un costado de la alameda que desembocaba justo frente a la antigua fortaleza de la exhacienda.
Se ha dicho del 68 que representa un parte aguas en la historia moderna mexicana. Lo es sin duda, y no solo en el aspecto político sino en el amplio abanico cultural que incidió en el contexto tanto mundial y del país. Pero en su momento, alienado y sin conciencia de su realidad, a este tecleador el movimiento le pasó de noche no obstante que por el hecho de ser en esos días ya alumno de una de las Normales rurales que apoyaron esa coyuntura de lucha, fui también un protagonista, de segunda o tercera fila si se quiere, al participar en una huelga y hacer guardias con el resto de la comunidad estudiantil vigilando que no fuera a llegar el Ejercito a tomar el plantel. Ese simple hecho nos ubica como los párvulos babys boom de esa gesta histórica. La generación del 68 rondaba los 25 años de edad en promedio y nosotros, como alumnos de secundaria éramos diez y hasta doce años menores.
Para empezar, nunca me percate que por ese tiempo vivíamos el milagro mexicano, el periodo del desarrollo estabilizador del que supe lo que era 20 años después. Época en la que convivieron dos realidades encontradas. Progreso material en apariencia exitoso en el que las clases alta y media gozaron de bienestar con la lavadora, el radio y el televisor en sus hogares; en los que colgaban en sus salas con orgullo los títulos universitarios de los hijos. En el lado opuesto, sobre todo en el campo y las ciudades perdidas seguía prevaleciendo la pobreza junto a la opresión y la injusticia. Era claro que la Revolución Mexicana no les había hecho justicia a todos.
Aunque comenzaba a escuchar a los Beatles y otras rolas de rock, en el 68 no me entere que ya habían aparecido los hippies y su lema de “amor y paz”, si bien me percate que las chavas vestían con minifalda lo que provocaba que se nos alborotaran las hormonas, los jóvenes con pantalones acampanados de terlenka lucían alborotadas melenas de pelo largo. Desconocía que estos eran signos de una juventud hastiada que de esta forma protestaba contra todo tipo de autoridad ya fuera del gobierno o de los padres, manifestando de esa forma su descontento. En mi inocencia desconocía el uso de las drogas. Varios años después cobraría conciencia que el 68 fue parte de un movimiento cultural de alcance universal y que las protestas estudiantiles ocurrieron dentro y fuera de la cortina de hierro en plena guerra fría.
También luego sabría que los logros del 68 fueron el desmoronamiento paulatino del régimen político y el discurso de la hegemonía dominante el discurso de la Revolución Mexicana. Que la gradual democratización y la conquista de las libertades y el avance en el respeto de los derechos humanos, la libertad sexual, el reconocimiento de la otredad y la aceptación de la cultura de género como la transformación del cine, el teatro, la literatura, la transformación radical de la academia con nuevos currículos fueron consecuencia del gran movimiento cultural y libertario que el 68.
Se acaba de cumplir 50 años de la matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, un crimen de Estado que alcanza el grado de genocidio. Sin embargo sigue sin conocerse cuantos muertos hubo realmente y quien ordenó al ejército que disparara a la multitud. El entonces presidente, paranoico y presa de sus prejuicios y celoso de hacer valer su autoridad, asumió la autoridad total. En pleno Movimiento había acusado a los estudiantes de estar manipulados y ser presas de una conjura comunista internacional para desestabilizar al país cuando estaba en la mira de todo el mundo a días de celebrarse las olimpiadas. Pero es obvio que no fue el único responsable.
La tragedia de Iguala que registro la desaparición y muy probablemente muerte de 43 normalistas de Ayotzinapa, es una secuela de la cultura del 68. Justamente, ese penosos incidente ocurrió la tarde noche en que los alumnos de nuevo ingreso tras secuestras autobuses se dirigían a Iguala a solicitar apoyo a la población para reunir fondos y poder sufragar los gastos de traslado y estancia con motivo del aniversario de ese año de la célebre matanza de Tlatelolco. A cuatro años de la desaparición de los 43 se desconoce su paradero. ■

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