Cuánto hemos logrado y cuánto nos falta

Cuánto hemos logrado y cuánto nos falta

La Gualdra 355 / a 50 Años del 2 de Octubre del 68

Eduardo Campech Miranda

Durante mi infancia escuchaba en las conversaciones familiares referirse a un acontecimiento en Tlatelolco. Así, genérico: Tlatelolco. Cuando mi inocencia e ignorancia decidían preguntar qué pasó, la respuesta también era escueta: mataron a los estudiantes. Entonces en mi pequeña mente aparecía el terror: yo era un estudiante, de primaria, pero estudiante. De tal manera que volvía a preguntar, para corroborar mi conclusión, ¿yo soy un estudiante o quiénes son? La respuesta me sacudía: Sí, tú eres un estudiante. La condena de muerte caía sobre mi humanidad. Me aterraba ingresar a secundaria, porque seguramente aquellos estudiantes no iban a la primaria.

Así que años después acudí, todavía acompañado por mis amigas inocencia e ignorancia, a la papelería. Fue un 2 de octubre. Seguro de mí mismo pregunté al joven que atendía el comercio si no tenía una monografía de “las cosas que pasaron hoy”. Desde luego ante tan mal planteamiento, el susodicho me mandó por un tubo: “Pues espérate veinte años, a ver si sucede algo hoy que sea interesante y hagan una monografía”. El contacto con los libros, el ejercicio de la lectura develaría el misterio mucho tiempo después. A través de diversas lecturas llegué a La noche de Tlatelolco.

Esas líneas me sacudieron, me llenaban de emoción las marchas, pero también de dolor la crónica de la masacre. Escuchaba el paso marcial los gritos de dolor. Veía claramente las vejaciones. Comencé a buscar más bibliografía acerca del tema. El segundo libro que leí fue Los días y los años de Luis González de Alba. Sin embargo, el texto de Poniatowska sería el que echaría raíces en mí. Por eso fue lectura compartida con compañeros del bachillerato. Inspiración para enarbolar un incipiente espíritu revolucionario que, también, quería cambiar el mundo, empezando por la escuela, por nuestros maestros, por el entorno.

Durante la asignatura de Comunicación, el maestro nos dejó de tarea diseñar y realizar un anuncio espectacular. La fecha de entrega sería el 1 de octubre. Reacios a repetir los esquemas del capitalismo, éramos marxistas de la corriente de Rius, decidimos realizar el trabajo como un homenaje a los caídos en Tlatelolco. Uno de mis compañeros llevó un libro con la gráfica derivada del movimiento estudiantil, escuchábamos a Oscar Chávez y a Carlos Puebla. Ambiéntabamos el espacio donde una lona de dos por tres metros, con fondo negro, consignaba –en letras blancas- “2 de octubre no se olvida. Olvidar es negar”, y luego salpicaduras de pintura roja, simulando sangre.

Ese mensaje desató la irritación del docente (quien, dicho sea de paso, presumía ser asesor de Carlos Salinas de Gortari). Exigía nuestra expulsión de la institución inmediatamente. Nos vincularon con grupos políticos universitarios, con grupos que buscaban desestabilizar al Estado. Refiero todo esto no porque compare nuestros sueños y acciones con las de los estudiantes del 68. Lo hago porque hacia 1991-1992 aún existía el mito, la censura, la prohibición de recordar, informar, debatir el episodio estudiantil. Porque es necesario tener memoria para saber cuánto hemos logrado y cuánto nos falta.


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