El murmullo de un lamento

El murmullo de un lamento
Para el art. de Carlos

La Gualdra 355 / A 50 Años del 2 de Octubre del 68

Hacia principios de los años 90 yo era apenas un mozalbete que se paseaba por los pasillos de la prepa II, y recuerdo que la primera vez que tuve conocimiento de la fatídica noche del 2 de octubre en Tlatelolco del año de 1968 fue algo impactante. Por un lado, porque en las clases de historia de la secundaria o la primaria jamás se abordaron esos temas, por el otro, porque las imágenes que pegaron los compañeros eran terribles, pues mostraban jóvenes desnudos atemorizados por el ejército y cientos de muertos. Para rematar, proyectaron la película Rojo Amanecer.
En aquel entonces aún se podía respirar un pequeño tufo de comunismo en Zacatecas, pese a la caída del muro de Berlín, llegaban ecos de revistas como El viejo topo o Los agachados; y los yanquis se empeñaban a mostrar a los rusos como los malos del cuento. Por supuesto, ese espíritu, tal vez heredado por nuestros padres, nos impulsó a ser parte de la marcha del dos de octubre y defender las ideas de libertad y de justicia.
En verdad creíamos que no dejando que ese lamento se perdiera en las arenas del tiempo podría hacer una pequeña diferencia, pero el gobierno de Peña Nieto nos dejó claro que no. Que hoy en día el Estado sigue teniendo esos terribles tentáculos capaces de arrebatar las vidas de las personas como si de mala hierba se tratara. Antes era el ejército y la policía judicial quien se manchaba las manos de sangre, hoy en día grupos paramilitares que trabajan para la mafia en el poder.
Decían los periódicos del gobierno de la parca Ordaz que habían sido 26 muertos y mil 43 detenidos y cien heridos; mientras que los periódicos extranjeros publicaban 500 muertos, al final, como si de una terrible broma orwelliana se tratara, fueron 350 los fallecidos de un tiroteo a diestra y siniestra sobre una multitud de miles de personas, las cuales incluso fueron perseguidas y asesinadas.
En mi cabeza de adolescente fueron miles los fallecidos, pero la cifra no es lo importante, sino la infamia mediante la cual el gobierno ha cometido y sigue cometiendo infinidad de crímenes atroces, el descaro con el que ocultan o cambian los números, lo vil y traicioneros que son cuando atacan a su propio pueblo para defender los intereses del imperialismo.
Tlatelolco, Atenco, Ayotzinapa, México entero, son testimonios de un imperio que sigue sacrificando a sus habitantes a dioses sanguinarios y terribles, de que la vida de la gente no vale ni el hoyo donde se pudrirá su cadáver: minas canadienses que envenenan a la gente, desapariciones, homicidios, secuestros, impunidad, corrupción, desviación de recursos, inseguridad, empresas que no pagan impuestos pero que mutilan el ecosistema del país.
Nada ha cambiado, excepto el nombre de los asesinos: antes el gobierno del país, hoy los grupos criminales, y seguramente, bastaría con seguir la hebra del hilo para darnos cuenta que detrás de todo siguen estando las mismas mentes, los mismos apetitos, el mismo hedor y el mismo gusto por la carroña.


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