El 68, una herida que no sanará (4ª parte)

El 68, una herida que no sanará (4ª parte)

La sangre hace costra dura, 
No se derrite con llanto, 
Ni se limpia con lamentos, 
Ni con lágrimas se lava.
José de Molina

Si luchas por la libertad tienes que estar preso,
si luchas por alimentos tienes que sentir hambre.
José Revueltas

 

1) Desde mi percepción, las consignas más relevantes del activismo estudiantil del 68 se expresaron el día de la toma del zócalo, cuando el frenesí de la muchachada provocó el famoso affaire del asta bandera. Después, cuando se llevaron en pancartas otros lemas más elaborados para mostrar en la Marcha del Silencio, planeada por el CNH para llegar al zócalo, se demostró a plenitud el filo político y organizativo de una nueva camada de jóvenes dirigentes.
La juventud proporcionó energía y realce a la capital de la República que rumiaba semidormida, ausente, controlada por los líderes sindicales de la burocracia, por los charros de las fábricas y por el humor pacato de los medios de comunicación. Ahí aparecieron para cuestionar, desde el primer momento, los jóvenes procedentes de las vocacionales y las preparatorias, con la gallardía e indignación en sus palabras y la interrogante de su futuro en sus cabezas. Eran un batidillo de jóvenes precoces, rudos y combativos, dispuestos a replicar con argumentos racionales, o a pedradas y cocteles molotov, las maniobras ruines y desleales asomadas en el aparato gubernamental.
Ahí aparecieron los jóvenes de la Universidad y el Poli, conjuntamente con los procedentes de varias universidades hermanas, como la Ibero, El Colegio de México, Chapingo, Lasalle y decenas de representaciones de las universidades de provincia. Casi no faltaba nadie: obreros, electricistas, telegrafistas, petroleros, padres y madres de familia, maestros. Actores, músicos y pintores. Filósofos y poetas.
La nueva vanguardia de los contingentes, niños-adolescentes y jóvenes, no había partido de cero. Provenía de las discusiones y debates que fueron frecuentes en los auditorios escolares, acerca de la revolución cubana, la ofensiva del Tet en Vietnam, de Daniel Cohn Bendit y el movimiento estudiantil francés del 68, de Rudi Dutscke en Alemania, de las protestas contra la guerra en Estados Unidos, de la rebelión de los Black Panthers, de la invasión de Checoeslovaquia. Pero también de Rubén Jaramillo, los ferrocarrileros y Demetrio Vallejo, y muchos temas más.
Los fenómenos político-sociales de los incipientes años sesenta actuaron como fragua de los pequeños grupos de izquierda y de las asociaciones culturales que se manifestaron como sectores sensibles de las instituciones educativas. Su nivel teórico-político estaba en proceso, pero con el que tenían bastaba para replicar con honorabilidad y gallardía a las feroces intervenciones discursivas del Señor Presidente.
2)
La Manifestación del Silencio del viernes 13 de septiembre de 1968 fue organizada para protestar por los actos violentos contra los estudiantes en el zócalo, provocados por la policía y el ejército, cuando los jóvenes fueron desalojados la noche del 27 de agosto.
Había un símbolo contundente en el diseño político de este magno evento. Se marcharía sin proferir consignas ni gritos; se caminaría tranquilamente y se mostrarían retratos, símbolos y lemas de los héroes nacionales.
El rumor de las pisadas de los asistentes denunciaba la fatuidad retórica del presidente (se calculó casi un medio millón de marchistas) y así respondieron con estilo al desdén del titular del Ejecutivo. Se intentaba rechazar las apostillas amenazantes del 4º Informe Presidencial, que sugerían el arribo de la violencia gubernamental. Pero he aquí lo más importante: esta manifestación afirmó el carácter nacional del movimiento, su ideología y sus métodos de lucha.
En visión política y organización, la demostración multitudinaria fue una derrota estruendosa, categórica, muy grave para el presidente Díaz Ordaz, quien muy pronto comprendió que ya no podría presentarse un arreglo sin la mediación indispensable de los dirigentes del CNH.
¿Un presidente mexicano negociando con una pandilla de hippies, marihuanos y radicales? Ni pensarlo. Para él, el plan original de sofocamiento, de dar un golpe definitivo a las cabezas dirigentes, era inalterable.
A partir de ahí matizó sus pronunciamientos políticos, porque ya fraguaba un segundo plan para detener el movimiento y encarcelar a los dirigentes estudiantiles en sus propias madrigueras. Quería ocupar la Ciudad Universitaria en San Ángel, Zacatenco en Ticomán, y el Casco de Santo Tomás. Creo que pensaba: “Con la muerte de la cabeza, la agonía de la cola”.
3)
Ya el 15 de septiembre de 1968 se sentían las malas vibraciones del titular del Ejecutivo, acostumbrado a las maniobras arteras para solucionar diferendos. En la noche de ese día, se conmemoró el Grito de Independencia con una ceremonia cívica, antojitos y guerras de confeti en Ciudad Universitaria, donde el Ing. Heberto Castillo, además de haber leído el discurso principal, declaró a la prensa: “La celebración de esta fecha afirma el carácter mexicano del movimiento estudiantil, que ha devuelto su verdadero carácter a los conceptos de patria, pueblo, libertad, y hombre”.
Ya era demasiado, pensó GDO. Había que terminar con el movimiento.
El 18 de septiembre, a las diez de la noche, cuando el Consejo Nacional de Huelga sesionaba en el auditorio de la Facultad de Medicina de la UNAM, fue tomada la Ciudad Universitaria por tanques ligeros, transportes militares y diez mil soldados.
Este golpe matrero demostraba la urgencia de Díaz Ordaz por encarcelar a los dirigentes políticos del movimiento. Sabía que al no haber diseñado una medida efectiva contra el crecimiento social demostrado en la Manifestación del Silencio, había abonado el camino para que los estudiantes derramaran su energía creativa por todo el país. Y lo que era más difícil de prever: corría el riesgo de anteponerse ante un movimiento en cadena de los sindicatos, prestos a echar a patadas, de inmediato, a los líderes charros de los sindicatos.
Simplemente, imaginar el futuro de un país en paro, como en Francia, donde Charles de Gaulle tuvo que negociar con los traidores de la Central General del Trabajadores (CGT) y el Partido Comunista Francés (PCF), para detener la avalancha social, era un tema que despojaba de todo optimismo a Díaz Ordaz.
Pero sólo lograron detener a un miembro del CNH (Romeo González Medrano), junto a más de 700 activistas y padres de familia que seguían de cerca las vicisitudes de las asambleas.
Ante este golpe penosamente incompleto, el gobierno federal dirigió la mirada al Casco de Santo Tomás, sitio considerado importante por su visible movimiento interno, y por sus conexiones con los habitantes de Nonoalco-Tlatelolco y los barrios originarios que lo rodean.
Ahí buscaron afanosamente liquidar el tablero completo. Pero no pudieron. Los estudiantes se atrincheraron en la Escuela de Ciencias Biológicas, procedentes de las escuelas superiores aledañas y aguantaron las cargas de metralla accionadas por el ejército y sus aliados de la policía judicial. Pero en ese lugar no sorprendieron a estudiantes en asamblea del CNH y no apresaron a sus miembros, salvo al Dr. Eli de Gortari, al periodista Manuel Marcué Pardiñas y a la pintora Rina Lazo, pertenecientes a la agrupación de docentes solidarios del movimiento.
¿Cuál fue el resultado de las dos incursiones magnas organizadas por el ejército y el gobierno federal? Un fracaso que escondió su vergüenza con apresamientos a discreción, con el asesinato de algunos estudiantes y con el maltrato a los vecinos simpatizantes de la movilización estudiantil.
Los muchachos habían organizado su propia inteligencia para prepararse a estas vicisitudes. La lucha de clases es una cadena compacta de conocimientos dejados por generaciones enteras de movilizados y rebeldes, que salen a relucir en momentos importantes y les ayuda a sortear los embates de los enemigos. Y los estudiantes aprovecharon este recurso histórico.

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