El 68, una herida que no sanará (3ª parte)

El 68, una herida que no sanará (3ª parte)

No te puedo querer como te hicieron
quiero verte salir con tus consignas
las que nacen del alma de tu gente
no las que te dan a que consumas.
Gabino Palomares

Los estudiantes no tienen, sin duda, una visión precisa
y detallada de la sociedad que quieren —lo que,
por otra parte, sería prematuro e irresponsable de su parte—,
pero saben perfectamente lo que no quieren.
Herbert Marcuse

1)
La versión más frecuente acerca del silencio y los errores del presidente Díaz Ordaz, ante la plenitud del movimiento estudiantil, son atribuidos a sus irregularidades de carácter y aún a problemas psicológicos. Pero esto es sólo es una anécdota superficial, un recurso para no analizar el tema como es debido. Los acontecimientos demuestran que él respondía con los rudimentos políticos típicos de un mandatario no acostumbrado a enfrentar un conflicto de grandes proporciones. Era un dirigente político que no desestimaba la prueba y error como registro importante de sus decisiones, y aplicaba los cánones represivos básicos que fueron costumbre en los regímenes de gobierno posrevolucionarios.
En sus declaraciones y discursos públicos, integró como elemento de ataque contra los estudiantes la información proveniente de la CIA, en el sentido de que el movimiento estaba auspiciado por el comunismo internacional. Esta patraña nada original fue un recurso continuo de los presidentes nacionales, cuando enfrentaron un desafío importante de carácter internacional, desde Miguel Alemán hasta Díaz Ordaz.
Así, para él la conspiración comunista era el verdadero enemigo del desarrollo pacífico de nuestro país, no la lucha de clases, y soslayaba con inconciencia las décadas de represión, antidemocracia y desempleo generados durante los sexenios definidos por el Desarrollo Estabilizador. Díaz Ordaz, mencionado como informante de la CIA, reconocido con la clave Lintempo2, desde sus puestos diversos en la Secretaría de Gobernación hacía uso de los boletines acercados diligentemente por los servicios de inteligencia de los Estados Unidos.
Esto es, se llenaba de información de empresas de inteligencia extranjeras para revertir un fenómeno que, desde un principio, él debió haber conocido con la atención, serenidad e inteligencia que debe caracterizar al mandatario de una nación. Es increíble observar cómo sus versiones manoseadas y de pasillo, acerca de los intríngulis del movimiento, nada tuvieron que ver con procedimientos científicos de análisis político, ayudado por gente talentosa que le apoyara a hacer una caracterización política diaria y oportuna, para proponer una salida limpia y decorosa al pliego petitorio defendido por los líderes del movimiento.
El presidente de la República fue omiso, acaso ignorante, de esta salida. Declaró sin ambigüedades a la “conspiración comunista” como enemigo a vencer, y con ello acusó a los líderes del CNH y a los participantes del movimiento como cómplices y traidores de la patria. Con ello dio puerta franca a la respuesta sangrienta y criminal con que saldó este desafiante fenómeno social.
2)
Existe una nota del número de aplausos que recibió el presidente Díaz Ordaz durante la lectura de su 4º Informe Presidencial, el 1º de septiembre de 1968. El día del Informe era el “Día del Presidente”, según el dicho popular. Los asistentes se descomponían de entusiasmo al mostrar su admiración y simpatía para responder al presidente, sobre todo cuando se paraban de sus asientos y aplaudínar rabiosamente, hasta que los dirigentes de las fracciones parlamentarias dejaban de hacerlo.
En esta ocasión, según la versión de la oficialidad, el presidente rebasó las expectativas en cuanto a planteamientos y la justeza de sus afirmaciones. Sentían que frente a ellos ocurría un momento histórico donde presenciaban el gran acto del timonel nacional, cuyas imprecaciones se tornaban sugerencias deliciosas, para argumentar la represión del movimiento.
En realidad, ese día no tuvo muchas cosas que decir. Resumo: el presidente aprovechó el momento para reiterar y machacar que no toleraría el deslucimiento de los Juegos Olímpicos del 68; él argumentó que en la actividad rebelde estudiantil influían causas externas al país, ya que se realizaban como “calca de los lemas usados en otros países, las mismas pancartas, idénticas leyendas, unas veces en simple traducción literal, otras en absurda parodia”.
Si alguien esperó de ese evento un discurso analítico, compuesto por un conocimiento profundo de lo que transcurría en las venas abiertas de los mexicanos, se equivocó. El presidente se limitó a ofrecer una batahola con regaños y salidas retóricas de cierta elegancia. No aprovechó el escenario para enviar noticias alentadoras a los mexicanos, mediante lineamientos específicos que hablaran acerca de una salida para la democracia y el mundo pleno del trabajo.
Al contrario, sin comprender el carácter del movimiento ni el problema que enfrentaba, soltó esta frase que, para muchos, resultó premonitoria en cuanto a lo vendría posteriormente: “Se ha llegado al libertinaje en el uso de todos los medios de expresión y difusión; se ha disfrutado de amplísimas libertades y garantías para hacer manifestaciones, ordenadas en ciertos aspectos, pero contrarias al texto expreso del artículo 9 constitucional; hemos sido tolerantes hasta excesos criticados; pero tiene su límite y no podemos permitir ya que siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico, como a los ojos de todo mundo ha venido sucediendo; tenemos la ineludible obligación de impedir la destrucción de las fórmulas esenciales, a cuyo amparo convivimos y progresamos”.
3)
El viernes 13 de septiembre de 1968 se realizó una marcha silenciosa, organizada por el CNH, para protestar por los recientes actos violentos contra los estudiantes en el zócalo, por parte de la policía y el ejército, cuando fueron desalojados de ahí la noche del 27 de agosto.
Pero había un símbolo escondido pero contundente, en el diseño político de la Marcha del Silencio. Se marcharía sin proferir consignas ni gritos; se caminaría tranquilamente y se mostrarían retratos, símbolos y lemas de los héroes nacionales.
¿Cuál era el significado de este modo sorpresivo de continuar la lucha? Denunciar la fatuidad retórica del presidente con el propio silencio y responder con estilo al desdén del titular del ejecutivo, y rechazar las apostillas que sugerían la violencia gubernamental en su último informe presidencial. Pero, he aquí lo más importante: afirmar el carácter nacional del movimiento, su ideología y sus métodos de lucha.
En organización y política, esta demostración multitudinaria fue una derrota estruendosa, muy grave, para el presidente Díaz Ordaz.
Los cientos de miles de asistentes a esta marcha, posiblemente la más grande que se ha efectuado en la historia de México, dieron espacio para entender que el conflicto había llegado a su clímax, a la parte más grave que demandaba una solución definitiva.
La marcha lo puso en claro con enormes chorros de gente que marchó en silencio, incluidos obreros de varios sindicatos nacionales y de industria, profesionistas, campesinos, oficinistas, padres y madres de familia, se demostraba que el virus de la lucha de clases ya no se desenvolvía exclusivamente en los espacios universitarios.
Los dirigentes del CNH esperaban que la contundencia de la manifestación diera un giro propositivo a las decisiones del gobierno. Estaban equivocados. La miopía política y la ignorancia de Díaz Ordaz y sus colaboradores, impidió que pensaran el resolver el movimiento estudiantil-popular; en lugar de ello, decidieron dar amplitud y profundidad, todavía más, a las cargas represivas.
La dinámica de la lucha de clases estaba a punto de ascender un escalón todavía más alto del conflicto. El gobierno federal decidió, a partir de aquí, buscar la disolución del CNH. Primero, ocuparía los lugares de reunión en los espacios de la UNAM y el Poli, donde se reunían los dirigentes del movimiento y, segundo, dispersaría mediáticamente a las masas, después del encarcelamiento de los dirigentes principales del movimiento. ■

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