Nochecita

Nochecita
Obra exhibida en la exposición inaugurada el 12 de septiembre Transición visual en el Museo de Arte Peter Gray en Puerto Vallarta Jal.

La Gualdra 353 / Río de palabras

Yo no soy homosexual, fui porque el cabrón me presionó. Me dijo que había una fiesta en su casa, que habría viejas y harta cerveza… lo cierto es que al llegar hasta allí, un caserón minimalista, chingón, en las afueras de la ciudad, en uno de esos nuevos fraccionamientos para ricos enclavados dentro de un idílico campo de golf, caí en la cuenta de que todo era una trampa. Allí no había nadie más. Sólo él y yo, como dice la canción.

Al principio me pareció que no tendría por qué quedarme. ¿Creería el tipo que no me había dado cuenta de su estrategia? No obstante, ya estando allí, decidí que no perdía nada. Total, me dije, no es lo mismo bajarle los tragos a un puto, que cogértelo. En el fondo, ahora que lo analizo, creo que también me quedé porque comencé a sentirme halagado. Casi me sentía vieja. Siéntate, ponte cómodo, estás en tu casa, ¿qué se te antoja tomar?, ¿whiskito?, ¿cervecita?, ¿mezcalito? Puro diminutivo, como si eso le rebajara el diablo al guaro. Y al cabo de un rato, luego de tanta melcocha, volvió con una bandeja con cervezas, unas brochetas de camarones gigantes, y, carajo, una botella de mezcal Las nochecitas, que según él era carísimo. No te voy a engañar. Aunque ahora está de moda, yo nunca había tomado mezcal. No me gustaba su olor; en alguna ocasión me lo habían dado a probar en una mezcalería del centro de la ciudad y ni siquiera pude tragarlo; pero ése, el que llevó el muy cabrón, se me fue como agua. Tenía una textura sedosa, ahumada, que se sentía rete agradable en la boca. Media hora después, yo estaba viajando en tren bala al cielo con los indios zapotecas. La borrachera del mezcal, dicen, es el infierno, saca al demonio de su letargo. Por eso, cuando el tipo se quitó los lentes, se me quedó mirando con fijeza y colocó con descaro su mano en mi entrepierna, me le fui encima con lo primero que agarré. Tardé un buen rato en darme cuenta de lo que había hecho. El pincho de mi brocheta atravesándole el ojo me lo confirmó. Así fue como pasó anoche todo.

Pero volviendo al inicio, yo no soy homosexual, que quede claro. La culpa fue suya por insistir en llevarme a su casa, aun sabiéndolo.


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