Eduardo Campech Miranda

Eduardo Campech Miranda
Para el art. de Campech

La Gualdra 353 / Promoción de la lectura 

En las últimas semanas el proyecto de hacer peatonal el centro histórico de Zacatecas capital ha sido motivo de debates públicos, privados, foros de discusión, entrevistas en medios de comunicación, acaloradas participaciones en redes sociales. Hay opiniones de quienes habitan o trabajan en esa área. Pero también hay reclamos por la inclusión de quienes no viviendo ahí, hacemos de ese espacio un lugar de convergencia (al margen del motivo). Comentamos, opinamos, debatimos porque conocemos el centro histórico, porque hacemos uso de él, porque lo sentimos propio. ¿Por qué no sucede lo mismo con los temas afines al libro, la lectura y los lectores? 

Haciendo un ejercicio memorístico encuentro en el pasado reciente algunos casos donde la sociedad nacional, y estatal, reaccionó como en el caso señalado del centro histórico zacatecano. El primero, aquél que protagonizó el entonces Secretario del Trabajo, Carlos Abascal y su censura a la lectura de Aura de Carlos Fuentes. Las opiniones pululaban en las charlas cotidianas (las redes sociales no habían explotado). Otro ejemplo paralelo fue cuando se iba a estrenar la versión cinematográfica de la novela de Eḉa de Queiroz, El crimen del padre Amaro. En ambos casos el resultado fue el contrario: la demanda y el interés por esas obras crecieron. 

El saliente presidente Enrique Peña Nieto nos ofreció constantemente motivo para la crítica, la burla, el escarnio. Aquella visita a la FIL de Guadalajara fue botón de muestra y umbral de lo que sucederían los siguientes seis años. Las redes sociales ya se habían instalado en nuestra cotidianeidad. De tal manera que ese episodio llegó a ser trend topic. Durante su administración se canceló en Programa Nacional de Lectura (PNL) que dotaba de libros a las escuelas de Educación Básica. Las protestas, la defensa de ese programa fueron mucho menores que las voces burlonas que hacían alusión a los tres libros que no supo nombrar. 

¿Por qué la sociedad guarda silencio ante decisiones que atentan contra la formación de lectores?, ¿por qué, en todo el país, la comunidad no impide los cierres de bibliotecas públicas?, ¿por qué no se exige que las salas de lectura que dicen brindar servicio y no lo hacen cumplan con los compromisos adquiridos? El debate se queda en un sector: la república de las letras y algún otro advenedizo que no quiere dejar pasar el tren del mame. Parecería que los lectores somos una mayoría (al menos en redes sociales). 

Hace años, (en Río Grande, Zacatecas), las autoridades municipales decidieron cerrar una biblioteca pública en una de sus comunidades. Los habitantes lo impidieron con protestas, denuncias, manifestaciones. Ello, a mi juicio, ilustra varias aristas: a) la comunidad percibe a la biblioteca como un servicio fundamental y como propia; b) en ello tiene mucho que valorarse el trabajo realizado por la bibliotecaria. Bajo este marco ¿podrían evaluarse las políticas, las decisiones, los planes, programas y acciones en pro de la formación de lectores y difusión del libro a partir de la participación social en temas nodales? Usted tiene la mejor opinión. 


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