Morena: entre la disciplina y la disidencia

Morena: entre la disciplina y la disidencia

Dicen que de una reunión de tres personas de izquierda salen cinco partidos.
Son tantos los matices, las diferencias ideológicas, las discusiones internas, que a veces parecen incluso irreconciliables.
Esa fue la tragedia del PRD, terminó devorado por sus tribus internas, hasta que, ante el dominio de una de ellas, la de los Chuchos, terminó por expulsar al ala más cercana a López Obrador.
Temeroso de que eso ocurriera en Morena, se estableció desde el inicio prohibición explícita a las tribus. Pero las evidentes diferencias en un movimiento plural fueron haciendo grietas internas.
Ha sido tal la situación, que ya empiezan a asomarse grupos con nombres formales para marcar la diferencia con el resto de la militancia.
Hasta ahora, el objetivo superior de llegar a la presidencia para concretar desde ahí el proyecto de nación que los articulaba, fungia como una malla natural que mantenía con daños menores las diferencias de opinión, y se vivía con un inusitado estoicismo los atropellos que unos grupos hacían  contra otros.
Hubo tal disciplina, que liderazgos identificados con Morena, con derecho indiscutible a pelear candidaturas, aceptaron de buena gana ceder el paso a recién llegados con más fuerza electoral pero menos identificación ideológica,  bajo la premisa de que la política se juega en equipo, y convencidos de que el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador mantendría en ciertos límites el actuar de las visitas y los hijos pródigos que no estuvieron en la época de vacas flacas o amenazaron con dejar de estar si sus intereses personales no eran satisfechos.
Pareciera, y sólo pareciera, que esa disciplina ya resulta superflua ante la victoria electoral del pasado 1 de julio. Con la constancia de mayoría bajo el brazo, y con el reconocimiento del triunfo de parte de todas las fichas en el tablero político, ya no habría ningún riesgo ante las rebeliones internas que obligue al mantenimiento férreo de la disciplina.
Es momento pues, de dejar salir las diferencias, de que broten los estilos y los matices, de que se note la pluralidad de la que está hecho Morena, que tiene en sus filas lo mismo a Gabriela Cuevas que a Nestora Salgado, a Sergio Mayer que a Olga Sánchez Cordero.
Ya lo vimos. El desencuentro entre Porfirio Muñoz Ledo y Gerardo Fernández Noroña dejó claro que no hay uniformidad de pensamiento. El primero asistió junto a Martí Batres al mensaje politico de Enrique Peña Nieto con motivo de su último informe, el segundo se lo reprochó.
En redes, y entre militantes la discusión se extendió. Algunos aplaudían la asistencia al acto como un signo de madurez política y de ver hacia adelante, como parte de la “transición de terciopelo” de la que se ha hablado. Los otros lo veían como un gesto innecesario que podía enviar un mensaje de impunidad.
La discusión quedó atajada, ambos personajes aparecen en público juntos y dan por concluido el tema.
No sucedió lo mismo en el Senado de la República. Ahí las diferencias parecen ahondarse.
El martes pasado, la discusión sobre la licencia para que el chiapaneco Manuel Velasco pudiera regresar a Gobernar su estado, dejó sorpresa y desazón entre militantes en Morena.
En un primer momento, los senadores negaron la licencia a su compañero del Partido Verde, y apenas unas horas después, en un asunto por demás irregular, se solicita nuevamente la licencia y luego de una apasionada retórica del coordinador de la fracción, algunos de   los legisladores de su partido siguieron la instrucción y se contradijeron a si mismos cambiando el sentido de su voto.
¿Qué motivó la concesión de la licencia? No lo sabemos. Algunos especulan que a cambio de ella, Velasco coadyuvó a que Morena lograra la mayoria absoluta en la Camara de Diputados. De haber sido así, la concesión de la licencia sería el colectivo pago de un favor a Morena
Pero la negativa inicial a la licencia, aunado al salto de varios legisladores del partido del trabajo a la fracción de Morena, lo cual facilitaba la obtencion de mayoria, ponen en duda esa versión, y hacen pensar que quien debía el favor no era una fracción sino su coordinador.
La duda persistirá, pero el estado de cosas dejó al descubierto la falta de liderazgo y obligó a hacer piruetas verborreicas para buscar la salida.
En respuesta a ello han llovido las críticas, incluida la que en tuiter expresó Héctor Díaz Polanco, uno de los miembros de la Comisión de Honor y Jusiticia de ese partido.

No hubo temor a que la diferencia se notara.
Sin embargo en ese mismo espacio, el Senado, persiste la austeridad que Morena que ha promovido, como puede verse en las notas que dan cuenta de que Martí Batres, su presidente, lleva su lonche en tupper y prohíbe que se sirvan desayunos en reuniones.

Ojalá esa austeridad permee hasta los diputados que se reúnen en el Sheraron, y las conferencias de prensa en los Fiesta Americana.
Así se demandará cada vez más por la propia militancia de Morena que no da trazas de querer permanecer en silencio frente a las incongruencias.
El punto debe ser procurar el equilibrio entre disentir y cuidarse de convertirse en tontos útiles, porque  como bien advirtió Monedero, se ha ganado el gobierno pero no el poder, y las fracturas y disidencias serán una gran oportunidad para que se cuele por ahí lo que mine la legitimidad con la que hoy se cuenta y que es imprescindible para hacer la cuarta transformación. ■

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