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Ernesto

Ernesto
Ernesto Juárez Frías. 1985.

Editorial Gualdreño 352

Hace apenas unos días lo recordaba, mencioné aquí en este espacio editorial, que se le extrañaba por el centro histórico de Zacatecas, caminando diligentemente… porque ahora que lo recuerdo, siempre, cuando lo encontraba y platicábamos, me decía que iba a gestionar algo, que tenía muchas cosas que hacer, un nuevo libro que publicar, un proyecto que revisar. Era, siempre fue un hombre muy amable, siempre sonreía y tenía una memoria envidiable, saludaba a quien se encontraba a su paso, por su nombre. Y en Zacatecas, como decimos acá, “conocía a todo el mundo”.

            Creo que lo conocí en Guadalupe hace más de 20 años, en un evento organizado por la Sociedad de Geografía y Estadística en la Casa Municipal de Cultura al que vino una funcionaria representante de cultura en la Embajada de España en México. Esa noche hubo música, alguien tocó la guitarra; luego otro amigo dijo que sólo sabía tocar el piano y que si llevaban uno él tocaría también. De la nada apareció un piano en ese patio en el que un fray Margil estaba labrado en el tronco de un árbol quemado; mi amigo tuvo que tocar…

Después de esa participación improvisada y bien ejecutada, Ernesto, que en aquel entonces era un hombre robusto y fuerte, se puso de pie y comenzó a contar una historia. Sucede que cuando el Papa Juan Pablo II vino a México por primera ocasión él había compuesto una canción para que fuera cantada para darle la bienvenida; se la presentó a alguno de los organizadores del evento de recepción y éste aceptó que fuera ésa la canción oficial, pero a última hora le avisaron que no sería así, que otra sería la pieza interpretada. Hubo una pausa, caminó al piano y dijo: “Todavía existe el amor es el nombre de la canción que no pudo escuchar el Papa”. Y la cantó mientras tocaba el piano. La gente ahí reunida aplaudió y su rostro, blanco, coloreado por la emoción, se iluminó con una sonrisa amplia. Los reflectores le gustan, pensé, lo suyo era el escenario. Después de eso contó la historia de la canción de Juana Gallo y también la cantó. Así lo recuerdo, no sé cuánto la memoria ha agregado u omitido de la historia, porque así suele suceder…

Dejé de verlo un tiempo, pero un día prendí la televisión y en escena salió, en el canal de películas mexicanas, un personaje que perseguía jugueteando a una muchacha: era él. Era cierto todo lo que nos contó aquella noche, además de componer, cantar y dibujar, actuaba… era galán el Ernesto de Nochistlán.

La última vez que lo vi fue en el Instituto Zacatecano de Cultura hace tres años. El director de aquel entonces nos recibió a los dos juntos, aunque íbamos a asuntos diferentes; a él le dijo que no se preocupara, que su libro saldría de inmediato, y así fue. Hace un año le pusieron su nombre al auditorio de Ciudad Administrativa y de esas fechas es la última foto que vi de él; me apenó verlo en silla de ruedas. No me quiero quedar con esa imagen, prefiero recordarlo de pie.

Participó en más de 70 películas, hizo libros, tuvo una familia, nunca dejó de trabajar, de gestionar, de imaginar proyectos, de llevarlos a cabo. Desconozco si habrá plantado un árbol, de lo que sí estoy segura es de que hizo mucho por promover a su tierra cuando estaba lejos; que regresaba acá cuando podía y que siempre se caracterizó por ser un hombre orgulloso de sus raíces: sonreía todavía más cuando hablaba de Nochistlán y recordaba felizmente que fue en ese municipio en el que había nacido un 4 de agosto. Ernesto Juárez Frías es todo un personaje que será recordado durante muchos años, porque sembró por donde quiera que iba algo más fuerte que cualquier árbol que pudo haber plantado: la idea de que en Zacatecas hay talento y de que la perseverancia y el trabajo disciplinado pueden hacer posibles los sueños más deseados.

El jueves pasado amanecimos con la noticia de que Ernesto Juárez Frías había fallecido durante la madrugada de ese día en la Ciudad de México. Murió a los 87 años; Ernesto, el nacido en Nochistlán murió lejos de su tierra, a la que llevaba siempre, como él mismo decía: cerca, muy cerca de su corazón. Que en paz descanse, nuestra solidaridad para su familia y sus amigos. Buen camino, maestro…

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